2 octubre 1956

Sale de prisión Karl Doenitz [Dönitz], el hombre que sucedió a Hitler como Führer de Alemania, tras cumplir 11 años de prisión

Hechos

El 1 de octubre de 1956 Karl Doenitz abandonó la prisión de Spandau.

02 Octubre 1956

Ha salido de la prisión de Spandau el almirante Doenitz

ABC (Director: Luis Calvo)

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Aunque Doenitz no se había distinguido por sus actividades políticas, fue siempre fiel a Hitler. Cuando se produjo el célebre atentado de 1944 contra la vida del Führer, el almirante se apresuró a hacer pública su adhesión incondicional y la de la Armada al canciller del Reich.

El 29 de abril de 1945, antes de suicidarse en Berlín, Hitler designó en su testamento político a Doenitz para que le sucediera. Goering había traicionado la confianza de su jefe y Goebbels no estaba dispuesto a sobrevivirle. Doenitz era el hombre indicado para hacerse cargo de una Alemania vencida y rota, con espíritu de resistencia todavía. Y Doenitz aceptó el encargo sin titubear. Su mandato duró 23 días. Comprendida la inutilidad del esfuerzo, el gran almirante solicitó un armisticio, y aceptó luego la rendición incondicional.

Doenitz fue arrestado en Flesburgo, el 23 de mayo de 1945. Poco después era trasladado a Nurenberg para ser procesado. Y en el mes de octubre de 1946 empezaba a cumplir en Spandau su condena de diez años por crímenes de guerra. En mayo de 1955, los Estados Unidos, Francia e Inglaterra comunicaron al Gobierno de Bonn que no creían oportuno apoyar en esos momentos la prematura libertad del almirante. Y Doenitz continuó en Spandau hasta terminar su condena. Once años y medio después de su detención, el genio de la guerra naval vuelve a vivir en sociedad. Según informa la Agencia EFE no ha querido hablar de nada. Ha vivido mucho tiempo aislado y ahora sólo desea vivir tranquilo. Si cometió crímenes de guerra, ya los ha purgado. Y nadie tiene derecho a turbar ahora su sosiego.

El Análisis

El último Führer vuelve a casa

JF Lamata

El 1 de octubre de 1956, tras cumplir su condena de diez años, el almirante Karl Dönitz cruzó las puertas de la prisión internacional de Spandau para no volver. Fue el segundo de los siete reclusos en recuperar la libertad, después del barón von Neurath. Y, sin embargo, hay algo más inquietante en su figura: Dönitz no fue solo el jefe de la marina de guerra del III Reich. Fue, por un breve y oscuro instante, el último Führer de la Alemania nazi. Designado por Adolf Hitler en su testamento político como su sucesor, Dönitz asumió la jefatura del Estado durante los días finales de abril de 1945, tras el suicidio del dictador. Aunque su «mandato» fue breve —tan solo los días necesarios para negociar la rendición con los aliados—, su nombre quedó grabado en la historia como el epílogo administrativo del horror nazi. De marino respetado pasó, de golpe, a heredar el título más infame del siglo.

La condena que recibió en Núremberg fue de las más breves: diez años, no por crímenes de guerra directamente, sino por haber impulsado con fervor la expansión naval hitleriana que alimentó el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su responsabilidad, aunque menos visible que la de los arquitectos de los campos de exterminio, no es menor. Sin sus submarinos y sin su lealtad técnica y política, el Reich no habría resistido tanto en el Atlántico. Su salida de prisión no ha generado la alarma ni el rechazo que podría despertar, por ejemplo, una eventual liberación de Rudolf Hess. Dönitz vivirá retirado en la República Federal de Alemania, sin poder ni protagonismo. Pero lo simbólico persiste: es el segundo de los custodios de Spandau que recupera su libertad. Uno a uno, los rostros del Reich van desapareciendo de sus celdas, pero no por ello del recuerdo.

Aún hoy, su figura plantea preguntas incómodas: ¿cómo debe ser tratado un técnico leal que sirvió a un régimen criminal hasta el último aliento? ¿Qué ocurre cuando el verdugo parece un funcionario? ¿Dónde empieza la obediencia y dónde la complicidad? Dönitz regresa a casa. La Historia, en cambio, no lo soltará tan fácilmente.

JF Lamata