30 junio 1988

Era una voz estrella en los coloquios de Antena 3 Radio de Jesús Hermida (Hora Cero) y Miguel Ángel García Juez (Viva la gente)

Un accidente de helicoptero acaba con la vida del tertuliano Santiago Amón y la directora general de Tráfico

Hechos

Dña. Rosa Manzano y D. Santiago Amón, se encontraban entre las víctimas de un accidente de helicóptero conocido en julio de 1988.

Lecturas

La tragedia se produjo el 30 de junio de 1988, cuando el helicóptero que había despegado de Madrid a las 9:20 con destino a Aguilar de Campoo (Palencia) se estrelló contra el pico de Cancho Gordo, en la sierra de La Cabrera, a unos 70 kilómetros de Madrid. A bordo viajaban la directora general de Tráfico, Rosa de Lima Manzano Gete, el periodista y crítico de arte Santiago Amón, y el diputado socialista por Palencia Alberto Acitores Balbás, además de los dos pilotos, Santiago Aizpurúa y Manuel Moratilla. Todos murieron. El aparato se dirigía a un acto oficial en el monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo, al que también tenía previsto asistir la Reina. La búsqueda tuvo que prolongarse durante horas y los restos fueron localizados al día siguiente, después de que el helicóptero entrara en una zona de fuertes turbulencias. Según las primeras informaciones, el piloto había optado por realizar un vuelo visual y seguir una ruta abierta, no predeterminada, dadas las condiciones meteorológicas.

La violencia del impacto contra la montaña y el posterior incendio dejaron el aparato prácticamente destruido y los cadáveres muy afectados. La Dirección General de Aviación Civil quedó encargada de determinar las causas definitivas del siniestro. La muerte de Rosa Manzano, que había sido la primera mujer gobernadora civil de España y desde 1987 dirigía la Dirección General de Tráfico, tuvo una especial repercusión política; la de Acitores privó al PSOE de uno de sus diputados por Palencia. Y junto a ellos desapareció una figura singular de la cultura y de la comunicación española: Santiago Amón, hombre de una extraordinaria cultura y de una capacidad verbal que le había convertido en uno de los tertulianos más populares de la radio.

LA ÚNICA VEZ QUE ‘PERIDIS’ PUBLICÓ UN TEXTO EN SU VIÑETA

amon_peridis  Como homenaje a D. Santiago Amón, el viñetista (y arquitecto) del diario EL PAÍS, D. Santiago Amón, publicó un recuadro con un texto de homenaje.

01 Julio 1988

El don de la palabra

Ángel Fernández Santos

Leer
Santiago Amón nació en Baracaldo (Vizcaya), hace 61 años, pero raramente se le tomaba por un vasco. Siempre se le consideró de la estirpe de los viejos castellanos norteños, vinculado a ciudades como Palencia y Aguilar de Campoo. Y era allí, a esta última, adonde iba cuando ocurrió el accidente que acabó con su vida.
Estaba casado. Tenía cinco hijos. Estudió Filosofía en Valladolid. Pasó por un seminario, y allí se despertó su interés por temas políticos y sociales, que años después le llevaron a las filas del Partido Comunista. Tras años de militancia en la clandestinidad, fue expulsado de este partido en 1960, acusado de indisciplina, lo que, aplicado a Amón, no deja de tener un sesgo irónico, pues la indisciplina era un rasgo consustancial a su naturaleza, e incluso, paradójicamente, una consecuencia de su disciplina intelectual.
Trabajó en diversos medios de comunicación, entre ellos EL PAÍS, y hasta hace tres días su voz grave y su palabra precisa, saltaba a diario desde las ondas de la emisora Antena 3, donde además de crítico fue contertulio en programas como Viva la gente y Hora cero. Entre sus libros están Picasso, Glotto y Tiempo de infancia. Apasionado por la generación del 27, escribió La pintura en la poesía de Alberti, La pintura en la poesía de Lorca y La poesía en la pintura de Picasso.
Enseñó Amón latín y griego en colegios madrileños, y su dominio de las lenguas madres de nuestra cultura se destilaba sutilmente entre las líneas de sus trabajos, en aquel lado de su formación humanista que hacía de él un hombre archidotado para el arte de la retórica, considerada ésta en el sentido más noble del término.
Cuando se aludía a sus trabajos era frecuente oír junto a su nombre el añadido de “crítico de arte”. Pero Amón no era una persona cuyos conocimientos se pudieran embutir en una sola especialidad. Poseía una tan vasta cultura, que no había manera de encerrarla en el enunciado de especialización alguna, por afinada que ésta fuera. Era experto en arte, como lo era en literatura, en historia, en poesía, en tauromaquia o en baloncesto.
Su verdadera, su gran especialidad era una generalidad, tal vez la mayor de las generalidades que cabe en los límites de un hombre dedicado a la cultura: la especialidad de la palabra y, en concreto, de la palabra hablada, que hacía de él un conversador ingénito, desbordante, genial incluso.
Era por ello imposible desgajar en Amón su cultura de su verbo, su capacidad para argumentar de su voz, su gusto por la verdad de su gesto. Con él ha muerto una forma irrepetible de extraer de nuestro idioma los sonidos, unas veces de piedra y otras de nube, de la inteligencia.

El Análisis

Amón, llamado a ser tertuliano estrella en la televisión privada

JF Lamata

Entre las cinco víctimas del accidente de La Cabrera hay una cuya desaparición afecta de un modo particularmente extraño al mundo de la comunicación. Santiago Amón había formado parte del equipo fundador de EL PAÍS y fue su primer responsable de Cultura, además de ejercer como crítico de arte y colaborador habitual del periódico hasta que fue despedido por Juan Luis Cebrián. Pero su verdadera especialidad, como escribió Ángel Fernández-Santos al despedirle, no era una disciplina concreta: era la cultura misma y, sobre todo, la palabra hablada. Amón podía hablar con la misma autoridad de pintura, literatura, historia, poesía, tauromaquia o deporte. Después de aquella primera etapa periodística, había encontrado en la radio un medio extraordinariamente adecuado para su personalidad. En Antena 3 Radio se convirtió en uno de sus colaboradores más reconocibles y participó en distintas tertulias y espacios de actualidad, donde su condición de auténtico «todólogo» —capaz de saltar de un asunto a otro gracias a una cultura enciclopédica y a una formidable capacidad dialéctica— le había ganado una notable aceptación entre los oyentes.

Por eso su muerte llega precisamente cuando su carrera parecía a punto de abrir una nueva etapa. La televisión privada estaba a las puertas y Antena 3 aspiraba a convertirse en uno de sus grandes protagonistas. Resultaba difícil imaginar que un hombre como Amón, cuya voz ya era reconocible para tantos oyentes y cuya capacidad para improvisar y argumentar parecía hecha para el espectáculo televisivo, no terminara convertido en uno de los grandes tertulianos de la nueva televisión. El salto de la tertulia radiofónica al plató televisivo parecía casi inevitable. Su muerte, por tanto, no sólo acaba con una trayectoria ya importante: interrumpe una carrera que probablemente estaba a punto de alcanzar su máxima popularidad. Amón tenía 61 años y una cultura demasiado extensa para quedar encerrada en una sola especialidad. La nueva televisión española iba a necesitar hombres capaces de hablar de todo; acababa de perder, antes de que pudiera llegar a ella, a uno de los mejores.

J. F. Lamata