8 diciembre 1936
Elecciones Nicaragua 1936 – Anastario Somoza García se convierte en el nuevo dictador del país
Hechos
Las elecciones fueron el 8 de diciembre de 1936.
Lecturas
En febrero de 1934 murió asesinado Sandino.
Este 8 de diciembre de 1936 Anastasio Somoza García, Jefe de la Guardia Nacional se ha convertido en presidente de Nicaragua.
Somoza llega al poder después de haber forzado la dimisión del presidente Sacasa, que renunció el 6 de junio. Tres días más tarde, era nombrado, para cubrir provisionalmente el cargo, el médico Carlos Brénez Jarquín.
El próximo 1 de enero, en el campo de Marte, Somoza tomará posesión de la presidencia.
En 1947 Somoza dará otro golpe de Estado para permanecer en el poder en Nicaragua.
El Análisis
La historia vuelve a repetirse en nuestra América Latina, y esta vez en Nicaragua. El ascenso a la presidencia de Anastasio Somoza García, antiguo jefe de la Guardia Nacional, confirma el rumbo autoritario de una región donde las repúblicas se desvanecen y los hombres fuertes se imponen. Tras forzar la dimisión del presidente Juan Bautista Sacasa el pasado junio, y tras una fugaz presidencia provisional del doctor Carlos Brenes Jarquín, Somoza ha dejado atrás toda pretensión democrática. El 1 de enero tomará formalmente las riendas del poder, pero nadie duda de que desde hace meses ya gobierna de facto.
El nombre de Somoza arrastra una sombra inquietante: la del general Augusto César Sandino, ejecutado a traición en 1934 tras acudir desarmado a una supuesta negociación con la Guardia Nacional. Pese a las versiones oficiales, en Nicaragua nadie ignora que aquel crimen fue ordenado o, al menos, consentido por quien hoy se sienta en la silla presidencial. Sandino fue, con todos sus excesos, un símbolo de la dignidad nacional frente a la injerencia extranjera. Su muerte violenta marca un antes y un después: el de la imposición del terror como política de Estado.
No sorprende, aunque sí duele, constatar que este nuevo régimen cuenta con la simpatía, o al menos la complacencia, de los Estados Unidos. Washington ve en Somoza un aliado fiable para la estabilidad regional, y un guardián eficaz frente a cualquier rebrote del “peligro rojo” o del nacionalismo independiente. Pero esta «estabilidad» tiene un precio: el silenciamiento de la oposición, el sometimiento del pueblo y la sustitución de la legalidad por la fuerza. Nicaragua entra así en la era de los Somoza, y con ella, en la lista cada vez más extensa de repúblicas que, traicionadas desde dentro, se convierten en feudos personales de sus propios guardianes.
J. F. Lamata