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El acto, celebrado en Vistalegre supone un partido con un modelo de ejecutiva con poderes y no un modelo asambleario

I Asamblea de Podemos: el modelo de partido propuesto por Pablo Iglesias vence al de Pablo Echenique e Izquierda Anticapitalista

HECHOS

Los días 17, 18 y 19 de octubre de 2014 se celebró la Asamblea Constituyente de la formación política Podemos.

En 2014 se celebró la I Asamblea de Podemos. La siguiente no se celebraría hasta 2017.



LAS DOS PROPUESTAS DE ORGANIZACIÓN DEL PARTIDO PRESENTADAS A DEBATE

ClaroQuePodemos Propuesta ‘Claro que Podemos’: 80% de los votos

D. Pablo Iglesias Turrión, eurodiputado y cabeza visible de Podemos, presentó una propuesta, arropado por sus colaboradores, los principales tertulianos de Podemos en TV: D. Juan Carlos Monedero, D. Luis Alegre, D. Íñigo Errejón y Dña. Carolina Bescansa, en la que se proponía una dirección clara, con un Secretario General, que sería el propio D. Pablo Iglesias Turrión. Y se defendía que el partido no concurriera a las municipales, para prepararse bien de cara a las generales. El político advirtió que si no se le apoyaba, él y sus compañeros se retirarían. Defendieron que un modelo asambleario no era eficaz y ponían como ejemplo el 15-M.

SumandoPodemos Propuesta ‘Sumando Podemos’: 12% de los votos

El eurodiputado de Podemos, D. Pablo Echenique presentó otra propuesta acompañado por la también eurodiputada de Podemos, Dña. Teresa Romero (también militante de Izquierda Anticapitalista), en la que proponían una dirección colegiada con tres secretarios generales (entre los cuales uno sería D. Pablo Iglesias Turrión como portavoz) y elecciones de determinados puestos por sorteo. En opinión de la propuesta del Sr. Echenique el partido sí podía presentarse a las municipales y no era incompatible efectividad y democracia.

19 Octubre 2014

El cielo se toma al asalto

Manuel Jabois

Dice Pablo que cuando montó Podemos le preguntaron por qué y él contestó que sabían cómo ganar, y «se rieron del coletas»: «Ahora están más preocupados». Dice Pablo que se puso su cara en la papeleta, «y a mí no me gustó», pero gracias a eso «no tuvimos un eurodiputado, sino cinco», y se preocuparon. Dice Pablo que tras obtener más de un millón de votos todos estaban esperando a que abriesen «el champán o la sidra», pero avisó Pablo entonces y avisa ahora: «No tenemos nada que celebrar porque estamos aquí para ganar». Y se preocuparon aún más. ¿Quiénes? Podemos, el mayor fenómeno político desde la irrupción del PSOE de González, se ha construido ideológicamente contra la tercera persona del plural.

Podemos es una fuerza de reacción que parasita la decadencia moral de sus contrarios para alimentarse de ella como la mantis que devora lo que pretende; Podemos no tiene pasado, y su resistencia a participar en las municipales muestra su intención de ir hacia delante sin dejar nada atrás, escribirse en tinta china. Cuando Pablo vuelve a Marx para decir que el cielo se toma por asalto habla de La Moncloa, no de Móstoles. Pudo haber usado un verso de Sabina: «Al cielo no se va en limusina», pero Sabina se ha metido él sólo en la tercera persona del plural.

Vistalegre no fue el llenazo de Zapatero en 2008, entre otras cosas porque el PSOE tiene más de un siglo y Podemos siete meses. Tampoco había necesidad de ir a Vistalegre como iba Saza a las cacerías a vender telefonillos; al público de Podemos no se le pueden ofrecer cargos ni empleos ni promesas en la telaraña institucional. Van porque están ilusionados unos y hartos otros, y han visto en este partido una forma de tabla rasa. Muchos viajaron de noche desde Andalucía, Galicia o Asturias. Hay puestos fuera vendiendo libros, el Manifiesto Comunista y revistas. Se reparte gratis La Marea; en el congreso del PP en Valladolid se repartía gratis La Razón. Se ofrecen dentro galletitas danesas, quesos fuertes, café, agua y cerveza. Para salir a la pista, que también es coso, hay que atravesar pasillos forrados con fotos de Bustamante, Lenny Kravitz, David Bisbal y Supertramp. La «centralidad», que diría luego Pablo. Para amenizar la espera no suena música: se pone en las pantallas el discurso de Martin Luther King.

Cuando el aforo cumple las expectactivas se anuncia la llegada de los líderes. Salta todo el palacio («¡sí se puede!»), se suben a las sillas hombres y mujeres adultos («es la primera vez que lo veo en persona») y jóvenes con sus hijos a los hombros: ha llegado Pablo Iglesias Turrión (Madrid, 1978), al que gritan Pablo. Una marea de móviles, tabletas al aire, empujones y codazos lo acompañan hasta el escenario. Una chica consigue zafarse y le pega un manotazo en el culo. Sobre los hombros enjutos de Pablo se ha reunido la fama de las estrellas de la televisión, la juventud del intelectual, un mensaje directo con analogías de la hora de los postres, el verbo cortante con sus adversarios y el discurso de los hombres que han encontrado la forma de amaestrar un sentimiento de impotencia y frustración. La mezcla es explosiva; le adoran. Se sienta en su propia fiesta rodeado de seguridad. Anson sacaría de allí a sus corresponsales para que no se enamorasen, como le pasaba con Felipe.

Al llegar a su sitio, Pablo se da la vuelta y aplaude, y todos gritan «A por ellos». Camisa blanca por dentro, pantalón vaquero gris. La primera ovación que pide en «un día histórico» es un aplauso para el enemigo; nobleza obliga. Dirá luego: «Ahora quieren disfrazarse de personas normales, sacarse la corbata y remangarse la camisa». Un grupo le canta: «¡Pablo presidente!». El sonido falla a su derecha, donde «se me escucha pero no se me entiende». Evita la ocurrencia, si llegó a pensarla, y le dice al público si le prefiere más cerca o más lejos del micrófono. Le contestan que cerca. «El pueblo siempre tiene razón», suspira.

La primavera nerudiana de Podemos son las elecciones de otoño. Cuenta Pablo una parábola: «¿Os acordáis de la final de baloncesto de Los Ángeles? No se podía ganar, era imposible. Había que divertirse, tirar triples y hacer cambios para que jugasen todos. ¿Os acordáis de la final de 2008? Allí había que ganar». Dice que no se podía fallar un triple y no podían jugar todos. «Y nos quedamos a esto de hacerlo, si le llegan a pitar unos pasos a un estadounidense».

Explica Pablo dos cosas en su parábola: que el sistema hace pasos, y que no todos pueden mandar en Podemos porque ya no es un movimiento festivo con el que pasárselo bien. Para ganar La Moncloa tienen que mandar muy pocos y con un rumbo firme. Ni una jugada para la galería ni mover el banquillo a capricho. Mensaje dirigido a la corriente de Pablo Echenique, al que luego se lo dijeron sin parábolas: «Tres secretarios generales no ganan las elecciones y uno sí». Y aún más: los que pierdan de este pulso se tendrán que echar a un lado.

El consenso a veces «es una forma de censura». Todas las palabras blancas de la política tienen una cita que las desmonta si se oponen al objetivo. Las más sospechosas, como patria, pueden blanquearse con poesía: «La patria es la gente». Pablo se para y dice a propósito de izquierda y derecha: «No hay más que verme para saber qué soy». Pero ellos quieren ocupar «la centralidad», que es el centro político traducido al lenguaje Podemos. Si fuesen a ocupar la derecha, sería la izquierda del otro lado.

Pablo acaba en Pekín 2008. «¿Os acordáis de un mate de Rudy en las narices de alguien más alto que él?». El cielo se toma por asalto porque las llaves las tiene el diablo. Y aún así, ¡cuánto millones vamos a tener que gastar para que los ricos dejen de serlo! Siempre se les podrá pedir un crédito.

20 Octubre 2014

Podemos, de movimiento antisistema a partido político casi tradicional

EL MUNDO (Director: Casimiro García-Abadillo)

PODEMOS HA emprendido este fin de semana el camino para definirse a sí mismo. En su asamblea fundacional, Iglesias ha dejado claro que para intentar gobernar el movimiento necesita una estructura tradicional, centralizada y con un secretario general que sería él. En otras palabras, Podemos ha empezado a pasar de aquel fenómeno social que triunfó el 25-M a convertirse en un partido al uso con perspectivas de entrar en las instituciones democráticas nacionales. Y eso tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, olvidarse de propuestas que serían irrealizables: ayer se aprobó una resolución que ya no habla del impago de la deuda, algo que sacaría a España de los circuitos de financiación, sino que propone su «reestructuración». Iglesias quiere darle a Podemos la forma de un partido que se parece a la «casta» que tanto critica con un fondo que ya no va contra el sistema, sino que busca integrarse en él. Su contrincante por dirigir Podemos, Pablo Echenique, opta por continuar con sus círculos y por tres portavoces para liderar la organización. Concretar la utopía en un organigrama y en un programa político es casi imposible. Ahora, los simpatizantes escogerán el camino.

26 Octubre 2014

Pablo Iglesias, el mesías

Carmen Rigalt

Echando cuentas a bulto, el caso Pujol y el caso Bankia, que son como matrioskas y contienen más casos dentro, le han regalado a Podemos un porrón de votos. Esto es una verdad incontestable, pero hay más gente dispuesta a cambiar de orientación su voto. Según mi pequeño trabajo de campo (sociología casera), aparte está el caso Gallardón, que arrastraría hacia Podemos el llamado voto pataleta, del que existe un importante caladero en la derecha cabreada.

Y no olvidemos el voto procedente de la izquierda pura y dura. Precisamente, uno de los últimos rumores es que Juan Manuel Sánchez Gordillo, el mítico alcalde de Marinaleda, ya ha pedido la vez en Podemos. No sé si eso le hará gracia a Pablo Iglesias. La imagen del alcalde comunista está apuntalada con símbolos hoy caídos en desuso (el Che, la Guerra Civil, Fidel, etc.). Nostalgia hueca.

Podemos huye de las etiquetas, pero es un partido de izquierdas en el que confluyen muchos referentes del siglo XX. El discurso de Iglesias es un cóctel de leninismo, trotskismo y maoísmo. Y, bastante menos, marxismo fundacional. Aquí no hay obreros porque casi todos son profes.

Lo último de Podemos, que en realidad parece lo primero, es la confrontación de los Pablos, refugiados en sendas corrientes internas: Claro que Podemos, del sector Pablo Iglesias y Sumando Podemos, promovida por Pablo Echenique. Él cuestiona algunas ideas de su contrincante, especialmente las referidas al liderazgo. Mientras Iglesias defiende la existencia de un secretario general, Echenique se muestra partidario de una dirección colegiada, sin que ello suponga menoscabo para el líder, sobre cuyas espaldas recaería el peso de la púrpura.

No veo a Pablo Iglesias dispuesto a compartir el mando y la gloria. A él se debe la iniciativa del chiringuito y no querrá regalarlo a cualquier precio. En eso se diferencia muy poco de Rosa Díez. También ella defiende su chiringuito a dentelladas.

Sobre cómo estos chicos han llegado a la política, existen varias teorías que se resumen en dos. La política es genética y algunas filiaciones se heredan como se heredan los gestos. Ahora, a un padre pepero le corresponde un hijo de Nuevas Generaciones. Antes era al revés. En las postrimerías del siglo pasado, a un padre de derechas solía corresponderle un hijo de izquierdas. Por joder. Era la ley del péndulo.

Pablo Iglesias está bien asistido por su árbol genealógico y la política le corre por las venas. La madre, abogada laboralista de CCOO, pudo haberle escorado hacia la izquierda, pero fue su padre, militante activo de IU, quien más le influiría. A una edad muy temprana, el chico se afilió a las Juventudes Comunistas. Javier Iglesias, el padre, llegó a medirse en unas elecciones generales con Juan José Lucas (vicepresidente del Senado), ambos cabecera de lista en la provincia de Soria: Javier Iglesias, por IU; y Juan José Lucas, por el PP.

Pero el árbol genealógico no termina ahí. En la rama de arriba está el abuelo del líder, socialista, que militó en plena Guerra Civil y fue condenado a muerte. Ya en el franquismo, conmutada la pena por años de cárcel, siguió luchando. Me cuentan que el abuelo Iglesias fue defendido por Tierno ante el Tribunal de Orden Público, mientras que Iglesias, el padre, lo fue por Bono.

La separación de los padres de Pablo trajo consigo un cambio de escenario. Papá Iglesias se mudó a Zamora, donde combinaría su responsabilidad como inspector de trabajo (de rango alto: durante años fue jefe de la Inspección) con la militancia política. Eso duró hasta hace nada. En los pasados comicios, Javier Iglesias, ya jubilado, llegó al colegio electoral sacando pecho: le habían hecho apoderado de Podemos.

Que Pablo tiene hechuras de líder se comprobó en Vistalegre durante la celebración, días atrás, de la asamblea ciudadana. Verlo avanzar entre una multitud que le abría paso me recordó una película bíblica: ¡era el mesías!

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LOS CEREBRITOS DE PODEMOS

Aura y personalidad son características que van cosidas a la figura del mesías castaño.

Iglesias tiene karma, como los ‘hippies’ del 68. Hombre de esqueleto estrecho, camina despacio y con los hombros vencidos. Parece escapado de una clase de yoga. Su lado místico, sin embargo, no se corresponde con su fama de demócrata duro y sus ansias de tocar poder.

Cuanto más le gritan, más se crece. Esa peculiaridad la comparte con su novia Tania Sánchez, diputada de IU en la Asamblea de Madrid y de aspecto desmayado como él. Otro de los personajes relevantes del grupo es Pablo Echenique, nacido en Argentina y crecido en Zaragoza. Doctorado en Física teórica, es excedente del CSIC y trabaja como eurodiputado. Echenique padece una enfermedad degenerativa que lo mantiene en silla de ruedas.

Íñigo Errejón y Monedero son también figuras estelares. Monedero es el álter ego de Iglesias. Ha sido asesor de Llamazares e ideólogo del 15-M. Errejón ha cobrado fuerza en los debates. Tiene 31 años y representa la dialéctica de camisa blanca. Es mi preferido.

19 Octubre 2014

Podemos se organiza

EL PAÍS (Director: Antonio Caño)

Algunos de los diagnósticos de Podemos contra los problemas inherentes al sistema político y la acomodación a la corrupción y al abuso pueden compartirse por muchos sectores, y desde luego traducen la irritación ciudadana con el statu quo. Pero a juzgar por los mensajes de sus figuras públicas, actualizados este fin de semana, resulta muy oscura la forma en que este partido se propone convertirse en “mayoría” y alcanzar “la centralidad del tablero político”. Está claro que trata de salir del eje tradicional derecha/izquierda, pero no deja de dar motivos para pensar que se trata de populismo, entendido como la estrategia política que enfrenta al pueblo con las instituciones, aunque estas sean democráticas.

Frente a la contundencia con que su principal portavoz, Pablo Iglesias, reclama el objetivo de la victoria electoral “para echar” al Gobierno del PP y derrotar al PSOE, los procedimientos para lograrlo están envueltos en la confusión. Frases como “el cielo no se toma por consenso, sino por asalto” pueden interpretarse de muchas maneras, desde una simple ocurrencia del repertorio marxista hasta la insinuación de estar dispuesto a operaciones que no tienen que ver con el respeto a los principios democráticos y al juego limpio en las urnas. No es responsable lanzar un ataque generalizado al sistema institucional de este país sin explicar cuál es su modelo alternativo, cuál es su visión concreta de la crisis y cuál es la manera realista de salir de ella.

Una opción que aspira a tanto ha de transmitir algo más que un magma de vaguedades. Tiene que aclarar su programa y explicarse mucho mejor. Se puede estar de acuerdo en sus ataques a los que llegan a la política para aprovecharla en su beneficio personal, pero Podemos no ha dejado claro aún que su propósito no sea exactamente el mismo. Por lo demás, nadie puede atribuirse el papel de vigilante de la ética general como si estuviese dotado de un poder superior. Todo suena a lo mismo: personalismo, populismo, manipulación.

En la asamblea que se celebra ahora y en las votaciones posteriores se decide el modelo organizativo, con dos concepciones en disputa. La encabezada por Pablo Iglesias es partidaria de una organización de corte más clásico, con un solo secretario general —previsiblemente, él mismo— frente a la defendida por el también eurodiputado Pablo Echenique, partidario de una dirección colegiada de tres secretarios generales (llamados “portavoces”). Es evidente que Iglesias y los suyos no aceptan esto y que son partidarios del ejercicio de la disciplina, por más apelaciones al voto ciudadano que hagan, lo cual les acerca al modelo de un partido clásico, por mucho que pretendan rechazarlo.

La nueva opción se mueve, de momento, en términos demasiado simplistas y acentúa su cautela en lo concreto. Sus figuras han dejado claro que quieren el poder; ya veremos para qué.

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