25 marzo 1971
Nuevo Golpe de Estado en Argentina: Alejandro Lanusse depone a Levingston
Hechos
El 25 de marzo de 1971 Alejandro Lanusse asumió la presidencia de Argentina.
Lecturas
Levingston es presidente de Argentina desde 1970.
El general Alejandro Lanusse, comandante en Jefe del Ejército y presidente del a Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas ha sido designado presidente de Argentina.
Queda así eliminada la dualidad entre presidente de la nación y comandante en jefe del ejército, como sucedió en los gobiernos de Onganía y Levingston, derrocado por Lanusse el día 23, con el acuerdo de los otros comandantes.
Los últimos traspiés de Levingston, como el reemplazo del gobernador de Córdoba, que fue violentamente contestado, y la adopción de un talante autoritario hasta entonces desconocido en él, convencieron a los jefes militares de que se imponía el nuevo ‘relevo’.
El propio Levingston inició el proceso relevando a Lanusse, que de inmediato se puso en marcha hacia la casa de Gobierno. Una película que se repite en Argentina.
Argentina volverá a celebrar elecciones presidenciales en marzo de 1973.
El Análisis
Duró menos de un año. Roberto Marcelo Levingston llegó al poder en junio de 1970 con la promesa de “renovación” dentro de la Revolución Argentina, y se va ahora, en marzo de 1971, dejando tras de sí más incertidumbres que logros. Su breve gestión se convirtió en un compendio de indecisión: sin un plan económico claro, sin una estrategia política que pacificara al país y con una creciente distancia respecto a las propias Fuerzas Armadas que lo pusieron en el sillón presidencial. Cuando ni los uniformes que lo respaldaban están de su lado, la caída es cuestión de calendario.
La Argentina que deja Levingston es más violenta y más fragmentada que la que recibió. Las calles se llenan de comunicados armados: los Montoneros peronistas, con sus secuestros y atentados; el ERP, con su retórica marxista y fusiles recién sacados de la clandestinidad; y un clima de enfrentamiento que ya no distingue entre política y guerra. Mientras tanto, la población asiste a este festival de uniformes y balas con una mezcla de resignación y miedo, sin urnas a la vista y con un Estado que parece incapaz de proteger a nadie.
Alejandro Agustín Lanusse, nuevo presidente de facto, es un militar con fama de pragmático y cierto olfato político, lo que en este tablero es casi un milagro. Sus críticos lo ven como otro cambio cosmético; sus aliados, como la última oportunidad para reconducir la Revolución Argentina antes de que se hunda bajo su propio peso. En un país donde las transiciones se miden en grados de rigidez del uniforme, Lanusse tiene ante sí una tarea que no envidiaría ni el más entusiasta de los generales: gobernar una nación que parece estar siempre a un disparo de la siguiente crisis.
J. F. Lamata