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El presidente Chadil Benyedid dimite y es reemplazado por un 'Alto Comité' presidido por Budiaf

Un Golpe de Estado en Argelia anula las elecciones para evitar el triunfo electoral de los integristas islámicos del FIS

HECHOS

El 12.01.1992 el llamado ‘Alto Comité de Estado en Argelia’ encabezado por Mohamed Budaiaf tomó el poder con un Golpe de Estado impidiendo las elecciones democráticas previstas para ese mismo día.

Budiaf, un histórico del FLN, asumió la jefatura del Estado como presidente del Alto Consejo y con poderes de dictador en sustitución de Chadli Benyedid en una maniobra destinada a evitar el triunfo del integrismo islámico en la segunda vuelta de las elecciones legislativas de ese país

En España la mayoría de medios y dirigentes políticos se mostraron comprensivos con el golpe de Estado para impedir el integrismo islámico. Pero hubo excepciones como el dirigente democristiano del Partido Popular, D. Javier Rupérez.

13 Enero 1992

Legal y legítima

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

La dimisión de Chadli Benyedid como presidente de la República de Argelia es sin duda una tortuosa maniobra destinada a evitar el triunfo del integrismo islámico en la segunda vuelta de las elecciones legislativas de ese país, cuya celebración estaba prevista para el próximo día 16. Tortuosa, pero legal: respeta los mecanismos previamente establecidos. Y no sólo legal, sino legítima: interrumpe una dinámica cuyo desenlace más probable era la liquidación de las posibilidades de democratización del país magrebí. Después de la experiencia sangrienta del Irán teocrático del imam Jomeini, cuyo acceso al poder fue saludado con alborozo por amplios sectores de laintelligentsia y la opinión pública europeas, ninguna ingenuidad es ya posible. Intentar cerrar el paso, con medios legales y pacíficos, a un régimen cuyo fin proclamado es la instauración de un sistema que suprime libertades sustanciales del individuo es legítimo.El proceso de democratización del régimen argelino se inició en 1988, tras las revueltas populares que dieron la medida del descrédito de un sistema de partido único dominado por funcionarios incompetentes y corruptos. Desde entonces, ese proceso ha avanzado a saltos espasmódicos, con paradas y marchas atrás, como el aplazamiento, en junio del pasado año, de las elecciones legislativas. Las locales de 1990, con el triunfo sorprendente de los islamistas, revelaron ya las dificultades del proceso. Se pensó que era un fenómeno pasajero, de contestación juvenil y circunscrito a las zonas rurales.

El plan previsto era compensar esa inclinación de las municipales con unos resultados que se esperaban más razonables en las legislativas de 1991, dejando para un tercer momento la elección del presidente de la República, que actuaría, desde su autoridad de jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas, como garante de todo el proceso.

Lo que ahora se hace es modificar el orden de los pasos previstos. De las varias hipótesis de solución a la contradicción objetiva planteada por el triunfo del fundamentalismo en la primera vuelta se ha elegido la que puede considerarse más constitucional. No lo hubiera sido un golpe militar que diera marcha atrás ni una anulación por supuesto fraude electoral del suficiente número de actas. Por el contrario, la dimisión del presidente y la consiguiente convocatoria, en el plazo marcado por la ley, de elecciones presidenciales- es algo legalmente previsto, aunque, por supuesto, sería objetable desde otros puntos de vista.

En un país plenamente democrático, con mecanismos regulares de garantía y control de los procedimientos, una decisión de este tipo no revistiría el dramatismo de la dimisión de Benyedid. Tratándose justamente de crear ese marco de garantías democráticas, el camino elegido parece el menos malo de los posibles.

La iniciativa de Chadli Benyedid ha determinado la suspensión del proceso de constitución del nuevo Legislativo con el argumento de que sin presidente de la República, encargado de sancionar la creación del nuevo Parlamento y del Gobierno de él emanado, las elecciones del día 16 producirían una situación de vacío de poder. Para evitarla se propugna, como vía alternativa, el adelanto de la elección de un nuevo presidente de la República, siendo el Concejo Constitucional el encargado de decidir si ello implica o no la anulación de la primera vuelta de las legislativas. Tal vez sea éste el aspecto más dudoso de un asunto en que todo es resbaladizo: ese Consejo Constitucional, por ejemplo, está formado por siete miembros, pero tres de ellos son nombrados directamente por el presidente de la República, por lo que su neutralidad resulta discutible.

En fin, no faltan contradicciones ni riesgos, como suele ocurrir en toda transición de un régimen autoritario a otro democrático. Parece, sin embargo, que se presenta dificil el retorno al régimen anterior, y que la opción real es la planteada entre democracia, incluso imperfecta, y teocracia a lo Jomeini. Y ante ese dilema, lo peor hubiera sido quedar paralizados por la duda o la melancolía. Sentimiento, este último, que parece inspirar la deficiente política occidental respecto al Magreb.

13 Enero 1992

Parón al integrismo

ABC (Director: Luis María Anson)

Argelia era ayer una nación ocupada por las Fuerzas Armadas y de Seguridad, sumida en un gran vacío de poder y de porvenir incierto. En un fuerte despliegue militar, el Ejército argelino y la Policía habían tomado posiciones en las cercanías de todos los enclaves integristas del país y ante los edificios públicos de la capital tras el anuncio inesperado de dimisión de presidente Chadli Benyedid por televisión. Y la jornada concluía con el anuncio del proceso electoral que comenzó el pasado 26 de diciembre.

Argelia dio, de momento, mal que bien, el alto al integrismo con la renuncia presidencial, seguramente forzada por los militares. Impidió con ella la segunda vuelta de las primeras elecciones legislativas libres del país, que, según todos los pronósticos, iban a dar el jueves próximo la mayoría absoluta en el Parlamento al Frente Islámico de Salvación (FIS). El presidente del Consejo Constitucional, Abdelmalek Benhabyles, que asegura provisionalmente la jefatura del Estado, deberá convocar elecciones presidenciales en el plazo de cuarenta y cinco días.

Argelia, rebosante de petróleo y rica, es, empero, una nación donde lo que más abunda es la miseria y el hambre. El vuelco de los electores argelinos hacia la opción fundamentalista persiste y responde a un movimiento pendular provocado por el fracaso del comunismo argelino del Frente de Liberación Nacional, que tras casi treinta años de gobierno, hubo de ahogar en 1988 en un baño de sangre de quinientos muertos una simple manifestación popular de protesta por la escasez de alimentos.

Argelia producía ya la semana pasada bastante inquietud a su alrededor por albergar dos bombas de relojería, una real y otra simbólica, cuya mezcla era de lo más volátil y explosivo de todo el Mediterráneo.

Está construyendo, en efecto, con ayuda técnica de China, un reactor nuclear a menos de doscientos kilómetros de la capital de la nación. La Prensa occidental denunció la presencia en esa planta atómica de expertos iraquíes, cosa que las autoridades argelinas desmintieron inmediatamente apresurándose a anunciar que pronto firmarán el Tratado de no Proliferación Nuclear y que se someterán a las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Pero la inquietud ya estaba creada.

Máxime cuando Argelia quedaba abogado al fundamentalismo del CIS, que no supo administrar su victoria en la primera vuelta de las elecciones legislativas y anunciaba a bombo y platillo la implantación de una república islámica regida por el Corán en la que se excluiría la democracia. Es decir, un Irán mediterráneo cuyo riesgo de contagio a los países árabes vecinos resulta evidente. Consciente de ello, el Rey Hassan II de Marrueos no ha dudado en declarar que el integrismo representa ‘un gran peligro por ser la expresión de un oscurantismo y traducirse siempre en una forma de dictadura”.

A ambas bombas ha venido ahora a unirse otra aún de mayor potencia para aumentar nuestra preocupación: la posibilidad de un choque frontal o de desórdenes en una nación situada a escasas millas marinas de España, la inestabilidad en un país que nos proporciona más del 60 por 100 del gas natural que consumimos y con el que mantenemos buenas relaciones vecinales.

Urge que Argelia salga cuanto antes de la situación de golpe militar larvado en que se encuentra actualmente para volver a la normalidad constitucional con la convocatoria oficial de unas elecciones presidenciales que también reclama el Frente Islámico de Salvación y que puede dar una solución duradera a la situación creada con la forzada salida de la escena política del único estadista empeñado en la democratización del país.

14 Enero 1992

¿Es legítimo impedir el acceso democrático al poder de un partido dictatorial?

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

El 5 de marzo de 1933, el Partido Nacional Socialista alemán, «arrasaba» en las elecciones al Reichstag. Sólo un mes más tarde, el Parlamento aprobaba por mayoría simple una ley que autorizaba al gabinete presidido por Hitler gobernar durante cuatro años sin control parlamentario. La historia puede repetirse, salvando las distancias, en Argelia. Sin salirse de la senda democrática, un partido integrista, el FIS, que ha prometido gobernar sin otra Constitución que el Corán, ha estado’ a un paso de acceder al poder. Inquieta pensar en las consecuencias. Hasta una destacada feminista como Jalida Mesaudi dice preferir el Ejército a un estado islámico. El FIS había llegado a negociar con Benyedid la cohabitación. A cambio de que el sucesor de Bumedián depurara a los elementos del Ejército contrarios al integrismo, el FIS renunciaría a la presidencia, de suerte que Benyedid se perpetuaría en el poder. Descubierto el juego, los militares han forzado al presidente a dimitir. La maniobra le ha venido bien al FLN para cerrar el paso a los «barbudos». Lo cual ha suscitado un debate intelectual, más allá de las complejas circunstancias que rodean el caso. ¿Hasta qué punto es legítimo interrumpir un proceso electoral y bloquear el acceso al poder de una formación con un proyecto dictatorial? Controvertida y apasionante cuestión. Ni la libertad ni la democracia son indivisibles. Lo coherente es, en el caso argelino, no poner obstáculos al acceso del FIS al poder, y utilizar luego todos los medios constitucionales, incluyendo la fuerza -legítima cuando de rebelarse contra la tiranía se trata- para evitar que los integristas modifiquen la Constitución, en detrimento de las libertades.

19 Enero 1992

¿Son los tanques la respuesta?

Javier Rupérez

Que quede claro. Cualquier integrismo me produce erisipela. Y no todo integrismo es islámico, claro, pero como el más reciente, o renovado, y activo, y violento, es precisamente ése, resulta inevitable la fijación islámica de la picazón. Y cuando otro de los integrismos supervivientes, el nacionalista, conecta con determinadas versiones coránicas, la afección cutánea puede traducirse en un horroroso sarpullido. Uno no encuentra fáciles respuestas a este último cruce del fundamentalismo con la democracia. ¿Qué se hace cuando la certificada mayoría de un país dice querer fórmulas teocráticas islámicas? ¿Son buenas las elecciones sólo cuando las ganan los buenos, o los que nosotros consideramos tales, o nuestros amigos? ¿Vamos a aplicar, y con qué autoridad, a los argelinos aquella solemne y dictatorial majadería de Morán cuando sostenía que «los nicaragüenses no están preparados para la democracia tipo Westminster»? A los fundamentalistas islámicos de Argelia les han robado las elecciones con un golpe blando/duro. Y los autores del latrocinio, con tantos cadáveres en el armario de su otro fundamentalismo, el socialista islámico, como para verse desprovistos de la más remota de las legitimaciones para justificar su alevosía, han olvidado la principal de las explicaciones: ¿Qué se hace con una población mayoritariamente favorable a unas determinadas tesis cuando se le priva de seguir adelante con ellas? ¿Se la convence con tanques? ¿Se la extermina? ¿Se le lava masivamente el cerebro? No, no digo yo que no existan riesgos, ni que lo de Jomeini sea baladí, ni que estas mareas teocráticas puedan ser fácilmente olvidadas. Lo que sí digo es que no hay nada más parecido a un golpe de estado que otro golpe de estado, ni nada comparable a unas elecciones que otras elecciones, ni nada más fácil que caer por la pendiente de los que adoran aquéllos, los golpes, y abjuran de éstas, las elecciones. Y como creo que eso es ahora más importante que el dilucidar si los fundamentalistas son galgos o podencos, digo lo que digo: no interrumpirás nunca los procesos electorales, ni alegarás motivos para impedir su celebración; y no tendrás nunca la tentación de dar golpes antielectorales. Preceptos que se encierran en un simple dilema: o se cree en la democracia y sus cuitas o no se cree. El resto son pamplinas.

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