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Espectacular ajuste de cuentas

El ex director de EL MUNDO, David Jiménez, publica un libro descalificando y ajustando cuentas con todos sus ex compañeros

HECHOS

En abril salió a la venta el libro ‘El Director’ de D. David Jiménez.

LOS “COMPAÑEROS” INSULTADOS POR DAVID JIMÉNEZ EN SU LIBRO “EL DIRECTOR”:

 Contra Antonio Fernández-Galiano (Presidente de Unidad Editorial)

Entendí que Antonio Fernández-Galiano nunca estaría del lado del periodismo y que era imposible hacer un periódico independiente sin perjudicar no ya los intereses de la empresa, sino los suyos propios y los de sus amigos. (…) Mientras me marchaba pensé que nunca antes volvería a conocer a alguien tan elegantemente implacable en la traición como Antonio Fernández Galiano, condicionado por el miedo a que los demás vieran como realmente era. Jamás se quitaría la máscara. No podía, porque detrás no había nadie.

 Contra Pedro J. Ramírez

Pedro J. Ramírez había creado un ambiente donde todo valía en la búsqueda del scoop, se eludía cualquier debate moral sobre los métodos y existía una gran tolerancia a las trampas (…) publicar informaciones antes de que hubieran sido suficientemente contrastadas birlar las primicias de la competencia sin citarla. (…) Con el 11-M, el equilibrio entre nuestras virtudes y defectos se decantó del lado de los segundos. Quienes disintieron fueron purgados.

 Contra Casimiro García-Abadillo

Siempre había sido visto como un enlace con el establishment, cuidando las relaciones y haciendo de ‘poli-bueno’ cuando al director se le iba la mano.

 Contra Francisco Rosell

Todas las energías de Francisco Rosell iban destinadas a las relaciones públicas, los contactos y el cocteling, donde se movía como nadie. Formaba parte de esa generación de directores capaces de cruzar la ciudad de despacho en despacho sin pisar la calle, recogiendo favores en cada parada antes de dar sentidos discursos lamentando que los periodistas ya no trabajaban sobre el terreno. En Madrid tenía muy mala prensa. Fernández Galiano y Francisco Rosell eran profundamente conservadores y miedosos, entendían el periodismo como un intercambio de favores y veían la lealtad como una enfermedad debilitante.

 Contra Joaquín Mansó

Nuestra relación había sido rocosa desde el inicio, porque pensaba que ese puesto de Jefe de Opinión le venía grande y a los pocos días le sustituí por Pedro García Cuartango. Mi decisión alejaba a Joaquín Mansó de unos despachos por los que sentía una atracción casi fetichista. Aprovechaba las ausencias de mis adjuntos para encerrarse en sus oficinas. Tras mi cese se encariñó con mi despacho. (…) Meses después recibió como premio uno de los más fulgurantes ascensos que nadie recordaba en la historia del periódico. Nunca más tendría que usurpar el despacho de nadie.

 Contra Lucía Méndez

Sorprendió que, habiendo subido a lo más alto, anunció que se marchaba a trabajar al gabinete de comunicación del presidente José María Aznar. (…). Volvió al diario al poco tiempo, y lejos de perder estatura moral se autoproclamó su conciencia crítica y guardiana de sus esencias. Ejercía su influencia sin sutilezas, a gritos en mitad de la redacción. Prometió apoyarme en la renovación y me presentaba como el ‘Adolfo Suárez del periodismo’ (…) Me advirtieron que me cuidará de los pelotas, que un día se volverían contra mí” (…) Me había repetido el suficiente número de veces lo poco que deseaba un cargo como para hacerme entender que eso era precisamente lo que anhelaba. Durante una jornada electoral se fue a La Sexta antes de haber redactado su análisis sobre los resultados.

 Contra David Gistau

Parte de una generación de columnistas que habían adquirido estatus de estrellas de rock, se acercó para decirme que quería unirse a mi proyecto. “¿Has visto la portada de mi periódico, el ABC? No lo aguanto más”. (…) Pero el día acordado para que me enseñara su contrato me dijeron que había abandonado la tertulia (…) no dio señales de vida. Me respondió con una columna en la que criticaba con dureza una de mis portadas y despachándose a gusto contra el director en cuyos brazos se había arrojado unos días antes (…). Pensé que había utilizado el acercamiento para mejorar su contrato con ABC.

 Contra Agustín Pery

Era una montaña rusa emocional. Sus deslealtades habían pasado a ser tan asiduas, y me llegaban desde tantos puntos que no tuve duda de que su intención había sido provocar el incendio que terminaría prendiendo. (…) Pery había trabajado a contrarreloj para tratar de montar una alternativa y sumar apoyos sin darse cuenta de que la mayor parte de la redacción no le habría seguido ni a una fiesta con barra libre.

 Contra Salvador Sostres

Fichado por Pedrojota Ramírez dentro de su estrategia de derechizar nuestra línea editorial y tratar de quitarle lectores a ABC. (…) Sus artículos habían manchado nuestra hemeroteca como nadie en la historia del periódico.

 Contra Jorge Bustos

Columnista joven y conservador que gustaba mucho a Fernández Galiano y al presidente Mariano Rajoy. No estaba destinado a darnos días de gloria. (…) Un par de años antes se encontraba en paro y pidiendo trabajos en las cercanías del Partido Popular, hasta que le dieron una oportunidad en la radio pública, a ver qué tal se portaba. Cumplió y fue recibiendo más encargos, hasta que Casimiro García-Abadillo lo trajo a El Mundo. (…). Haría carrera y llegaría a Jefe de Opinión, cayó bien en el ala conservadora de la redacción: muy de derechas, había concluido que escoger bando era la manera más rápida de prosperar sin saber lo difícil que era soltarse los grilletes una vez dejabas que te los pusieran.

  Contra Esteban Urreiztieta y Fernando Lázaro

Villarejo había provocado un enfrentamiento entre Esteban Urreiztieta y Fernando Lázaro, que tenían como fuentes a facciones enfrentadas de la policía. Cada facción exige a uno de ellos la publicación de informaciones perjudiciales para la otra como condición para seguir filtrando informes. Es una guerra insostenible. La salida de Esteban Urreiztieta nos daba la oportunidad de romper para siempre con la que quizá había sido la fuente más importante en la historia, pero también la más tóxica.

 Contra Rosalía Sánchez

Revelamos que Irina Shayk había tenido una aventura con el presidente de la FIFA. Una gran exclusiva, salvo por el detalle de que era falsa. Que la autora, Rosalía Sánchez, creyera lo que había escrito, era lo de menos: había incumplido las mínimas prácticas periodísticas de comprobación, elaborando su información con fuentes de tercera y rumores. Unas semanas después de la rectificación llegó la denuncia de un fotógrafo acusándonos de utilizar sin permiso sus fotografías para un reportaje. La denunciada era Rosalía Sánchez. Lo negó todo, pero el análisis de las imágenes que encargué demostró que las fotografías habían sido pirateadas desde su ordenador. (…) No volvería a publicar en El Mundo. “Te felicito” – dijo Lucía Méndez – “has logrado acojonar a la gente”.

 Contra Javier Gómez

La empresa había contratado un equipo para desarrollar la nueva revista, poniendo a Javi Gómez, uno de los Poetas Muertos que se había marchado un tiempo a la televisión y regresaba como subdirector. En San Luis le habían guardado el mote de su primera etapa – ‘Dios’ – por el concepto inmejorable que tenía de sí mismo. (…) Como responsable de Papel, dio un discurso sobre el futuro del diario que fue interpretado por los presentes como el lanzamiento de su candidatura al trono, por si el motín de Aranjuez terminaba como el de principios del siglo XIX en destronamiento y sucesión.

 Contra Aurelio Fernández

La fortuna de Aurelio Fernández cambió cuando Fernández Galiano descubrió en él aptitudes que habían pasado desapercibidas para los demás. Lo convirtió en el ejecutor de los trabajos más sucios de la empresa, ya fuera comunicar despidos, reducir sueldos, intimidar a quienes salían de la línea o filtrar rumores a los confidenciales. (…) Tendría su corazón, pero mostraba la empatía de una hiena con el estómago vacío.

 Contra Carlos Segovia

Nuestro corresponsal liberado en la sección de Economía, escribía todas las semanas un artículo sobre el poder del dinero. Cada poco tiempo venía a mi despacho a pedirme una promoción, justificándola en que podría ser mi enlace con el establishment y ahorrarme esa parte del trabajo que sospechaba que no me gustaba. Me dijo que tenía una información delicada (…). Una hora después de que Carlos Segovia abandonara mi despacho recibí la llamada de Fernández Galiano. “Esto no… No puede salir”. Me sorprendió que estuviera al tanto de una historia que yo no le había mencionado. Supuse que Carlos Segovia se lo había adelantado y no me gustó.

 Contra Iñaki Gil

La mayor pega de Iñaki Gil era que trabajar a las órdenes de Pedro J. Ramírez tanto tiempo le había contagiado su tolerancia a las trampas y su desinterés por la buena praxis periodística. Me pasaba el día detrás de él para que metiera en cintura a un par de balas perdidas que tenía en sus suplementos, que lo mismo te hacían el mejor reportaje de la prensa de fin de semana que cometían fechorías que desesperaban a nuestros abogados.

 Contra Giampaolo Zambeletti

Tenía un despacho, pero nunca estaba allí. Podrían pasar meses sin que supiéramos de él. Lo que nuestro dandi italiano no se perdía era un cóctel o una celebración del periódico y, como era obsesivamente presumido, ponía gran interés en que las imágenes que publicábamos de él lo sacarán lo más parecido posible. La primera vez que vino a verme al despacho fue para mostrar su enfado porque en una foto aparecía con los ojos cerrados.

 Contra Antonio Gala

Prescindí de firmas como la de Antonio Gala, uno de nuestros intocables desde hacía más de dos décadas. Su sueldo no podía justificarse con la publicación de una columna diaria con un párrafo de extensión. Hacía tiempo que sospechábamos que ya nadie la leía y la confirmación nos llegó cuando cometimos el error de publicar su mismo artículo dos días consecutivos. Llamó un único lector para quejarse: el propio Gala. “A esto le llamo yo eliminar grasa”, dijo Javier Cabrerizo.

  Contra Javier Cabrerizo

¿Por qué iba un directivo recién llegado como Javier Cabrerizo, sin ninguna vinculación emocional con el periódico o con su director a poner su puesto en riesgo por defender aquello en lo que creía? Su cobardía prolongó su paso por la empresa un tiempo, pero no le protegió frente a Fernández Galiano. Dos años después recibió la patada de todas formas y se marchó a llevar las finanzas de una compañía de seguridad, posiblemente sin notar la diferencia.

 Contra Emilia Landaluce

Emilia Landaluce era la favorita de Fernández Galiano, una periodista que había recuperado del ABC y probablemente la única persona de la empresa que le proporcionaba cariño sincero, dijo cosas que nadie entendió y que por la forma de decirlas no pretendía que nadie entendiera. [Tras el relevo en la dirección] la aristocracia interna reforzó su poder, las servidumbres fueron premiadas – una columna para Emilia Landaluce por aquí, una subdirección para Carlos Segovia por allá, un despacho para Joaquín Mansó y Aurelio Fernández estrenó un flamante Jaguar tras cerrar su último ERE.

ALGUNOS DE LOS ATACADOS RESPONDEN DESDE TWITTER

DAVID JIMÉNEZ SOSTIENE QUE ÉL REPRESENTABA EL ESPÍRITU ORIGINAL DE EL MUNDO Y TODOS LOS DEMÁS LO CORROMPIERON

 

 

07 - Abril - 2019

El impostor

David Jiménez puede enternecerse con un tailandés ahogado en un tsunami, pero es incapaz de sentir la más mínima compasión hacia las debilidades de unos colegas golpeados por la peor crisis que ha conocido la Prensa en su historia. Esa es la primera impresión que se desprende de la lectura de El Director (Ed. Libros del K.O., 2019). La vara de medir del autor es extraordinariamente estricta y, salvo algunas autocríticas inanes, se aplica siempre en una sola dirección, la de los demás.

Hay que pasar muchos años en las redacciones de un diario para aprender que estas son auténticas cocteleras de emociones. Y muchos años más para saber que se necesitan cualidades excepcionales para gestionar esos egos de manera virtuosa con el fin de crear un proyecto intelectual original.

Hay que admitir que Jiménez es sincero: él se sabe un impostor y lo admite con el suficiente cuajo como para poder dejar en evidencia a quien le puso en el puesto de director del segundo periódico de España sin estar preparado para ello. En ese sentido, su relato es una auténtica novela picaresca, la de un nuevo Lazarillo, un Lazarillo del siglo XXI, digital y acomodado, pero igual de oportunista que el del siglo XVI.

Jiménez se sabe un impostor y su relato es una novela picaresca, la de un nuevo Lazarillo del siglo XXI, digital y rico, pero igual de oportunista que el del siglo XVI.

Nuestro Lazarillo de la postverdad se muestra escandalizado por las presiones que recibe a diario un director de periódicos. Dan ganas de responderle como hizo el portero Chilavert cuando le preguntaron si sentía presión al jugar una final: “¡Presión es lo que siente un padre que no tiene nada que llevar a la mesa para sus hijos!”. La presión forma parte del área de gestión de un director, como la de cualquier líder de una organización, y su deber es resistirla, sortearla y no doblegarse ante ella si considera que tiene razón.

Su osada ignorancia le lleva a confesar que realmente nunca entendió que las grandes jornadas informativas que El Mundo emprendió (ya fuera en torno al 11-M, al caso GAL o en los asuntos de corrupción política) no eran para demostrar las tesis de un comisario o para probar tal o cual conspiración, sino la de esclarecer lo ocurrido para sus lectores. Se cometieron errores, y en la gran mayoría de las ocasiones se corrigieron, pero la tarea era desafiar las hipótesis oficiales con el fin de probar su robustez.

Lo que resulta imperdonable es la manera en que Jiménez banaliza el periodismo, este oficio al que algunos seguimos amando. Se inventa conductas y prácticas que no existen más que en su imaginación o que ha calcado de Noticia Bomba de Evelyn Waugh. Ridiculiza, además, los rasgos de personalidad de los mismos periodistas que después dice admirar, como si el fruto de su talento pudiera disociarse de sus defectos. Los despersonaliza hasta el punto de llamarlos con motes o inscribirlos en denominaciones colectivas -los Poetas Muertos, los Nobles…-, para construir un escenario de indultos a su propia impostura.

Pocas veces alguien ha dicho tanto de sí mismo hablando de los demás.

13 - Abril - 2019

El director en su chocolatería

Luis Miguel Fuentes

David Jiménez vino con un barquero vietnamita de portada o de equipaje a redimir, a salvar al periodismo. Le pasa mucho a ese periodismo de pies húmedos, de muñecos de niña ahogados en arrozales, de revuelta de camelleros; el periodismo de cantimplora, que es periodismo sobre todo por ir con cantimplora, no por lo que escriba. Ese periodismo señorito de guerras de bambú o de vagones de especias que se cree que ha comprendido el oficio y la vida como tras un retiro budista de Richard Gere. Nueva York, una guerra sobre un burro, un cuenco tibetano, muchos años de mirar el mapa al revés, muy geoconcienciado, y ya ha entendido uno todo. Así que ya se puede dirigir un periódico como El Mundo. Un pijo sandalio con la flauta de Kung fu y quizá un libro sobre Burundi como un cementerio de coches o algo así en la mochila, mordida de balazos y paludismos. La profesión y su Bautista, por fin. El cura moderno del periodismo, con la guitarra de fango y los niños calvos fotografiados siempre en la retina. Ahora sí que se iba a hacer un periódico. Y en chanclas.

El pequeño saltamontes, el niño arrojado a la vida adulta desde sus nieves turísticas, desde el periodismo de palitroque y Visa, ha terminado dejando un libro de venganzas que es sobre todo cursi y cruel, además de un risible tratado de cómo convertir la propia incompetencia en vanagloria. El reportero entre pirata y Coronel Tapiocca, que va de Harvard al piojismo en formato sábana, adopta desde el principio la postura del modesto, del humilde que se calza abrumado las sandalias del pescador, que no merece pero que no suelta (en realidad, nadie sin ambición se deja llevar ahí). Así, nos cuenta que el guardia de seguridad de la redacción no le deja pasar porque no lo conoce, que se va a ver al Rey en su Volkswagen y lo confunden con un chófer, que se siente incómodo en las fiestas con su peloteo y su grasilla en las copas y en las frentes.

Esta soberbia humildad del puritano le permite luego colocarse en tan alta posición moral que todo excepto él será un corral de miserias

Es justamente esta soberbia humildad del puritano la que le permite luego colocarse en tan alta posición moral que todo excepto él será un corral de miserias, ambiciones, mediocridades, vanidades, corruptelas, Gomorras de cafetín y conjuras. Desde esa altura, o desde esa necesidad de altura, porque sólo a partir de ahí puede excusar sus errores, transforma anécdotas en costumbre, deslices en carácter, debilidades en perversidad, necesidad en depravación y comprensible humanidad en corrompida vileza. Desde esa altura de águila calva del periodismo sublime, aún necesita dirigirse a algunos de sus compañeros, jefes o subordinados con motes que son personalidades. Como los Pitufos, como los enanos de Blancanieves, cada mote del libro es un arquetipo que representa un aspecto del mundo, en este caso el que él quiere cambiar, el mundo reverso de su ideal de moral, de periodismo y de humanidad. El CardenalLa DignaEl SecretarioRasputínEl CalladoEl Señorito… Y hasta los divide en bandas: Los Nobles, Los Poetas Muertos, Los Inspirados… Es decir, las personalidades las categoriza para sistematizar toda la mitología a la que el héroe se tiene que enfrentar. Porque se trata del camino del héroe, del monomito primordial. Como la historia de un mesías. El mesías que pudo salvar al periodismo. Demencial.

El reportero de guerras de lejanos cabreros, ese periodismo buscado y consumido como gastronomía exótica, el periodismo esnob con su tomavistas moral, en fin, llegaba tras casi veinte años de ir de rey escorpión y se hacía cargo de una redacción que no sólo había contado la historia reciente de España sino que había sido parte de esa historia, y que ahora pasaba por su peor época. Pero él llegaba a educar a la profesión, llegaba a hacer su película. No sabía nada de España, de su política ni de sus vísceras. Era fácil despreciar a los periodistas fondones, comodones, de burladero o tertulia, que se buscaban la vida o se veían con políticos en despachos con alces o en el canaperismo del roce. Igual que despreciaba las reuniones tediosas. Pero el aventurero, entre artista, Zaratustra y anuncio de Camel, venía a salvarnos y sabía cómo. O eso creía él.

David Jiménez era ese periodista que no sabe que en un pájaro sobre la Cibeles, ahí mirando tender pancartas a un indepe o a Carmena, hay más historia y más periodismo que en una riada de vacas sobre muyahidines, allí donde nadie le importa (eso, que a nadie le importa, es lo que ya lo rebaja como periodismo). Pero, sobre todo, él no sabía que igual que existe el periodista redentor, o sea él, y el periodista de batín, que sólo quiere salvar su párrafo y su adjetivo, está otra clase de periodista que no puede ser ni anacoreta ni esnob, la clase de periodista que debe ser más que nadie un director: el periodista que tiene que saber moverse en el poder, hablar con él, aprovecharse de él, sonsacarle, hacerse el tonto, ronear, lidiar, resistirse y hasta usar el lenguaje del abanico. Porque, si no, ni se consiguen historias ni se come ni se puede defender la verdad. Ni, menos aún, se consigue ser algo que el poder llegue a temer.

David Jiménez, con su cuaderno y su zurrón, con su New Yorker y su mapa camboyano, un “lobo solitario” como dice él, un soberbio ingenuo, un loco inocente (arquetipo que está en Parsifal o en Sigfrido), un privilegiado como reportero de mil y una noches, descubrió de repente que aquí existían chupatintas, burócratas, supervivientes, ambiciosos, directivos con nalga y corbatita apretadas, dueños del dinero y dueños del no dinero. Había pisado tripas de talibán pero de repente España le hacía sentir como Doris Day en Sodoma. Cuánta blandenguería. El poder siempre va a presionar, y precisamente porque aún tiene que presionar y seducir y tentar sabemos que el periodismo resiste. David Jiménez no estaba preparado para dirigir El Mundo ni para bajar del camello, y debió, simplemente, irse, volver con su barquero y su mosquitera, a balancearse en su campanudo orientalismo y en su siesta hamaquera de Raj. Supongo que se quedó por esa vanidad del héroe tan parecida a la contumacia.

David Jiménez no estaba preparado para dirigir El Mundo ni para bajar del camello, y debió, simplemente, irse, volver con su barquero y su mosquitera

Pasaron muchas cosas en El Mundo, pero en casi todas David Jiménez fracasó. Como director, como mesías y como compañero. Su respuesta final, el regreso del héroe, ha sido este libro de ajuste de cuentas, esta venganza con metralleta donde ha acribillado igual a inocentes, a tibios, a despistados, a desgraciados y a jefazos. Por absolverse de su ineptitud no ha tenido piedad con una de las redacciones más castigadas y más brillantes de la profesión. Ni con la profesión en general, a la que ha reducido, con sus exageraciones, sesgos, mirillas de vieja, mala fe y linternas en el culo, a un salón de cobardes, mercenarios y putas del poder. Ahora, los que nunca han creído en la prensa libre están usando el purismo llorón y cornudín de Jiménez contra ella.

Hay una frase que resume el libro y al autor. Cuando habla de que “quizá (…) El Despacho estaba siendo ocupado por un impostor: un reportero que se hacía pasar por el director”. Sería una confesión si no fuera lo contrario: el inmodesto intento de concluir que él era, desde luego, el reportero-director del ideal periodístico, sólo frustrado por un complot del mal y la vulgaridad. En el libro hay algunos diagnósticos acertados y problemas reales, pero sobre todo inquina regurgitada, venganzas largamente retorcidas de tanto fantasearlas, desprecio por buenos o grandes periodistas que no cumplían con su canon de santidad, e inventos o cuentos ridículos insinuados como norma (esos coches e hipotecas regalados, esa descripción siciliana de todo el Madrid podrido en las peceras de los peces gordos). A Jiménez le acojonaba el ministro Fernández Díaz quejándose del tratamiento que le daban a la Pantoja, cómo no le iba a acojonar una mariscada del Íbex. Jiménez ha tenido que construir un cementerio entero para salvar su alma de ángel o de grumete con candil. El libro es la pataleta de un puritano jipicursi, con cilicio mental y látigo moral, volcando su inmadurez en los demás.

Por absolverse de su ineptitud no ha tenido piedad con una de las redacciones más castigadas y brillantes de la profesión. Ni con la profesión en general

Siempre habrá vendidos, arrastrados, ingenuos y hasta salvadores que te llevan a la ruina. Lo que es imposible es que haya tantos dueños de todo como quiere concluir el libro. Lo vemos porque el poder sigue llevándose sustos en cada desayuno. Se les atraganta la negrita en la Castellana o en La Moncloa y luego llaman a las redacciones para que el periodista bueno los toree y el malo se cague o se prenda fuego. Aquí siguen cayendo gobiernos, ministros, partidos, ricachones, infantas, reyes. Y siempre hay uno de esos papeles o de esas webs que viene con un poderoso pinchado como el pájaro espino. Claro que el poder está ahí, pero todavía le teme a un chaval con libreta, por eso se acerca a él como Mefistófeles. Porque hasta el Diablo sabe que el próximo desayuno del taxista puede ser él.

Jiménez cuenta que fue en una chocolatería donde unos colegas escribieron en una servilleta, como unos votos de novietes, el manifiesto fundacional de su periódico platónico, El Normal. El niño en la chocolatería, eso seguía siendo él al frente del segundo periódico de España. El niño goloso, churrero, orondo, inconsciente, rompiéndolo y pataleándolo todo cuando su juguete y su fantasía colapsan. Ésa es su mejor historia, ésa es su gran portada, mejor que cualquier barquero vietnamita.

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