1 febrero 1958
Uno de los objetivos de la RAU es la desaparición del Estado de Israel y aparece como aliado de la Unión Soviética
Se constituye la República Árabe Unida (RAU) formada por Egipto, Siria y Yemen bajo la dictadura de Nasser
Hechos
El 1.02.1958 los estados de Egipto y Siria se unificaron en uno solo: la República Arabe Unida (RAU), cuyo presidente sería Nasser. Posteriormente se integró también Yemen a aquel Estado.
Lecturas
Nasser busca liderar el mundo árabe desde su derrota ante Israel en 1956.
La República Árabe Unida (RAU) ha quedado constituida este 1 de febrero de 1958 por la fusión de los Estados de Egipto y Siria tras un acuerdo entre el dictador de Egipto, Gamal Abdel Nasser y el jefe de gobierno de Siria, Sukri al Quwatli.
El documento firmado en El Cairo indica que la RAU es el principio de un objetivo de tratar de unir a un gran número de países árabes en una única nación que haga frente al Estado de Israel.
La fusión ha sido posible gracias a la popularidad que ha logrado Nasser a partir de lo sucedido en el canal de Suez lo que le ha permitido convertirse en el dictador absoluto de la República Árabe Unida.
El Análisis
Con la proclamación de la República Árabe Unida (RAU), Gamal Abdel Nasser ha dado un paso audaz hacia su anhelada meta de convertirse en el gran líder del mundo árabe. La fusión entre Egipto y Siria, y el probable ingreso de Yemen —junto a conversaciones con Irak y Jordania— no solo responde a la idea romántica de una gran nación árabe, sino también a una estrategia de poder geopolítico: construir un bloque que pueda rivalizar con Estados Unidos, la URSS e incluso con el temido enemigo común, Israel. Así, Nasser no solo quiere ser el presidente de una república: quiere ser el símbolo de un renacimiento árabe.
Inspirado en modelos como los Estados Unidos de América o la Unión Soviética, pero con un sello propio, la RAU no es una federación de iguales, sino un proyecto centralizado bajo la autoridad del propio Nasser, quien concentra el poder como un auténtico caudillo panarabista. Ni Washington ni Moscú ven con buenos ojos este ascenso: para el primero, Nasser representa un nacionalismo que desafía la influencia occidental; para el segundo, un aliado útil pero imprevisible. La clave del futuro de esta unión —y del liderazgo de Nasser— está en su desafío más ambicioso: borrar del mapa al Estado de Israel. Si lo logra, su figura se consagraría entre millones de árabes; si fracasa, su sueño puede volverse pesadilla.
Por ahora, la RAU representa más una promesa que una realidad: una utopía impulsada por el carisma de un solo hombre. Pero el futuro no se juega solo en la política interna o en tratados diplomáticos; se juega, sobre todo, en el equilibrio militar y en los campos de batalla. Sólo un triunfo militar blindará a la RAU. Nasser lo sabe, e Israel también.
J. F. Lamata