10 junio 1970
¿Fin de la Revolución Argentina?
Nuevo golpe de Estado en Argentina: Depuesto el teniente general Onganía de la presidencia y reemplazado por el general Levingston
Hechos
El 10.06.1070 el presidente de Argentina Juan Carlos Onganía fue depuesto de su cargo y reemplazado por Roberto Levingston.
Lecturas
En julio de 1970 es asesinado Aramburu.
La Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas, que destituyó el día 8 al genera Onganía – primer presidente de la ‘Revolución Argentina’ – ha nombrado para sustituirle al también general Roberto M. Levingston que en el momento de producirse el derrocamiento se encontraba en Washington, como representante ante la Junta Interamericana de Defensa.
Al anunciar el nombramiento, la Junta distribuyó el nombramiento, la Junta distribuyó una información de prensa con el curriculum vitae y una fotografía del nuevo mandatario, hasta ese momento desconocido para la gran mayoría de argentinos.
La Junta de Comandantes, como fuente única del poder, según el Estatuto de la Revolución Argentina no dejó de subrayar que la caída de Onganía debía interpretarse como un simple relevo.
La Dictadura militar establecida en 1966 con el derrocamiento de Illia prosigue su marcha, pero con otra cabeza.
Levingston aguantaría en el poder hasta 1971.
10 Junio 1970
Argentina, Enves de Golpe de Estado
No son propiamente las de un golpe de Estado las notas que tipifican los últimos hechos políticos ocurridos en Argentina. La Junta Militar que ha depuesto de sus funciones al teniente general Juan Carlos Onganía es, en resumidas cuentas, la misma fuente de poder que, hace casi cuatro años, le confería el mando supremo del país. Quienes pusieron fin anticipado al mandato del presidente Illia erigiéndose en poder constituyente de una nueva legalidad, usaron de ésta para elevar a Onganía a la Jefatura del Estado. Ahora acaban de hacer lo propio, sólo que en sentido inverso. Los mismos títulos tuvieron los generales de la Junta para promoverle a la máxima magistratura del país que para derrocarle en el pasado lunes. El poder genuino, la legitimidad de fondo de la revolución argentina no ha tenido desde junio de 1966º otra sede que los cuarteles.
Los comandantes de los tres Ejércitos mantuvieron al teniente Ongania como delegado y mandatario suyo en la Jefatura del Estado. Tal era, al menos, la idea de fondo que alentaba en la posición del triunvirato cuando, en días pasados – y precipitado todo, al parecer, por el secuestro del ex presidente Aramburu – trataron de imponer al jefe del Estado unas directrices que eran, según ellos, las más adecuadas para llevar al país hacia la normalidad política. Una actitud como ésta de los triunviros, tan claramente discrepante, sólo podía, por fuerza, desembocar en dos tipos de solución. Doblegarse a las tesis opuestas que mantenía el jefe del Estado, con lo que se convertía a éste en algo más que estricto mandatario de la legitimidad instaurada por el poder militar: o, por el contrario, ir adelante, recabando para sí la autoridad toda y propia de un poder constituyente.
Pero no siendo, como decimos, un golpe de Estado lo ocurrido en la Argentina, sí ha sido, empero un ‘test’ político de la mayor significación para la normalidad constitucional del país. Si en la disputa, por las razones que fueren, hubiera triunfado la tesis de Onganía – de clara indeterminación ante la fecha de unas elecciones generales – la situación a la larga, habría desembocado en un tipo de régimen básicamente distinto al que deseaba el poder – constituyente – residenciado en las salas de banderas. Onganía, desde la máxima magistratura del país, habría sido el que en realidad, daba un golpe de Estado. Por el contrario, el triunfo de los triunviratos expresa una victoria de la continuidad o del más riguroso respeto a los ideales de la revolución que en 1966 depuso al presidente Arturo Illia de su mandato constitucional.
Dichas de un modo más directo las cosas, la Junta Militar ha evitado el golpe de Estado que desde la Jefatura del mismo se consolidaba con el paso del tiempo. Onganía, que en vez de definir lo que políticamente propugnaba se redujo a negar que fuera corporativista, se había embarcado, aunque sólo fuera por la vía de la omisión, en una línea de actuaciones concretas de las que nunca supo entrever que acabarían por desembocar en una normalidad constitucional, de democracia representativa.
Representan los triunviratos la idea de que la revolución de junio de 1966 por la que se dio al traste a la situación de desorden que imperaba en el país tuvo únicamente una función instrumental, quirúrgica destinada a salvar un sistema aunque fuera al precio de sacrificar un mandato constitucional. Y frente a tal idea, la de Onganía – rigurosamente comprometido, por otra parte, en el empeño de estabilizar la malparada economía argentina – era la de construir un sistema nuevo: tan distante del régimen de partidos como de los modelos constitucionales de representación corporativista… Empeño difícil por no decir inviable. Sin representación política y sin participación sindical, la única magnitud claramente proyectada hacia el futuro era la de un programa de desarrollo económico de nueve años de duración. El planteamiento, como hechos mismos, venían demostrando, carecía de base – o de altura – política. No le ha sido posible a Onganía posponer el desarrollo político a la previa consecución de una estabilidad económica. Le ha faltado techo ideológico, asistencia popular y, como consecuencia, la confianza de la Junta Militar que le entregó el poder el 28 de junio de 1966.
En la práctica, los triunviros no han querido aceptar el precio político que Onganía presupuestó para conseguir la estabilidad económica; de ahí que le haya n retirado la confianza. Todo ha sido un desenlace, insistimos, interior a la legalidad instaurada hace cuatro años; un pleito de las Fuerzas Armadas. Los gremios han permanecido mudos durante la crisis.
El Análisis
Tres años después de instalarse en la Casa Rosada prometiendo “orden y progreso” —y consiguiendo, eso sí, mucho del primero y poco del segundo—, el general Juan Carlos Onganía ha sido invitado a retirarse… por la puerta de atrás. La Revolución Argentina, ese invento de uniforme y bigote que decía venir a salvar a la patria de la política, ha demostrado ser víctima de sus propias contradicciones: censura férrea, economía estancada, conflictos obreros y universitarios que ni los bastonazos del ’66 lograron acallar. El “hombre fuerte” ya no parecía tan fuerte. El asesinato de Aramburu a manos de los Montoneros causó que a ojos de los militares más duros Onganía apareciera como un incapaz.
Los motivos de su caída son un compendio de manual militar: desgaste interno, presión de las Fuerzas Armadas cansadas de un rumbo incierto, y una creciente sensación de que el país necesitaba algo más que discursos de misa dominical y mano dura en las calles. La gota que colmó el vaso: su incapacidad para contener la crisis social y económica, mientras las huelgas y protestas dibujaban un mapa de malestar que ni la censura podía ocultar.
Y así llega Roberto Levingston, otro general, otro traje planchado, otro discurso de “renovación” que suena sospechosamente reciclado. Su currículum habla de carrera militar y destino en Washington; su futuro, probablemente, de más botas que urnas. El país asiste a este enroque como quien cambia de canal pero sigue viendo el mismo programa: distinto presentador, mismo guion. La pregunta que queda flotando en el aire es si la Argentina se cansará antes de la dictadura… o de sus dictadores.
J. F. Lamata