1 octubre 2016

Gritos, pataleos, insultos y acusaciones de pucherazo

Pedro Sánchez dimite como Secretario General del PSOE tras el Comité Federal más crítico de toda su historia

Hechos

El 1.10.2016 D. Pedro Sánchez renunció al cargo de Secretario General del PSOE. Una parte del partido considerada que estaba ‘cesado’ desde la dimisión de la mitad de su ejecutiva dos días antes.

Lecturas

D. Pedro Sánchez ocupaba el cargo de secretario general del PSOE desde su victoria en las primarias de 2014.

La dimisión de hasta 17 miembros de la Ejecutiva del PSOE por discrepancias con la gestión de D. Pedro Sánchez Castejón había llevado a los críticos a considerar disuelta la ejecutiva y cesado a D. Pedro Sánchez. (un reglamento que ya fue utilizado en su día para disolver la ejecutiva del PSOE de Castilla y León en 2014), pero D. Pedro Sánchez se negó aplicar ese reglamento amparándose

El 1 de octubre de 2016 se celebra el Comité Federal en medio de una gran discusión sobre si tiene o no legitimidad D. Pedro Sánchez Pérez-Castejón para seguir hablando como secretario general del PSOE.

El Comité Federal vivió momentos tensos dado que al final D. Pedro Sánchez sometió a votación la convocatoria o no de un congreso extraordinario como era su deseo, pero la votación se realizó en una urna oculta detrás de un panel, hago que los críticos consideraron un procedimiento manipulable exigiendo a gritos que fuera a mano alzada.

  • A favor de la hoja de ruta de D. Pedro Sánchez – 107 votos.
  • En contra de la hoja de ruta de D. Pedro Sánchez – 132 votos.

Ante este resultado, finalmente D. Pedro Sánchez Pérez-Castejón compareció a última hora del 1 de octubre de 2016 a presentar su dimisión como secretario general del PSOE.

Ante la dimisión del secretario general y la ejecutiva se monta una Gestora con la siguiente composición:

  • Presidente – D. Javier Fernández Fernández.
  • Portavoz – D. Mario Jiménez Díaz.
  • Vocales – Dña. María Jesús Serrano Jiménez, Dña. Ascensión Godoy Tena, Dña. Soraya Vega Prieto, D. Francesc Antich Oliver, D. Francisco Ocón Pascual, D. José Muñoz Lladró, D. Ricardo Cortés Lastra y Dña. María Dolores Padrón Rodríguez.

La Gestora ratifica como portavoz del Grupo Socialista en el congreso a D. Antonio Hernando Vera, que deberá reemplazar a D. Pedro Sánchez Pérez-Castejón como portavoz del PSOE en el próximo debate de investidura.

El 23 de octubre de 2016 el Comité Federal se reúne por segunda vez y a instancias de la Gestora presidida por D. Javier Fernández Fernández donde se somete lo que deben votar los diputados del PSOE.

  • A favor de abstenerse y permitir que Rajoy gobierne – 139 votos.
  • En contra de abstenerse y mantener el bloqueo – 96 votos.

Con este resultado el PSOE cambia la posición mantenida desde las elecciones de 2015 para evitar una repetición electoral. El portavoz parlamentario D. Antonio Hernando Vera, será el encargado de explicar en la sesión de investidura la posición del PSOE.

EL PRESIDENTE DE ASTURIAS PRESIDIRÁ LA GESTORA

MIEMBROS DE LA GESTORA QUE DIRIGIRÁ EL PSOE

 El presidente de Asturias, D. Javier Fernández, presidirá la Gestora.

La nueva Gestora del PSOE estará presidida por D. Javier Fernández (Presidente de Asturias) y en el que figurará como portavoz y número 2 D. Mario Jiménez (del PSOE de Andalucía de Dña. Susana Díaz). Este Comité Federal tendrá como misión defender la abstención en la investidura de D. Mariano Rajoy para no bloquear más la situación e impedir unas nuevas elecciones.

PRESIDENTE – D. Javier Fernández (Asturias).
D. Mario Jiménez (Andalucía).
Dña. Asunción Godoy (Extremadura).
D. José Muñoz (Valencia).
Dña. María Dolores Padrón (Canarias).
D. Ricardo Cortés Lastra (Cantabria).
Dña. María Jesús Serrano (Andalucía).
Dña. Soraya Vega (Extremadura).
D. Francesc Antich (Baleares).
D. Francisco Ocón (La Rioja).

ANTONIO HERNANDO (PSOE) SEGUIRÁ SIENDO PORTAVOZ DEL PSOE DEL LADO DE LA GESTORA
A pesar de que D. Antonio Hernando había sido, como portavoz del PSOE en el Congreso uno de los principales colaboradores de D. Pedro Sánchez Castejón, no ha dimitido solidariamente de su puesto tras la dimisión forzada de D. Pedro Sánchez Castejón, y se ha puesto a disposición de la nueva Comisión Gestora que lo ha ratificado como portavoz. Evidenciando sus diferencias con D. Pedro Sánchez Castejón que conseguirá aquello una traición.
EL PAPEL DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
cebrian_2009ferrerasangelica_rubio El Grupo PRISA que preside D. Juan Luis Cebrián, el único medio que apoyó al Sr. Sánchez durante el inicio de su mandato, se lanzó con saña a zurrarle durante toda la semana previa al Comité presentándole como un líder insensato y carente de escrúpulos. En el campo de la televisión el director de LA SEXTA, D. Antonio García Ferreras, fue igualmente demoledor en cada una de sus intervenciones al frente de especiales sobre el PSOE contra el Sr. Sánchez. La ex asesora personal del ex presidente del Sr. Zapatero, Dña. Angélica Rubio, se distinguió en todos aquellos especiales como la tertuliana que mostró más firmeza contra el Sr. Sánchez por no haber logrado cumplir ninguno de los objetivos que se le encargaron al ser elegido líder.
LA SEXTA DENUNCIÓ UN INTENTO DE ‘PUCHERAZO’ DE PEDRO SÁNCHEZ EN LA VOTACIÓN DEL COMITÉ FEDERAL, PRECIPITANDO SU DIMISIÓN.

02 Octubre 2016

La hora de la unidad

Antonio Caño

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El lamentable espectáculo ofrecido este sábado por el socialismo español en la reunión de su Comité Federal —intento de pucherazo incluido— ha provocado un daño enorme a la imagen y credibilidad de este partido centenario, clave para la gobernabilidad y estabilidad de España.

A la sucesión de derrotas electorales sin precedentes en la reciente historia del partido, que han dejado al PSOE nada menos que con 85 diputados, el mandato de Pedro Sánchez como secretario general del partido ha añadido el triste récord de una profundísima división que, de no restañarse con urgencia, puede dejar al partido fracturado e inutilizado como alternativa de gobierno.

La responsabilidad última, tanto de las derrotas como de la división (enfrentamientos, intimidaciones y abusos verbales sobre algunos de los dirigentes), recae sobre los hombros de su secretario general saliente, Pedro Sánchez. La principal tarea de un líder es mantener su partido cohesionado por encima de las diferencias de opinión, naturales en toda organización. Todos los secretarios generales que le han precedido en el cargo han tenido que gobernar, con dificultades similares, sobre un partido profundamente plural y descentralizado, donde las corrientes de opinión y sensibilidades territoriales diversas han desempeñado siempre un importantísimo papel.

Si algo ha distinguido el mandato de Sánchez no son por tanto las rivalidades internas, normales en una formación política, sino su incapacidad para unir al partido detrás de sí, construir un liderazgo abierto e incluyente y sumar a sus críticos a un proyecto ganador. Resulta revelador que el secretario general haya logrado unir en su contra a muchos de los que hasta hace poco rivalizaban entre ellos, desde expresidentes y secretarios generales a líderes territoriales. Esa pérdida de crédito ha acompañado a las maniobras para —ignorando el hecho, político y aritmético, de que el PSOE no estaba en condiciones, con 85 escaños, de conformar un Gobierno alternativo al PP— crear entre los militantes la falsa ilusión de esa posibilidad y, en paralelo, acusar a sus críticos de querer favorecer al principal rival político.

El cúmulo de tensiones generadas por el enrocamiento de Sánchez, incluido el deseo de convocar a la militancia para hacerse reelegir antes de unos terceros comicios, ha llevado al partido al caos y al descontrol durante una semana fatídica para el partido. En estas circunstancias era inevitable que cualquier votación se planteara como una moción de confianza que evitara dividir al partido entre dos legitimidades y le llevara a una fractura o una prolongación de las tensiones durante semanas o meses.

La votación del Comité Federal y la posterior dimisión de Sánchez, aunque dramática, no cabe ser apelada ni cuestionada en su legitimidad, y abre una vía para la necesaria recomposición de la unidad del partido, que debe hacerse con toda generosidad. Tras las ilusiones creadas estos días, toca ahora enfentar la dura realidad de que el PSOE que lega Sánchez tiene 52 escaños menos que el PP y ninguna posibilidad de armar un Gobierno alternativo.

02 Octubre 2016

No gana Susana Díaz, gana Mariano Rajoy

Ignacio Escolar

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Quienes ahora toman el poder en el PSOE conquistan un solar: lo que queda de Ferraz después del bombardeo, las consecuencias de unos actos que no han sabido calibrar.

Los críticos con Pedro Sánchez tenían razones y argumentos para plantear un cambio en la Secretaría General. Pero el procedimiento empleado, este golpe palaciego, y el lamentable desarrollo de la operación han dejado en evidencia todas las miserias de un partido que hoy sufre un desgarro brutal: una herida que toda la izquierda, todos los demócratas y todos los ciudadanos también pagarán. Todos, no solo aquellos que decidieron “coser el PSOE” a balazos, anteponiendo sus pequeños intereses personales a los de su partido, su militancia, su electorado y su país.

 La consecuencia más directa del espectáculo que ha dado el PSOE estos días es que Mariano Rajoy ya puede fumarse un puro con total tranquilidad. El primer partido de la oposición aún está dividido sobre si es buena idea abstenerse o votar que no. El debate está disparado y, después de este espectáculo, prolifera quien ahora argumenta que no queda otra que ir a elecciones por el qué dirán.

Tal vez se vote. Tal vez no. El drama es otro: que ya se ha perdido para siempre la pequeña posibilidad de cualquier otro Gobierno que no pasase por Rajoy. En su victoria aplastante, el presidente de los sobres incluso puede elegir menú: disfrutar de la rendición del PSOE o forzar una repetición electoral que lleve a toda la izquierda a una derrota aún mayor. Hasta esta semana, el PSOE habría podido imponer algunos requisitos para su abstención; ahora será el PP quien en la práctica ponga las condiciones. Por eso es Mariano Rajoy, y no Susana Díaz, el gran vencedor.

Tras la gestora, es posible que la presidenta andaluza tome del todo el poder de Ferraz. Que gane las primarias dentro de unos meses, si es que se celebran. Que al fin se convierta en secretaria general. Pero la imagen de Susana Díaz entre sus propios compañeros y potenciales votantes ha quedado achicharrada en esta operación. Susana ha ganado el mando, pero no la autoridad.

Las últimas horas de la caída de Pedro Sánchez han puesto en evidencia lo peor de la política, todas las marrullerías de unos y otros: las peleas por el poder a cualquier coste y las pequeñas miserias de un partido y de quienes en él encuentran su forma de ganarse la vida, y se juegan en guerras como esta su supervivencia personal. También en el bando de Pedro Sánchez, cuyo comportamiento del último día demuestra en gran medida por qué el secretario general ha conseguido aunar tantísimos críticos en su contra. No fue solo porque presione y maniobre el poder económico, que lo hace. No fue solo porque una parte de sus rivales querían que se comiese el marrón de la abstención, pero sin ellos mancharse. No fue solo por el miedo de una parte del establishment a que Sánchez pudiese lograr, a la desesperada, un pacto de Gobierno con Podemos y una investidura con los independentistas: esta posibilidad, y no la repetición de las elecciones, era su principal temor.

El lamentable retraso de tantísimas horas para que el comité siquiera pudiese empezar se debió a dos cuestiones más propias de la parodia de una asamblea en la facultad: cuál era el orden del día y cómo se iba a votar. Los de Susana Díaz argumentaban que el orden del día era el de un Comité Federal ordinario porque eso era lo que había aprobado la ejecutiva del lunes, aún completa. Los de Pedro Sánchez, que el orden del día era el de un Comité Federal extraordinario: el que planteó la ejecutiva en funciones el viernes y que revocaba el del lunes. El debate era bastante ventajista por ambas partes y relevante a la par porque un comité ordinario tiene ruegos y preguntas, y en ellos se puede plantear una moción de censura. Pero en un comité extraordinario solo se podía votar lo que pretendía Sánchez: si había un congreso o no. Y Sánchez había dicho una cosa y la contraria sobre qué pasaría si perdía la votación: que no dimitiría si perdía (el miércoles en eldiario.es) y que dimitiría si perdía.

En cuanto a la manera de votar, los escollos eran dos: si el voto era secreto y si podía votar la ejecutiva en funciones. Los de Sánchez pedían voto secreto porque pensaban que así podrían evitar la presión de los barones y ganar algunos votos más. Y es cierto, como decían los críticos, que el voto secreto ni aparece en los estatutos ni es lo habitual en un Comité Federal. Pero también es cierto, como decían los de Sánchez,  que –hasta que llegaron las primarias– los delegados de los congresos socialistas elegían al secretario general con voto secreto, y éste no era un Comité Federal muy normal.

Respecto a la ejecutiva en funciones, los críticos planteaban que ni Sánchez ni nadie de su equipo más cercano podía votar, ya que la dimisión de los 17 que se habían ido el miércoles dejaba sin puesto a los otros 18 que aún seguían. Para resolver la cuestión, pedían que decidiese la Comisión de Garantías: un órgano de cinco personas donde los críticos tenían la mayoría. El planteamiento era bastante cuestionable. En palabras, de José Antonio Pérez Tapias: «La Comisión de Garantías es como el Defensor del Pueblo, no puede dirimir cuestiones del Constitucional».

Durante horas, el debate estuvo bloqueado entre ambas mitades del partido con pequeños avances y nuevos retrocesos. Los críticos no querían ceder, pero los de Sánchez mantenían el control sobre la mesa del comité por dos a uno y tampoco cedían. Durante más de ocho horas el Comité Federal no pudo avanzar. El empate colapsó por un enorme error de Pedro Sánchez que muchos de los críticos tacharon de pucherazo: intentar iniciar la votación en una urna por la vía de los hechos cuando aún no estaba pactada esa decisión.

El planteamiento de su ejecutiva de pedir voto secreto era razonable. No lo fue intentar imponer el voto en una urna sin pactarlo con los demás. Con ello, Sánchez perdió a varios de sus defensores de estos días –como José Antonio Pérez Tapias o Josep Borrell–, y cosechó ante los críticos una derrota aún mayor. Tras el episodio de la votación secreta frustrada, la resistencia de Pedro Sánchez se hundió. Los críticos solo necesitaban el 20% de las firmas para plantear una moción de censura, pero recogieron más de la mitad: 129 de 253. La mesa del comité –mayoría pedrista por dos a uno– se negó a permitir la votación, de nuevo con el argumento de que el comité federal era extraordinario. Y al final, ya rendidos, los de Sánchez aceptaron la votación a mano alzada de la propuesta del congreso, incluyendo los votos de lo que quedaba de Ejecutiva. Y en ella Sánchez perdió.

Quienes creen en el PSOE que lo ocurrido estos días no es tan grave, no es para tanto, no es tan tremendo o que muy pronto se olvidará cometen otro error más.

Los navajazos en política han existido siempre. Los rebeldes han tomado así Ferraz porque es la fórmula habitual: con mucha táctica, mucho juego sucio y poca valentía. Está en su naturaleza, como en la del escorpión. Exactamente las mismas artes que aplicaron aquellos que resistían en Ferráz. Las traiciones, las conspiraciones, los golpes bajos o las presiones han sido siempre la fórmula habitual de alcanzar el poder en estas organizaciones especializadas justamente en eso: en luchar por el poder.

Es terrible la contradicción: quienes gestionan la democracia no creen en la democracia para solucionar sus conflictos. Creen más en el poder. Pasa en el PSOE, pasa en IU, pasa en Podemos y pasa en el PP. Es lo que aprenden desde pequeños, en los juegos del hambre de las juventudes. Es su forma habitual de trabajar e incluye, para el derrotado, la posible reinserción. Hace dos años, Rubalcaba perdió la anterior guerra; hoy ha sido parte destacada en esta nueva conspiración.

Por eso, cuando urdieron sus planes, los críticos no reflexionaron un poco más sobre las consecuencias, hoy evidentes, de su acción. Iban a matar a Sánchez con las mismas triquiñuelas de siempre, ni menos ni más. Las mismas que emplea Susana Díaz en Andalucía. Las mismas que gastaban Pedro Sánchez y César Luena en Madrid. Las mismas con las que se la jugaron a Eduardo Madina en las primarias. Las mismas que emplearon hace casi dos décadas contra Borrell.

No calcularon que Sánchez estaba en mitad de la plaza, rodeado de focos y bajo permanente observación. No midieron que no podían matar a Sánchez al estilo de la vieja escuela, como en su momento arrinconaron internamente a Zapatero; o como hicieron descarrilar a Carme Chacón en aquellas primarias de 2011 que jamás se llegaron a celebrar. No evaluaron las consecuencias de derrotar por esta vía al primer secretario general del PSOE elegido directamente por la militancia; un líder arrinconado por los suyos que, en el último momento, decidió lanzar el último órdago para continuar.

La novedad no estuvo en los navajazos, sino en su impúdica exhibición, provocada por la torpeza de los amotinados y por el momento de excepción: por la sospechosa unanimidad de la prensa a la hora de explicar lo malísimo que es Pedro Sánchez y lo buenísimo que es para el PSOE y para España la muy responsable abstención. Al menos son coherentes en algo: la prensa pide la gran coalición porque esa misma prensa –en sus calcados editoriales, en sus simétricas portadas–, hace ya mucho tiempo que la firmó.

01 Octubre 2016

El error

Juan Ramón Lucas

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El error de Pedro Sánchez ha sido temer más al miedo que a hacer política. Lo intentó, hay que reconocérselo. Fue loable su intento de gobernar con Ciudadanos, pero también ingenuo en un tiempo en que Podemos no estaba tan por la labor de revisar sus propias posiciones como ahora. Tarde, en todo caso, para todos. Tarde para rectificar, pero quizá no tanto para aprender de los errores. Y Pedro Sánchez ha cometido alguno de bulto antes de desembocar en el festín sangriento de la guerra civil socialistaal que estamos asistiendo.

De todos los caminos que se le abrían terminó por no escoger ninguno, por esperar no se sabe qué y le ha estallado su partido con mucho más estrépito y metralla que el que le hubiera rasgado las carnes de optar por convertirse en lo que no tuvo valor de ser.

Es evidente que para cambiar hay que hacer las cosas de manera diferente y Pedro Sánchez no ha querido o no ha sabido. Y podía haber cimentado una carrera y un prestigio político insólitos de haber tenido coraje. Pero se necesitaba mucho; y diplomacia y perspectiva histórica, y convicción. Por no entrar en rasgos de carácter que no me corresponde señalar porque no tengo el gusto de conocer personalmente al todavía secretario general del PSOE, pero quizá necesarios también en un momento como éste.

A pesar del ascenso de Podemos el PSOE seguía siendo el referente principal de la izquierda española. Y era así por mucho que en redes sociales se calentara el tópico “PPSOE” o en la espuma de la ola del deseo de cambios algunos dieran más valor a las nuevas alternativas de izquierda del que en realidad iban a cosechar en las urnas.

Pero me parece que no era tan evidente para Pedro Sánchez y su equipo, y el miedo a Podemos les llevó a movimientos de tablero que de entrada eran imposibles. Un gobierno “de progreso” con un Pablo Iglesias reclamando ministerios y una derecha nacionalista –derecha, insisto– que lleva décadas demostrando que sólo arbitra cuando el resultado le es favorable, era y es un despropósito que ni hubiera arreglado la situación ni a medio plazo le hubiera resultado útil a él y a España. La opción de sumar a Ciudadanos y Podemos con distintos grados de compromiso en otra posibilidad de gobierno se había mostradoinviable desde el primer momento, pero Sánchez se empecinó y al final el partido de Iglesias tuvo que volver a decirle que no y Ciudadanos dejarle también claro que con los de Podemos, ni al lavabo. Lo cual reparte las responsabilidades de bloqueo entre unos cuantos, conviene no olvidarlo.

Sólo tenía, por tanto, un camino para evitar unas nuevas elecciones que beneficiarán fundamentalmente al Partido Popular que, de seguir así, con esta alegría de citas electorales, va a conseguir en medio año volver a la mayoría absoluta. Era y es la opción más difícil, la más arriesgada, la que más chocaba con la determinación pública que habían mostrado Sánchez desde el principio y, –y esto es lo más relevante creo yo– la más aterradora desde el punto de vista personal y político: la abstención en la investidura de un presidente del Partido Popular. Lo que hoy está dispuesto a hacer sin él la mitad del Partido Socialista.

Optando por el “pase de la muerte” Pedro Sánchez habría ganado mucho más que autoridad en su partido. Hoy sería ya un líder de la oposición que haría historia por asumir de verdad esa responsabilidad, en tanto manejaría resortes reales de contrapoder fruto del precio que habrían tenido que pagar los populares por su abstención. Que no sería un apoyo al PP, sino una cesión temporal de la responsabilidad de gobierno con condiciones fijadas en una negociación previa. Sin duda habría recibido críticas, ataques feroces, seguro que también descalificaciones personales y hasta le hubieran tildado de corrupto desde las filas de quienes no quisieron apoyarle en su día y ahora se arrepienten. Pero estaría jugando una baza de supervivencia política propia y de su partido absolutamente insólita en la vida política española al amparo de una responsabilidad patriótica. Creo que de haberlo hecho habría emprendido un camino de reconstitución de la izquierda desde la oposición vigilando y controlando a un gobierno que no tendría más remedio que estar a su merced. Se habría curtido Pedro Sánchez en esa batalla acercándose a medio plazo a ese que parecía su deseo incontrolable de gobernar, pero lo habría hecho despacio, con paciencia, como se consiguen los objetivos importantes.

Todos habríamos ganado: España, gobernabilidad y probablemente prestigio; la izquierda –no sólo el PSOE–, unareafirmación interna y de posiciones de la que ahora está coja y que facilitaría una verdadera alternativa a medio plazo. Habría obligado además a Ciudadanos a definir con más claridad su posición. Y habría agachado a un Partido Popular que no podría gobernar como hasta ahora lo hacía.

Pero se equivocó, como lo ha hecho el resto de la izquierda planteando posturas de máximos y negándose a hacer política. Como lo han hecho todos los cabezas de los cuatro grandes partidos que desde su fracaso en diciembre deberían estar ya fuera de la circulación.

Acaso por eso estamos donde estamos, acaso por eso se esté incendiando el PSOE, acaso por eso este país tenga que sufrir el final del sueño de acabar con el bipartidismo por la vía de la autodestrucción de la izquierda y el resurgir de una derecha a cuyo contrapeso ni se le ve ni se le espera.

01 Octubre 2016

La historia de Sánchez, que cayó en desgracia

Enric Sopena

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El dimitido líder se afilió al PSOE en 1993 y apareció en la política hace más de dos años, tras lograr -de modo legítimo por supuesto- convertirse en el líder del socialismo español. Lo consiguió en las elecciones primarias, con casi el 50% de los apoyos. Eduardo Madina, el 36% y José Antonio Pérez Tapias, el 15%.
Pero todo esto no gustaba nada a quien soñaba, casi cada día, que había llegado la hora de que él, Madina, fuera por fin el jefe del socialismo español.

Pues bien, cuando Sánchez estaba a punto de ganar, comenzaron a circular por doquier algunos papeles venenosos; orientados a destruir a Pedro. No eran más que falsedades muy graves y por suerte no prosperaron. Poco más tarde, resucitó la Vieja Guardia.

Parece que todo esto fuera mentira, pero era verdad. Pedro Sánchez cayó en desgracia. Cierto es que no logró mejorar los resultados patéticos del PSOE.
Desde que surgió la crisis no ha conseguido vencer a sus adversarios. El mal, pues, no se llamaba ni Zapatero, ni después Rubalcaba, ni ahora Pedro Sánchez. ¡A ver si nos vamos enterando!

La cúpula del PSOE no supo, o no quiso saber, que estaba creciendo a toda prisa lo que se llama Podemos. “Nosotros no somos radicales”, decían los mandamases del Partido Socialista. Y era verdad. Pero Pablo Iglesias exhibió su poderío que, aunque era menor de lo que parecía, trató, no poco, de joder al PSOE.

En este estado de cosas, Sánchez se encontró con una barrera que le pusieron los denominados críticos. Le atacaron, como era previsible, los medios de la derechona. Pero lo peor es que dispararan brutalmente contra él desde EL PAÍS.

Felipe González está enojado porque Sánchez dijo no a que el PSOE ayudara a Rajoy. Otro día, González le dijo públicamente a Sánchez que le había “engañado”. Josep Borrell declaró en la SER que EL PAÍS se había convertido en un periódico contra el hasta ahora líder del PSOE.

El espectáculo en Ferraz de unos y otros ha sido tremendo. O acaban bien pronto, o se acabará el PSOE para siempre.

02 Octubre 2016

Una buena decisión para el PSOE

Tomás Gómez

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Más de once horas después de reunidos los miembros del Comité Federal, y en un clima de crispación máxima que concluyó en una votación a mano alzada sobre las propuestas de Congreso y primarias que vencieron los críticos, Pedro Sánchez presentó su dimisión como secretario general del PSOE tras comprobar que su liderazgo era contestado por una mayoría absoluta del principal órgano del partido entre congresos y que sus posiciones numantinas habían sido absolutamente desbordadas. Fue el epílogo a una jornada que constató que el PSOE vive el peor momento de los últimos 40 años de su historia y, para muchos, el tiempo más desolador de este partido centenario. Está por verse que la salida de Pedro Sánchez pueda suturar la profundísima herida abierta en la organización, aunque lo que era evidente era que con él en el mando resultaba imposible. Hay que dejar claro que la renuncia del que fuera secretario general no fue sencilla, ni voluntaria, ni incruenta. Que se aferró con las peores artes al cargo y que lo intentó todo para mantener su posición, sin importarle arrastrar a la formación centenaria por el barro del desprestigio camino del despeñadero. El clima del encuentro fue del todo irrespirable y lo fue promovido por el discurso insidioso de Pedro Sánchez contra sus rivales, con insultos y bronca a los críticos a su llegada a Ferraz, y que demostró hasta qué grado el virus del rencor inoculado por el aparato pedrista pareció haber calado al menos entre sus huestes militantes. El desencuentro entre las dos facciones fue absoluto desde el primer momento del cónclave, que estuvo trufado por constantes divergencias sobre las formas y el fondo de su desarrollo que forzaron múltiples recesos para contener la temperatura anímica del encuentro, aunque fue imposible y terminó por estallar. Sánchez se negó en redondo a reconocer la nueva legalidad del partido provocada por la renuncia de la mitad más uno de la Ejecutiva Federal y mantuvo la posición de bloqueo en el PSOE, como lo hacía con España, hasta que fue acorralado por la realidad de su inferioridad manifiesta. Intentó boicotear el Comité Federal, ganar tiempo, embarrar al PSOE y emponzoñar cualquier salida a la crisis que no fuera de su gusto. Forzó incluso un simulacro de votación secreta con urna que finalmente hubo de suspender entre gritos de «pucherazo», «sinvergüenzas» y una bronca descomunal. Todo ello provocó que los críticos emprendieran una recogida de firmas para forzar una moción de censura y una votación que acabara con el relevo en el liderazgo, que el sector oficialista frenó, pero que finalmente fue determinante al comprobar que los opositores disponían de una mayoría absoluta del Comité Federal que utilizaron en la votación a mano alzada para derrotar las propuestas de Congreso y primarias de Pedro Sánchez. Ese momento representó el fin de una etapa y el comienzo de otra, con la designación de una gestora que dirigirá el partido. Sánchez era un problema para España, y también para el PSOE. Su legado ha sido el más nefasto de las muchas décadas de vida política del socialismo español, pues ha sido capaz de sembrar la cizaña de la discordia hasta generar el clima guerracivilista que se pudo constatar ayer en el Comité Federal. Su retirada puede aliviar un tanto la presión sobre la organización, pero parece poco probable que las secuelas de su mandato se puedan restañar en un plazo breve. Hoy, como ayer, los socialistas tienen la llave de la cerradura que abre la puerta de la estabilidad institucional que necesita España y que evite que el país se vea abocado a unas terceras elecciones generales, con el consiguiente desgaste añadido al que arrastramos desde diciembre. El PSOE está ahora en condiciones de prestar al país lo que se espera de él y de asumir la responsabilidad que le confiere su historia de servicio al Estado y su deber para con el bienestar de los ciudadanos. Cuanto más tiempo se prolongue la excepcionalidad en la política nacional, más difícil será que el horizonte político se despeje y entre al fin algún rayo de sol entre tanta penumbra. Creemos que dirigentes como Susana Díaz, García-Page, Fernández Vara o Tomás Gómez tienen el deber de enmendar el rumbo equivocado que el PSOE tomó con Pedro Sánchez. El primer objetivo sólo puede ser permitir que el partido que ganó las elecciones generales, el PP, y que cuenta con el respaldo de 170 diputados, pueda formar gobierno. Entonces, podrán liderar una oposición responsable y rigurosa. En cuanto al partido, tocará recomponerse y recuperar sus señas de identidad y un discurso de Estado que destierre al olvido los avatares de un liderazgo marcado por la mentira a los propios y a los ajenos, que abonó la mala hierba de la escisión en el socialismo. España no puede permitirse el lujo de que la extrema izquierda expropie el espacio ideológico y electoral de la socialdemocracia, hasta pervertirlo. El PSOE debe ocuparlo y defenderlo para ejercer su responsabilidad de contrapeso en el sistema de partidos, como lo hizo desde la Transición. Cuanto antes lo consiga, mucho mejor para el interés general del país.

02 Octubre 2016

El PSOE se quema a lo bonzo

Esther Palomera

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133 votos en contra, 107 a favor y Pedro Sánchez dimitió. Antes, ardió Ferraz porque el PSOE decidió quemarse a lo bonzo a ojos de media España mientras la otra media bostezaba. Doce horas de desgarro, fractura, tensión… Y, al final, para votar lo que no se quería: la fecha de unas primarias y un congreso extraordinario propuestos por una Ejecutiva que se consideraba disuelta.

Para llegar donde se llegó no hubieran sido necesarias 13 horas de esperpéntica discusión ni cuatro días de destrozo en un partido centenario con más de dos décadas de gobierno a sus espaldas. Como más allá de Orión, se vieron cosas que no creeríais antes de que llegara el inevitable final.

Gritos de «fascistas», «golpistas», «tejeros», forcejeos e insultos en la calle. Llantos, bramidos de «sinvergüenzas» y «caraduras» y decenas de socialistas desgarrados. Todo en un Comité Federal dividido, con un secretario general atrincherado y un sector crítico al que no vendría mal volver a Primero de Estrategia Política.

Para llegar donde se llegó no hubieran sido necesarias 13 horas de esperpéntica discusión

La intrahistoria se contará algún día, pero quédense con que desde las 8 de la mañana hasta las nueve de la noche, 253 personas discutieron, primero con cordialidad y luego acaloradamente, sobre quién tenía la autoridad, qué había que votar, quienes podían ejercer el derecho al voto… La zapatiesta llegó tan lejos que José Blanco llegó a sugerir como salida poner rumbo a Plaza de Castilla y que un juez dictara medidas cautelares.

Como en el PSOE nada es inédito, cuando Rodolfo Ares -el cerebro de la resistencia numantina de Sánchez- arrebató a la sevillana Verónica Pérez el micrófono para pedir que se votara lo que la dirección fantasma quería, los más viejos del lugar se acordaron de que Alfonso Guerra hizo lo propio en Suresnes con un viejo socialista del exilio para controlar él desarrollo de aquel histórico congreso.

A punto estuvieron los derrotados del «sanchismo» de llevar al extremo la técnica medieval de agotar al ejército sitiador. Y esto fue cuando por las bravas sacaron tres urnas para imponer el voto secreto. El primero en introducir la papeleta en la raqueta fue el propio Sánchez. Y entonces empezaron los gritos en la sala, los llantos por los pasillos, las llamadas al orden y las intervenciones de José Borrell, José Blanco y Cipriá Ciscar para que parara el ardiz. Ahí acabó la paciencia de una Susana Díaz, que más contenida que nunca, subió al atril para llamar a la calma, invocar la historia del partido y pedir que aquello no se planteara como un pulso entre Sánchez o ella porque lo que había en juego era mucho más que una batalla nominalista.

A punto estuvieron los derrotados del «sanchismo» de llevar al extremo la técnica medieval de agotar al ejército sitiador

Dicen que su intervención sumó algunos votos más para los críticos que, entre la noche del viernes y la del sábado, hicieron hasta cinco recuentos, por lo que se sabían ganadores de antemano. Sánchez no atendió a razones y se dirigió al Comité para plantear una oferta inaceptable de readmisión de los dimisionarios de su dirección. Su objetivo no era otro más que dinamitar el Comité Federal para ganar tiempo, una semana o dos, lo justo para presentar un acuerdo con Podemos y los independentistas que le llevara a La Moncloa o para que fueran disueltas las Cortes y proclamarse candidato a nuevas elecciones.

Fue cuando el sector crítico incurrió en la contradicción de recoger firmas para impulsar una moción de censura a una Ejecutiva que no reconocía. Sumó mucho más del necesario 20% de los nombres Comité, pero no fueron admitido a trámite porque la reprobación no estaba en el orden del día.

Sánchez deja un partido «podemizado» y con una profunda brecha entre la militancia y sus cuadros

«Votemos lo que quieras, pero votemos ya», imploró Díaz. Y entonces llegó el recuento y, después, la dimisión de un Sánchez que, en lugar de declararse derrotado en su propuesta de congreso extraordinario, dijo que lo que se había enterrado era su bandera del «no» a Rajoy.

No fue eso y no está escrito que así vaya a ser. Entre los críticos, hubo discrepancias por el procedimiento impulsado para derrocar a Sánchez y las hay sobre la investidura a un gobierno de derechas. Será la siguiente fractura y la siguiente discusión en un partido que Sánchez deja «podemizado» y con una profunda brecha entre la militancia y sus cuadros.

La decisión no es baladí. Si el PSOE acuerda una abstención a Rajoy o al PP dejará el campo abierto de la oposición a Pablo Iglesias. Y si no es así, unas terceras elecciones pueden dejarle más herido de lo que ya está.

El foco de las próximas semanas estará ahí. Y el relato lo tendrá que escribir la gestora que presidirá el referente político y moral indiscutible de este PSOE, el asturiano Javier Fernández, y en la que estarán los andaluces Mario Jimenez, Asunción Godoy el extremeño Rafael Lemus. Elena Valenciano se resistía, pero había presiones para que entrara, puesto que como vicesecretaria general durante el mandato de Rubalcaba fue una de las personas que mejor y más cosió entre las distintas sensibilidades.

Patxi López rechazó la oferta para formar parte de la solución, pero habrá tanto una representación de Euskadi como del PSC, que no decidirá quién le representara hasta que pase su congreso el próximo día 15.

Todos estos momentos, como los de los Rayos-C de de la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser, se perderán también en el tiempo, como las lágrimas no en la lluvia, sino las derramadas por tantos socialistas que presagian el final del PSOE conocido sin posibilidad de escribir un nuevo relato ni coser todas las heridas que ha dejado abiertas el equipo de Pedro Sánchez.

03 Octubre 2016

La travesía del PSOE

Ignacio Urquizu

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El principal problema del Partido Socialista no es tanto ideológico como de conexión con sectores representativos de los valores de progreso. Entre las clases medias y medias-altas se sitúa ahora en tercera o cuarta posición

La calidad de cualquier democracia está muy relacionada con la calidad de su debate público. Ello exige que cuando se inicie una discusión, los argumentos que se pongan sobre la mesa sean rigurosos y certeros, y no un conjunto de lugares comunes, obviedades o consignas. El PSOE está inmerso en una discusión interna que, si no acertamos a resolver, puede dejarnos un largo tiempo en la oposición. Por ello, la salida del secretario general hace aún más urgente descifrar qué nos está pasando.

La cuestión no es cómo solventamos nuestro trilema (Gobierno del PP, Gobierno alternativo y terceras elecciones). Este escenario, como el resto de fracturas por las que estamos pasando, es consecuencia de una dificultad mayor: los socialistas estamos encadenando sucesivas derrotas electorales.

Para muchos todo se reduce a una cuestión ideológica: “No somos suficientemente de izquierdas”. De ahí que se concentre nuestra energía en situar a Podemos como nuestro principal adversario y en justificar unos malos resultados con mantener la segunda posición y evitar el temido sorpasso. Siguiendo este hilo argumental, desbloquear la actual situación política se podría interpretar como una traición más a esos principios y valores.

Aquellos que aceptan esta hipótesis sitúan el origen de los problemas en la gestión de la crisis a partir de mayo de 2010. Pero esto es cuestionable. En primer lugar, eso significa obviar algunas realidades como que muchas de las medidas que se decidieron entonces eran el resultado de los desequilibrios que sufría la economía española durante la última década. De no haberse tomado, nuestro país estaría ahora en una situación peor.

En segundo lugar, incluso medidas tan controvertidas como la reforma del artículo 135 de la Constitución contaban con más apoyo popular de lo que se dice. Los datos de Metroscopia de septiembre de 2011 muestran que un 62% de los españoles habría apoyado esta reforma constitucional en el caso de que se les hubiese consultado. Y si miramos por partidos, este porcentaje era del 60% para el electorado socialista. La crítica estaba en el procedimiento: el 61% consideraba que habría sido preferible celebrar un referéndum y solo el 32% justificó la urgencia para calmar a los mercados. En tercer lugar, es difícil que alguien que no se respeta a sí mismo y a su pasado sea respetado por los demás. En definitiva, aquellos años de gestión se han simplificado en exceso sin trazar un relato comprensible para el electorado de izquierdas.

Es cierto que en las grandes victorias electorales del Partido Socialista, cuando superó los 10 millones de votos (1982, 2004 o 2008), el 50% de la extrema izquierda y como mínimo el 70% de la izquierda apoyaba al PSOE. Estos datos están muy alejados de las elecciones de 2015 y 2016. El 20 de diciembre, los apoyos socialistas en la extrema izquierda fueron del 18%, mientras que en la izquierda la intención directa de voto se situó por debajo del 40%. El 26 de junio, estos porcentajes fueron todavía inferiores y se situaron en el 14% y el 30% respectivamente.

Pero el principal problema del PSOE es algo más que ideológico. Es decir, reducir todo a una cuestión de izquierda y derecha es una simplificación excesiva de la realidad. Cuando se miran con detalle algunos datos más, se descubre una falta de conexión con las capas más avanzadas de la sociedad. Dicho de otra forma, la dificultad del PSOE va más allá de que no sea percibido como un partido progresista.

Si analizamos los apoyos electorales según el tamaño de nuestros municipios, vemos que en las ciudades de más de 50.000 habitantes el Partido Socialista viene siendo, como mucho, la tercera fuerza política en las dos últimas elecciones generales. En urbes tan significativas como Madrid o Valencia, el PSOE se situó como la tercera fuerza. Por no hablar de lugares como Barcelona o Bilbao, donde caímos a la cuarta posición el 26-J. En las recientes elecciones vascas, en dos de las tres capitales de provincia el PSE ocupó la quinta posición. Las comunidades autónomas con mayor renta per cápita mostraron un cuadro parecido. En la Comunidad de Madrid, en el País Vasco y en Navarra, el PSOE fue la tercera fuerza política el 26-J. En Cataluña caímos a la cuarta posición.

Al mismo tiempo, cuando pasamos a mirar los datos de las encuestas del CIS, vemos que el Partido Socialista solo es capaz de ser una alternativa al PP entre los ciudadanos que tienen, como mucho, los primeros años de educación secundaria. En cambio, entre aquellos que declaran tener estudios superiores, el PSOE cae a la cuarta posición. Si analizamos los datos de todas las elecciones, nunca el Partido Socialista había tenido tan pocos apoyos entre la gente con estudios universitarios. Por clases sociales, el PSOE solo obtiene un amplio apoyo entre los obreros, mientras que en las clases medias y en las clases medias-altas se sitúa en tercera o cuarta posición. Esto no siempre ha sido así. En los años ochenta y en las dos victorias electorales de José Luis Rodríguez Zapatero, las clases medias depositaron su confianza de forma mayoritaria en el Partido Socialista.

Todos estos indicadores apuntan a que el PSOE ha perdido el apoyo de los sectores más avanzados de nuestra sociedad. Las grandes ciudades, las clases medias o las personas con estudios superiores suelen ser muy representativas de la modernidad. No es casual que Podemos haya tenido mayores niveles de confianza.

En definitiva, el principal problema del Partido Socialista no es tanto ideológico, sino de conexión con sectores de la sociedad que son muy representativos de los valores de progreso. Así, el PSOE debe comenzar a pensar cómo vuelve a conectar con unos grupos sociales en los que sí fue un referente en el pasado. Pero para saber qué nos está pasando, no podemos precipitarnos. Esta reflexión, si queremos que sea certera y profunda, requiere más tiempo que el mes que la dirección saliente defendía.

Seguramente deberemos abrirnos a nuevas ideas, ser valientes en los debates, quitarnos muchos prejuicios y ser conscientes de que los retos de la sociedad del futuro exigen medidas audaces. Así, combatir la desigualdad exige modernizar nuestro Estado de bienestar, o tener una economía más competitiva implicará una mayor racionalización de nuestro sistema productivo. Lo que cambia el mundo no son los golpes de efecto o los tuits, sino las ideas. En este aspecto, el Partido Socialista tiene una amplia tarea por delante. Solo así dejaremos de perder las elecciones ante el peor Gobierno de nuestra democracia.

Ignacio Urquizu