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Rafael García Serrano, primer periodista en respaldarle públicamente

Polémica por la reivindicación de la camisa azul por parte del columnista de ARRIBA, Jaime Campmany

HECHOS

En septiembre de 1966 el periodista D. Jaime Campmany protagonizó una de sus primeras polémicas periodísticas por un artículo aludiendo a la ‘evolución’ de la dictadura del General Franco.

D. Emilio Campmany (hijo de D. Jaime Campmany) habla con J. F. Lamata sobre el artículo su padre titulado ‘Camisa Azul’:

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El 20 de septiembre de 1966 el columnista del diario ARRIBA publicó una ‘pajarita’ hablando de las camisas azules.

En el artículo había una claro reproche a los falangistas que habían dejado de serlo: «todos  los que vestían con urgencia aquella camisa azul se descamisaron enseguida con ritmo de “streap tease” político«. En los años sesenta parecía evidente que la dictadura franquista no apostaba por el sindicalismo como deseaban los falangistas más joseantonianos, sino por el liberalismo económico (aunque no político)

Aquel artículo fue, por tanto, considerado como una reivindicación de ‘la revolución pendiente’ y, por tanto, un ataque directo al liberalismo capitalista que parecía defender el Gobierno del General Franco o, por lo menos, varios de sus ministros.

Según un hijo de D. Jaime Campmany, consultado por un miembro de LA HEMEROTECA DEL BUITRE, el periodista murciano no pretendía reivindicar la revolución pendiente, sino simplemente sus valores como algo que había servido en su momento, pero que ahora había que adaptar. Si fue así fue malinterpretado por los periodistas falangistas joséantonianos como podía ser D. Rafael García Serrano, que fue el primero en aplaudir, también en el diario ARRIBA, el texto del Sr. Campmany con su artículo ‘Las Camisas Azules de Jaime Campmany’.

En su siguiente artículo en el diario ARRIBA, D. Jaime Campmany reconocía las presiones que – probablemente desde el entorno del Gobierno – habían caído en su contra por aquel artículo. En una columna titulada ‘Saludos, Amigos», decía así:

camisa_campmany2«Acusome, padre, del pecado de la vanidad (…) Hoy ha caído sobre mí uno de esos diluvios, pero tan grande que bien he sabido, sin que nadie me lo diga, que yo no lo merecía. Uno puede ser vanidoso; pero os aseguro que lo que uno no es ni será es un gilí. No tengo que deciros, amigos, que este diluvio ha descargado sobre mi pajarita azul, sobre la pajarita de mis camisas azules, y ya habréis visto ese primer goterón que ha llovido Rafael García Serrano. Ya sé que todo esto no va conmigo, pero como sobre mi llueve, he caído en la vanidad de decirlo’. (…) Con permiso del Director, yo quiero desde aquí saludar a todos mis amigos, por si luego es tarde. Y ahora, padre, a usted le toca ponerme penitencia».

Al publicar ‘quiero desde aquí saludar a todos mis amigos, por si luego es tarde’ parece que el Sr. Campmany aludía la posibilidad de que fuera despedido como columnista. Sin embargo no sólo no lo fue sino que hasta sería promocionado tras el artículo a la dirección del diario ARRIBA.

20 Septiembre 1966

CAMISA AZUL

Jaime Campmany

"todos los que vestían con urgencia aquella camisa azul se descamisaron enseguida con ritmo de “streap tease” político"

Jaime, ¿que hacemos con estas camisas?

La voz de mi mujer me llega desde el dormitorio. Estamos de mudanza. Trasladamos los viejos muebles, que no están definitivamente desvencijados; nuestras pequeñas y adoradas cosas, que sólo son un ñaque amasado de recuerdos desde el apeadero que nos dejamos en Madrid durante nuestra época romana al nuevo piso donde, por fin dispondremos, si Dios no nos aumenta la familia, del mínimo espacio vital, como ahora se dice. Yo ordeno los libros y mi mujer ordena las ropas.

– Jaime, ¿qué hacemos con estas camisas?

No puedo verla desde donde estoy yo, pero lo adivino arrodillada frente al armario grande, vaciando uno a uno, los cajones y apartando a un lado los calcetines casi transparentes a fuerza de golpe de talón y batir de la lavadora; las camisas de cuello y puños desflecados; los pañuelos, demasiado cansados de volar del bolsillo a la nariz; las corbatas, torturadas por muchos nudos; la pajarita del “smoking” de los primeros Juegos Florales: los cordones de la Milicia Universitaria: la sahariana caqui de bolsillos tableados y gruesos pespuntes en las costuras que llevé a las Jornadas Literarias por Extremadura, cuando el pobre Cesar escribió que yo iba vestido de oficial del Ejercito canadiense de ocupación…

“Debe haber encontrado las camisas azules”, pienso. Si. Aquí están. Son cinco La más pequeña tiene el azul como jaspeado; junto al bolsillo izquierdo están todavía las tres saetas verdes que me bordó mi madre cuando me hicieron Jefe de una Centuria de Flechas. La otra tiene sólo dos flechas bordadas, porque entre los cadetes no pasé de Jefe de Falange. Hay otra, descolorida por muchos soles, mal pegados los botones y con algún costurón mal cosido; es la camisa que llevé a Ronda, con la que me asomé al Tajo y a la plaza pequeña y dorada; con la que anduve los caminos de la serranía que llevan a Montejarque o Setenil, entre viejas encinas que saben leyendas de bandoleros y contrabandistas; con la que recibí la estrella de cinco puntas de alférez de Complemento. Aquí están también mi camisa de seuista y la que llevé a El Pardo cuando los veinticinco años de ARRIBA.

Mi mujer las ha desdoblado, una a una, y me las presenta cogidas por las hombreras. Después me mira. Espera una respuesta mía.

– Bueno, ¿qué hacemos con ellas?

Yo no he respondido. La verdad es que no sé si debo responder. Me siento lleno de confusión y de recuerdos. Esa es la camisa de mi primer Campamento. Sierra Espuña. Entonces leía yo a Rudyard Kipling y a Rabindranat Tagore. “El Cid” de Huidobro y el “Amadís”, y empezaba a deletrear a José Antonio. Con aquella camisa pronuncié mi primera, balbuciente lección política. La más hermosa y perenne, la que hoy suscribiría palabra por palabra.: “Camarada: que tu parcela sea la mejor…” Olía aún a guerra y era tiempo de primavera inicial, de consignas y canciones, de fusil pequeño y de banderas alzadas. Era el tiempo en que todos vestían con urgencia aquella camisa azul, incluso aquellos que en el 45, calientes todavía los rescoldos de la guerra grande, se descamisaron enseguida con ritmo de “streap tease” político.

Esa otra es la camisa de mi último albergue universitario. La vestí en Arbucias, entre los recios troncos de los bosques de Gerona., cerca de un pueblo alto y pirenaico que se llama como yo,. Entonces leía a Ortega, me bebía a Unamuno, escribía glosas a Ganivet, me desojaba sobre Laín, aprendía de memoria a Machado, recitaba a Miguel Hernández y empezaban a fastidiarme los libros de Rafael Calvo Serer. Por la noche pasaba de Savigny a Hegel , de Fray Luis a Neruda. A su bolsillo sigue prendido un trocito de seda negra con el cisne del Cardenal Regente. Con esa camisa… ¡Dios mío, cuánta juventud, cuántas esperanzas, cuántas impaciencias, cuánto amor y cuánto trajín hay dentro de esa camisa! Ahí están mis obediencias esenciales, esas que todavía mantengo, y mis rebeldías invencibles, esas que nadie podrá sofocar.

Y aquí tengo la última. La que sintió el peso del féretro de José Antonio; la de las crónicas grises y aceradas de El Escorial en los 20 de noviembre; la de los veinticinco años de ARRIBA. Aquí están todas; la de las manifestaciones por Gibraltar español; la de las marchas del primer “Conozca usted España”, pero con tuteo; la del “Cara al Sol” en el patio de la cárcel de Alicante; la que llevaba cuándo Ismael Herráiz le dijo a Rafael García Serrano que “ese muchacho de apellido tan raro venga por el periódico y escriba todo lo que quiera”; la que me puse para ir a decir que “si” porque España era afirmativa y sólo los melancólicos de fuera y los nostálgicos de dentro querían que se dijera “no”; la del abrazo al Apóstol después de dos días de mar y algunas leguas de tierra….

– Jaime, ¿me oyes? Dime de una vez que hago con estas camisas.

Mi mujer me ha hecho un gesto que quiere decir impaciencia. Después, otro que quiero decir desistimiento. Luego me ha mirado de nuevo. Quizá ha comprendido. Ha vuelto a doblar las camisas por sus mismos pliegues, muy despacio, y me ha preguntado con un interés excesivo para ser sincero:

– ¿Has terminado con lo libros?

Jaime Campmany

21 Septiembre 1966

LAS CAMISAS AZULES DE JAIME CAMPMANY

Rafael García Serrano

"Yo, Jaime, también guardo mi camisa azul, y hasta te aseguro que me enterrarán con ella. A la hora de la muerte con cuentan modas"

Jaime Campmany, que está hecho un Ebro literario, largo, ancho, trotador, vario y fecundo, acaba de tocar con ternura inigualable el tema de la camisa azul. Esa «Pajarita» le ha salido a ratos «águila caudal, a ratos gorrioncillo pícaro y callejero, halcón también, y azor, y canario familiar, ruiseñor
A veces -cantando muy quedo en el mismo corazón de muchos, muchos españoles-, y se oye en ella el toque del último Parte Oficial de Guerra del Cuartel General del Generalísimo, y el «tiroliro» de cuando Ciano paseaba, de San Sebastián a Cádiz, del brazo de Serrano Suñer, y también canciones de campamento, y los últimos carrasclás de aquel momento en que, ante los ojos asombrados, curiosos, fraternos, y hasta prematuramente espabilados, de Jaime y los de su quinta, se desleían con pasaporte a la paz, al hambre próxima, al trabajo y a la esperanza, unidades militares antológicas en la historia de España. Los hombres ya no eran, a Dios gracias, «vecinos de la pólvora y la muerte», por decirlo con inolvidable verso de Dionisio Ridruejo, dedicado a Agustín Aznar. Desaparecieron de la circulación camisas azules gloriosamente desteñidas, y lo mismo pasó con las boinas rojas. Están en el fondo de armarios y arcones -a veces, oscuramente en la duermevela de algunas conciencias-, y salen a la luz muy pocas veces, sólo si repican gordo, y en ocasiones sólo cuando las campanas doblan a muerto.

La camisa azul, querido Jaime -y tu lo sabes tan bien como yo y como otros, como tú y como yo, y también algo distintos-, tuvo poca fortuna después de la guerra, y precisamente porque demasiada gente creyó que iba a tener mucha. Para empezar, nos la revistieron con un ataúd entre fascistón y poco imaginativo, la recubrieron con tantos dorados como «Pasapoga», que fue la sala de fiestas de moda entonces, donde se divertían estudiantes con paga de oficiales y abrevaban el «whisky» y el champán fácil del estraperlo infinidad de sinvergüenzas y hasta algún excepcional cliente que el pudor me impide nombrar. Por si fuera poco, le quitaron su aire legionario, con el cuello abierto, endosándole una corbata negra -luto por José Antonio, a imitación del luto por Lord Nelson de la marinería inglesa, que llevan todas las Marinas del mundo, o casi todas, incluida la nuestra-, que sin duda hubiera hecho destornillarse de risa al propio José Antonio, cuya mejor honra fúnebre hubiese sido la radical reforma agraria, la nacionalización de la banca y, en suma, el desmontar el mecano capitalista para sustituirlo por la estructura apuntada en su doctrina. Pasado el tiempo, con cierta habilidad, se fue convirtiendo en una especia de librea para uso de chóferes y ordenanzas, y bien sabe Dios que muchos de ellos dieron más honra con su humilde servicio a la camisa azul que los listos que la fueron abandonando con el gesto del soldado que tira sus armas en una fuga, con el ademán del oficial que se arranca las estrellas. Comenzó entonces un chaqueteo que todavía no ha terminado y en el que ya lucen chaqueteros excepcionales, pero casi tímidos aprendices con respecto a los que nos queda por ver.

Lo que la camisa azul había sido y aún -es- no hace falta consignarlo aquí como en un balance. Fue la mortaja de miles de españoles, el santo y seña de cientos de miles, y sobre ella se posaron laureadas y balazos, medallas militares y el áspero sol de España, el viento, la lluvia, la nieve, el chirimiri de España. La camisa azul navegó nuestros mares, y aún los ajenos, y se hundió con honor cuando el «Baleares», y estuvo en aquella anticipada Corea de la División Azul, y también albergó poesía y ciencia política, cultura y hasta novela, a través de las Ediciones para el Bolsillo de la Camisa Azul, que nos inventamos entre Carlos Valcárcel y yo, y que ahora recuerdo especialmente porque estoy metido en la dura, desconsolada amarga y esperanzada faena de escribir la vida de aquel buen camarada -¡que redonda palabra!- y también porque uno de los libritos de aquella colección fue uno mío titulado «Eugenio», que puede que fuera malo, pero que al menos tenía la virtud de ser sincero, tanto que algún tiempo más tarde fue rechazado en cierta colección por su escasa conveniencia desde el punto de vista político.

Por mi parte, no me parece mal que la camisa azul, al menos mientras lleve corbata certificando que José Antonio está muerto, desaparezca. Ya volverá, si es voluntad de Dios, cuando alguien nos diga que José Antonio está vivo, que si que lo está. ¡Y nos lo van a decir!

Ha hecho bien tu mujer, Jaime, en guardar tus viejas camisas azules. En muchos armarios y arcones españoles se guardan por miles otras camisas azules. Está bien guardarlas. Pueden hacer falta. Para que España viva. También pueden hacer falta para morir decorosamente, sin arrepentirse de nada, salvo de haber creído en unos cuantos que ahora dicen que se equivocaron después de enviar hombres a la muerte. «Para ciertas equivocaciones -creo que le dijo Eugenio Montes a uno de estos- no hay más que dos remedios: si se es creyente, La Trapa; si no se cree, el suicidio». Pienso, ahora, que ni de haber creído en ésos que ahora dicen que se equivocaron tenemos que arrepentirnos. Entonces estaban en lo cierto. Ahora están en el error. Valdría la pena -y Dios no lo quiera- de pagar por ellos el más alto precio, para que vean que sus discípulos creyeron más en ellos que ellos mismos, tan seguros, tan obedecidos, tan glorificados. ¿Cómo sabrán que se equivocaron entonces y no se equivocan ahora? En su caso, yo estaría lleno de dudas, pero, claro, yo no me lo sé todo como se lo saben ellos.

Yo, Jaime, también guardo mi camisa azul, y hasta te aseguro que me enterrarán con ella. A la hora de la muerte no hay más que la verdad, y no cuentan las modas.

22 Septiembre 1966

SALUDOS, AMIGOS

Jaime Campmany

"Ha caído sobre mí un diluvio que no merecía"

Acusome, padre, del pecado de la vanidad (…)

Hoy ha caído sobre mí uno de esos diluvios, pero tan grande que bien he sabido, sin que nadie me lo diga, que yo no lo merecía. Uno puede ser vanidoso; pero os aseguro que lo que uno no es ni será es un gilí. No tengo que deciros, amigos, que este diluvio ha descargado sobre mi pajarita azul, sobre la pajarita de mis camisas azules, y ya habréis visto ese primer goterón que ha llovido Rafael García Serrano. Ya sé que todo esto no va conmigo, pero como sobre mi llueve, he caído en la vanidad de decirlo, aunque sólo sea en función de simple pluviómetro y con la circunstancia, que espero sea tenida como atenuante, si no como eximente, de que si yo no os lo digo no lo podía decir nadie.

Pero acusóme, padre, del pecado ve vanidad. Porque hoy, sin ir más lejos, he caído en la tentación de deciros a todos esas gracias que nunca o casi nunca os he dado con la modestia de la voz baja o de la tarjeta de visita. Porque hoy, de pronto, me he sentido alegre de saber que soy uno más entre una legión de amigos, que todos nos conocemos aun sin conocernos. Porque yo quiero felicitar también a mi ‘pajarita azul’ porque de pronto ha dicho exactamente lo que yo y lo que tú y lo que todos nosotros queríamos que dijera. Con permiso del Director, yo quiero desde aquí saludar a todos mis amigos, por si luego es tarde. Y ahora, padre, a usted le toca ponerme penitencia:

Jaime Campmany

El Análisis

¿QUIENES SON LOS MÍOS?

JF Lamata

La frase del Conde de Romanones de ‘ya no sé quienes son los míos’ podría aplicarse a los periodistas y políticos de aquel momento. Los falangistas amaban profundamente al dictador, el general Franco, pero detestaban las reformas liberales que estaba haciendo el Gobierno a través de los ministros del Opus Dei, pero si los ministros del Opus Dei hacían esa política económica liberal, tenían que estar respaldados por Franco para hacerla. Dicho de otro modo los periodistas que se jactaban de ser los más fieles a Franco en el fondo le criticaban porque criticaban su política económica, por otro lado los periodistas que decían ser más liberales, apoyaban a los ministros del Opus que no dejaban de ser ministros de Franco. En resumen, todos podían ser franquistas o anti-franquistas, según el punto de vista, algo que ayudaría a liar mucha la cosa de las clasificaciones en los años venideros.

J. F. Lamata

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