Elecciones EEUU 1972 – El presidente Nixon reelegido por amplia mayoría frente al senador demócrata George McGovern

HECHOS

  • Richard Nixon – 322 compromisarios (3.674.000 votos)
  • George McGovern – 3 compromisarios (1.796.000 votos)

LOS DEMÓCRATAS HUMILLADOS

George_McGobern El candidato del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, George McGovern, sufrió un serio varapalo, porque no sólo fue derrotado sino que – mientras que en 1968 la derrota de su candidato, Humphrey, fue ajustada, ahora afrontaban una derrota por goleada.

EL FRACASO DE GEORGE WALLACE

george_wallace color El Gobernador de Alabama, George Wallace, acusado de racista. Aspiró a ser candidato del Partido Demócrata – a pesar de que en 1968 lideró una escisión que dividió a los demócratas. Ahora de vuelta a las filas de su partido su candidatura despertó cierta popularidad en todo el mundo al ser víctima de un atentado, pero finalmente sus aspiraciones se vieron derrotadas en la convención demócrata por George McGovern.

EN LA PRENSA ESPAÑOLA…

El 8-11-1972 el diario PUEBLO que dirigía D. Emilio Romero titulaba en portada “Nixon ganó por K. O.” y como subtítulos en la misma portada tres frases: ” Su ventaja sobre McGovern aplastante”, “Un presidente con las manos libres” y “Al no poder ser elegido por tercera vez, actuará sin hipotecas electorales”.

08 - Noviembre - 1972

Cuatro años más

Luis Climent

Dejando al margen las incidencias anecdóticas de las elecciones democráticas norteamericanas, la victoria pronosticada de Nixon consolida la postura del Presidente por otro cuatrienio. El hecho de que no pueda presentarse a una nueva reelección es como un mandato inaplazable, que le obliga a dar de si cuanto lleve dentro como hombre de Estado. De eterno perdedor, Richard Nixon saltó a la Presidencia de los Estados Unidos. Allí se encontró con una difícil herencia que se agudizada en el conflicto de Vietnam y en los últimos estertores de la guerra fría. Mientras tanto, en el interior hervían las pasiones de numerosos grupos a la vez que otros pugnaban por satisfacer sus ansias de renovación.

Si en el aspecto último puede afirmarse, no sin razón, que Nixon ha adormezido los problemas norteamericanos más que resolverlos, también es cierto que no adquieren en estos momentos la virulencia de antaño, premisa importante para la búsqueda de una solución. La inflación que ha soportado el país no es singular en la economía del mundo occidental. Y si hubo agravación del fécitid de la balanza comercial, se hizo también lo posible para remontar la pendiente, sacrificando incluso algunos principios tradicionales de la economía norteamericana.

Sus viajes a Pekin y Moscú han abierto nuevos horizontes de distensión mundial. Tampoco ahí sería lógico que se abandonase a gestos espectaculares, sino que habrá de trabajar para rematar esta obra de pacificación.

Y quedo, por fin, el único problema grave: el del Oriente Medio. Las elecciones han pasado y las presiones judías habrían de perder eficacia. Si la buena disposición de ánimo de la URSS se ocnfirma sería hora de que Nixon aboradase este tema con objetividad, presentando propuestas razonables que no perpetúen más injusticias y que si permiten la existencia de Israel, que no sea a costa de que perezcan sus vecinos.

Luis Climent

18 - Noviembre - 1972

Nixon y la historia

Eduardo Haro Tecglen

El resultado de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos no acaba de esclarecer el enigma de qué Presidente va a gobernar el país durante los próximos cuatro años. Nixon, sí, pero ¿qué Nixon? Se dice mucho en estos últimos ocho o diez días, desde las elecciones que sin la hipoteca electoral [como se sabe, la Constitución le impide presentarse nunca más a las elecciones] con el cheque en blanco que supone el alud de votos favorables – un record: por encima del de Johnson, por encima del Roosevelt, que eran los dos Presidentes con más votos populares en la Historia de la nación; un landslide, un corrimiento de tierras, como se dice en el argot político de Estados Unidos para calificar estas victorias exageradas – con el apoyo de un sector importante del partido adverso, el demócrata; Nixon va a poder ser ‘el verdadero Nixon’. ¿Cuál es el verdadero Nixon? ¿El terrible guepardo de los años cincuenta? ¿O el viajero sonriente y efusivo de Pekín y de Moscú? ¿El que envía a sus hombres a negociar con los vietnamitas? ¿O el que invade Camboya y perpetra los más terribles bombardeos que haya sufrido el Vietnam? ¿El Nixon rudo, el Nixon suave, el Nixon convincente, el Nixon represivo? ¿El guerrero o el pacificador? Tiene Richard Nixon casi treinta años de política activa tras él, desde su primera entrada  en el Senado, su vicepresidencia, su ostracismo, su mala suerte – era un perdedor. Un loser y todas las elecciones se le iban de las manos, hasta una: la que en 1968 le hizo Presidente de los Estados Unidos – y su Presidencia. Y ofrece ahora la imagen de un desconocido. Va a ser, por fin, el verdadero Nixon.

La única imagen posible que puede adoptar Nixon ahora es la de pacificador. Es la del sentido de Historia. Nixon, por su larga y ambigua aventura política, sabe bien interpretar el sentido de unas elecciones. Aunque el temible vértigo de las cumbres a veces disminuye toda capacidad de análisis de un político, lo que sabemos de Nixon no nos permite clasificarle entre ellos. El sentido de las elecciones es el de sostener el camino emprendido: paz en el Vietnam, entendido global, apaciguamiento, reducción de armas en el mundo, lejanía del espectro de la guerra. Nixon se prepara a establecer la paz en el Vietnam. Va finalmente a ser lo que quería, ‘el primer Presidente de los Estados Unidos que pierda una guerra’, y la Historia no se lo va a reprochar (se pierden todas las guerras que no se ganan, y algunas de las que se ganan). Va a tratar de gobernar con los dos partidos como un verdadero personaje histórico. Se dice que en su nuevo gabinete estará presente el demócrata Connally. ¿Quizá secretario de Defensa, en sustitución del gastado, cansado e ineficaz Malvin Laird?

Naturalmente, dentro de lo que con generosidad llamamos ‘el sentido de la Historia’ caben muchas sorpresas no programadas. Cabe la aparición de nuevas áreas de tensión en el mundo: entre ellas, las tantas veces profetizada de Hispanoamérica. Cabría, sin duda, una reconciliación con Cuba, una mejora de relaciones con Chile si se viese que el experimento Allende tiene muchas posibilidades de continuar – lo cual, por el momento, está en difícil situación de cálculo – pero no es suficiente esa posible apertura para reducir a la nada el problema de Hispanoamérica. Ni, en general, el de lo que se llamó Tercer Mundo, figura hoy enteramente olvidada. Nótese que en las campañas electorales y en los programas políticos de hace unos años aparecía continuamente la referencia a la ayuda a prestar a los países desfavorecidos, unas veces con el énfasis de ‘liberales’ – énfasis con el cual se comenzó la guerra de Vietnam – otras con la simple mención de las ayudas económicas y técnicas que les podía enviar. Están hoy olvidados. Son las grandes víctimas que les podían enviar. Están hoy olvidados. Son las grandes víctimas de la reconciliación. Quebró el afroasiático neutralista y suave de Bandung, con sus listas de derechos y sus peticiones ingenuas; quebró las OLAS de La Habana con sus amenazas y sus declaraciones de guerra: quiebran los organismos integrados en las Naciones Unidas, mientras en gran parte de África, de Asia y hasta de Hispanoamérica se instaura una especie de Edad Media con regímenes duramente represivos. Pero el tema no está muerto, y quizá le salte a la cara a Nixon en el último cuatrienio, y quizá le rompa la última máscara, la máscara de pacificador. Como se la puede romper los grandes temas interiores mal resueltos, los otros olvidos interiores. En contra de su voluntad y en contra de su cierta intención actual: ser un Presidente para la memoria.

Porque frente a su lógica voluntad hay enemigos poderosos. A Nixon sin duda, le importa mucho entrar en la Historia, que es el objetivo final y ultraterreno de todo político de vocación y hasta de profesión pero a muchos de los que le rodean no les importa nada. Nixon quiere estar por encima de los partidos, y es una nobilísima aspiración, pero los partidos se preparan ya para las elecciones de dentro de cuatro años. El partido demócrata colaborará con Nixon, a través de Cinnaly y de algunos congresistas, hasta el punto de situarse o de situar alguno de sus hombres en la próxima elección, pero no más allá, y el partido republicano aceptará todas las figuras que quiera hacer Nixon, siempre que no comprometa sus elecciones futuras, siempre que ayudo a preparar la elección del hombre que haya de sucederle. Las elecciones próximas para la renovación del Congreso se celebran dentro de dos años, y al partido republicano le importan mucho: querría mejorar sus posiciones, hoy definitorias, en la Cámara y en el Senado. Hará todo lo posible porque Nixon no se escape de la política real y práctica por la cuarta dimensión de la Historia. Por encima de los partidos está el establishment; la industria quiere que la sustitución de la economía de guerra por una economía de paz produzca reales beneficios, que la reducción de armamento no sea perjudicial. Quiere que la pacificación mundial sea como es, a base de abrir nuevos y grandes mercados. Está indudablemente satisfecha de la actuación de Nixon – la subida en la Bolsa, y aun en las Bolsas mundiales, que ha seguido a su reelección en muy demostrativa – pero no toleraría tampoco que un exceso de trascendentalismo del Presidente enajenara sus posibilidades. Wall Street sigue siendo más importante que el Valhala. Como no podrá conseguir que un programa de lucha contra la pobreza o de ‘igualdad de condiciones y oportunidades’ como el que ya tuvo que retirar Nixon, ponga en peligro las cuestiones salariales y saque el dinero para la Seguridad Social de nuevos impuestos. Ni que posibles agitaciones de los países subdesarrollados se lleven por delante las fuentes controladas de materias primas o produzcan nacionalizaciones sin compensación real. La pacificación no podrá llegar nunca hasta esos extremos y Nixon lo sabe. Muy bien.

El camino de la Historia no es fácil. A veces basta un azar para colocar a un hombre en él. Muchas veces, lo que llamamos el carisma basta: lo tenía Kennedy, lo tenía De Gaulle. Nixon no es un hombre al que los azares hayan favorecido en la vida, todo se lo ha ganado trabajosamente, sin carisma, a base de escoltar las corrientes de la política, las coyunturas  – de donde su última ambigüedad, sus equívocos, sus contradicciones – y las circunstancias. Parece ser que en el próximo cuatrienio podemos asistir a esta especie de lucha de tragedia griega – menos, claro – entre el hombre que quiere trascender y meterse en la piel del destino – o meter el destino en su propia piel – y la política activa, real, diaria, de los grupos de presión, los políticos, los dos grandes partidos. Más el mundo en torno, con sus tremendas necesidades. No será probablemente un gran espectáculo. Los actores son mediocres. Tiene la ventaja de que no se puede sospechar el final.

Eduardo Haro Tecglen

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