20 abril 1993
Mueren calcizanadas 76 personas incluida el propio David Koresh
Waco el asedio del ejército de Estados Unidos contra un rancho controlado por la secta de David Koresh acaba en masacre
Hechos
El 20.04.1993 se conoció en todo el mundo el desenlace de un asedio del rancho de Waco.
Lecturas
EL RESPONSABLE DE MATANZA DE WACO: EL JEFE DE LOS DAVINIANOS
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Cincuenta y un días hasta el infierno
El 28 de febrero de 1993, agentes de la ATF se presentaron en el complejo de Mount Carmel, cerca de Waco (Texas), para ejecutar órdenes judiciales de registro y detención contra David Koresh, nombre adoptado por Vernon Howell, y buscar armas automáticas y artefactos poseídos presuntamente de manera ilegal. Koresh había conseguido convertirse en líder absoluto de los Branch Davidians, una escisión de tradición adventista cuya interpretación apocalíptica de la Biblia había terminado girando alrededor de su persona: se atribuía una misión mesiánica, controlaba la vida espiritual y sexual del grupo, había engendrado hijos con varias de sus seguidoras y acumulaba un importante arsenal. La ATF optó por una aparatosa operación con decenas de agentes en vez de detener a Koresh cuando se encontrara fuera del recinto. El resultado fue desastroso. Nada más comenzar el registro se produjo un intenso tiroteo —la controversia sobre quién efectuó el primer disparo nunca quedó resuelta de manera concluyente— en el que murieron cuatro agentes de la ATF y varios davidianos; otros dieciséis agentes resultaron heridos. El fracaso del asalto dio paso a 51 días de cerco, ya dirigido por el FBI. Los negociadores mantuvieron unas 215 horas de conversaciones con miembros del grupo y consiguieron que salieran 35 personas, entre ellas 21 niños, pero Koresh incumplió sucesivamente compromisos de rendición y terminó vinculando su salida a la terminación de una interpretación escrita de los Siete Sellos del Apocalipsis. Paralelamente, la vertiente táctica del FBI trataba de aumentar la presión cortando electricidad, aproximando vehículos blindados y utilizando durante algunas noches focos, música y sonidos estridentes. La convivencia entre negociación y presión resultó uno de los grandes problemas de la operación: algunas decisiones tácticas podían deshacer en horas la confianza que los negociadores habían tardado días en construir.
El 19 de abril de 1993, con autorización de la fiscal general Janet Reno, el FBI decidió introducir gas CS mediante vehículos blindados para forzar la salida, insistiendo por megafonía en que no se trataba de un asalto. La operación comenzó hacia las seis de la mañana; desde el recinto se disparó contra los vehículos y el FBI aceleró la introducción del gas y abrió grandes boquetes en el edificio con los blindados. Poco después del mediodía aparecieron casi simultáneamente varios focos de incendio y Mount Carmel quedó rápidamente envuelto en llamas. Las investigaciones oficiales y los especialistas independientes en incendios concluyeron posteriormente que el fuego había sido provocado deliberadamente desde el interior y que el CS empleado no lo había iniciado. El balance final fue espantoso: en las ruinas se recuperaron 75 cadáveres, correspondientes a 50 adultos y 25 menores; al añadir los cinco davidianos muertos cuyos cuerpos permanecían en el recinto desde el tiroteo del 28 de febrero, fueron 80 miembros del grupo muertos durante toda la crisis, además de los cuatro agentes federales. Nueve davidianos sobrevivieron al incendio. Al menos 17 de los fallecidos del 19 de abril presentaban heridas de bala; un niño había sido apuñalado y otros menores sufrieron lesiones mortales, mientras Koresh murió de un disparo en la cabeza. Por eso la expresión «suicidio colectivo» resulta demasiado sencilla: existen pruebas sólidas de que miembros del grupo prendieron el fuego, pero sigue siendo imposible determinar que todos los que permanecían dentro quisieran morir; algunos pudieron suicidarse, otros pudieron ser asesinados y otros murieron atrapados por el incendio. Waco terminó sin vencedores: un líder mesiánico y casi todos sus seguidores muertos, decenas de niños entre las víctimas y dos organismos federales obligados a explicar cómo una investigación sobre armas había terminado convertida en una catástrofe contemplada prácticamente en directo por todo Estados Unidos.
21 Abril 1993
El fin del 'Mesías'
LA AUTOINMOLACIÓN de David, Koresh, líder de la secta de los davidianos, y de la mayoría de sus fieles -86- en la llanura tejana próxima al pueblo de Waco trae inmediatamente a la memoria la tragedia similar ocurrida con Jim Jones y sus seguidores en el Templo del Pueblo en Guyana en 1978. El suicidio o muerte colectiva en estas sectas es una forma aparatosa y terrible de rechazo del escrutinio exterior e ilustra claramente la naturaleza paranoica de estas formas de fanatismo religioso.Este tipo de fundamentalismo se basa en un sistema de lavado de cerebro permanente y se sustenta en unas primitivas colectividades cerradas al exterior y reminiscentes de la simplicidad de las primeras Iglesias. Para los líderes y los integrantes no existe salvación fuera de ellas y no es posible la evolución hacia fórmulas civilizadas de convivencia con el resto de la sociedad. En ocasiones, además, el líder, casi siempre un visionario desequilibrado, refuerza su control y no desaprovecha la oportunidad de explotar su dominio sobre su grey: la somete a las más inmorales prácticas para demostrar su control.
Es así que cualquier amenaza extraña conduce a la locura de la necesidad del sacrificio colectivo que impida el contagio. Sería injusto culpar al Ejército o a la policía de las muertes: nadie amenazaba a los que estaban encerrados en la fortaleza de los davidianos con más castigo que la exposición pública de sus miserias y desequilibrios. Otra cuestión distinta es la oportunidad o habilidad para resolver un conflicto que se arrastraba desde hace 51 días. El holocausto no tiene más que un responsable: David Koresh, la imagen de la sublimación de la mitomanía de un extraño Cristo reencarnado y rodeado de un arsenal. Él tenía la intención de inmolar a sus gentes. Nadie más.
21 Abril 1993
Fanatismo religioso e imprudencia policial
ES aterrador comprobar cómo a finales del siglo XX un fanático pseudorreligioso es capaz de arrastrar a la muerte a sus seguidores, por unos motivos que ninguna mente equilibrada es capaz de comprender. Y resulta sorprendente cómo las autoridades del país más avanzado del mundo, de la única superpotencia universal, pueden ser presa de la impotencia durante dos meses mientras un grupo de iluminados se atrinchera en un rancho, para terminar decidiendo un ataque a las posiciones en las que permanecían hombres, mujeres y niños sin prever las terribles consecuencias que la acción podía desencadenar. La inmolación de la secta de los davidianos ha tenido un balance de 87 muertos. Pero no estamos ante el fruto de la fatalidad. Se trata, más bien, de un holocausto anunciado. El líder del grupo, David Koresh, un enloquecido «mesías» que se creía la reencarna, ión de Jesucristo -curiosamente tenía 33 años y era hijo de un carpintero- había realizado declaraciones contradictorias sobre la posibilidad de un suicidio masivo. Pero una de sus intenciones, según había advertido, era «dar la batalla final» si las autoridades decidían atacarle. Lo ocurrido el lunes, por tanto, entraba en el abanico de posibilidades con que contaba el FBI. ¿Qué se hizo para evitarlo? Bien poco, vistos los resultados. Ya se han oído voces que han criticado la impaciencia y la imprudencia policial. Además, no se comprende la ausencia de los bomberos de un escenario en el que -bien por las amenazas, bien por las características del recinto, donde se almacenaba importante armamento, bien por la naturaleza de la intervención de las fuerzas del orden- cabía esperar que iba a ser necesaria su intervención. Las autoridades norteamericanas expresaron inmediatamente el pesar por el elevado número de muertos que se produjo en Waco, en el Monte Carmelo, y la fiscal general, Janet Reno, se apresuró a asumir toda la responsabilidad de la intervención policial con un gesto político digno que, además, servía para exculpar al presidente Clinton. Pero hay que analizar que las consecuencias de lo ocurrido en el rancho tejano -con ser muy graves de por sí- no se limitan al balance final de víctimas. ¿Por qué después de esperar, negociar y fracasar en una guerra psicológica absurda que duró 51 días se decidió el ataque, y en unas condiciones tan discutibles? Pero además, ¿se han calibrado las consecuencias que puede tener este gesto de los davidianos, un sacrificio «divino», en otros iluminados que pueden verse estimulados por una tragedia no evitada que ha acaparado la atención del mundo entero? Es muy fácil tomar ahora lo ocurrido como un hecho luctuoso pero aislado. No es tal. Un David Koresh puede resucitar en cualquier sitio. Y no sólo bajo el manto de un secta. También algunas grandes religiones han tenido -y tienen- tendencias totalizadoras y fanáticas que buscan la eliminación del contrario o el sacrificio de los fieles a cambio de nada, sólo como forma de propaganda. Por eso la respuesta a sus provocaciones no puede ser tan poco pensada como la que se ha dado en Waco.
El Análisis
El primer responsable se llamaba David Koresh. Había conseguido algo que desde fuera resulta difícil de comprender: convencer a hombres y mujeres adultos de que su interpretación de las Escrituras era una verdad superior a sus propias familias, a las leyes y, llegado el momento, a su instinto de supervivencia. Su autoridad alcanzaba incluso las relaciones sexuales y familiares dentro de la comunidad y estaba construida alrededor de la expectativa de una confrontación apocalíptica con el mundo exterior. Pero reconocer eso no exonera al Estado. La ATF convirtió una orden de registro y detención en una operación de enorme riesgo contra un recinto lleno de personas armadas y niños; después, durante 51 días, el FBI osciló entre unos negociadores que necesitaban paciencia y unos responsables tácticos que pretendían quebrar la resistencia mediante presión creciente. Finalmente, la Administración Clinton —con Janet Reno asumiendo públicamente la responsabilidad de autorizar la operación del 19 de abril— decidió que aquella espera no podía prolongarse indefinidamente y empleó gas CS y blindados sabiendo que dentro continuaban decenas de menores. No hace falta escoger entre la caricatura del «suicidio de una secta de fanáticos» y la de una «matanza deliberada del Gobierno»: Koresh creó las condiciones humanas e ideológicas para la tragedia y las autoridades cometieron decisiones operativas que contribuyeron a conducir una situación ya peligrosísima hasta su desenlace más catastrófico. Las pruebas disponibles indican que los davidianos iniciaron el incendio; no demuestran que las 75 personas que murieron aquel día hubieran elegido libremente morir. Ésa es quizá la lección más incómoda de Waco: frente a un líder que necesitaba que el Estado representara al enemigo de sus profecías, el Estado terminó comportándose exactamente de la manera espectacular y amenazadora que permitía a Koresh convencer a sus seguidores de que el Apocalipsis había llegado.
JF