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Iniciativa per Catalunya (IC) se convierte en partido, lo que significa la disolución del histórico PSUC

14º Congreso del PCE – Enfrentamiento Anguita con el grupo catalán de Rafael Ribó y el la dirección de CCOO de Antonio Gutiérrez

HECHOS

Del 8 al 10 de diciembre de 1995 se celebró el XIV Congreso del PCE que reeligió a D. Julio Anguita como Secretario General del partido.

LOS ENEMIGOS DE ANGUITA:

RAFAEL RIBÓ (INICIATIVA PER CATALUNYA – VERDS)

Rafael_Ribo_1995 D. Rafael Ribó era el presidente de Iniciativa per Catalunya (IC) el referente de Izquierda Unida en Catalunya había convertido la coalición IC en un partido político presidido por él, lo que había significado la disolución del PSUC (que, en la práctica, había sido la federación catalana del PCE). D. Julio Anguita, que había ganado en 1992 la batalla para impedir la disolución del PCE, no había podido evitar la del PSUC. Además, el hecho de que el Sr. Ribó se alineara con ‘Nueva Izquierda’ en su defensa de que IU debía pactar con el PSOE en vez de estar en guerra con él contribuyó a aumentar la tensión Anguita-Ribó.

ANTONIO GUTIÉRREZ (COMISIONES OBRERAS) 

antonio_gutierrez_ccoo El Secreario General del sindicato Comisiones Obreras (CCOO), D. Antonio Gutiérrez y militante del PCE, aparecía como otro enemigo a batir por parte del PCE de D. Julio Anguita. El Sr. Gutiérrez se había alineado con ‘Nueva Izquierda’ en la defensa de que IU debía pactar con el PSOE. El PCE del Sr. Anguita expresó todo su apoyo al presidente del PCE, D. Marcelino Camacho, que para ese momento ya se había convertido en el feroz enemigo interno del Sr. Gutiérrez en CCOO al que acusaba de ser un ‘burócrata’ y un ‘colaboracionista de derechas’ (entendiendo como ‘derechas’ al Gobierno del PSOE).

11 Diciembre 1995

Bronco congreso

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

La fenomenal bronca montada con el sindicato Comisiones Obreras (CC OO) y la brecha abierta con los comunistas catalanes del PSUC pusieron al borde del fiasco al XIV Congreso del Partido Comunista de España (PCE), clausurado ayer en Madrid. Un congreso convocado para definir el papel del PCE como eje de la coalición Izquierda Unida (IU) concluyó abriendo grietas de una profundidad difícilmente evaluable de momento en el espacio político-social considerado como propio. En ese escenario no es extraño que el debate de las propuestas y resoluciones de los 750 delegados asistentes pasara aun segundo plano, sin necesidad de que existiera una confabulación poco menos que universal -fuerzas del capital, partidos políticos, medios de comunicación…-, como denunció Anguita en el discurso de clausura. Tampoco sorprende que el XIV Congreso del PCE haya servido de muy poco para reforzar la imagen un tanto desvaída y distanciada para muchos españoles de una formación política que elude presentarse a las urnas como tal desde su desplome electoral en 1982. Soldar esas grietas y reflexionar seriamente sobre las causas que las han producido constituye en estos momentos la tarea más urgente a la que deben atender los comunistas si no quieren qué se derrumbe su proyecto de transformación social. De momento, no parece que la situación creada tras el congreso favorezca las expectativas electorales de IU a tres meses apenas de las próximas elecciones generales.

Los principales dirigentes del PCE, y Julio Anguita a la cabeza, se han apresurado a quitar hierro a la polémica previamente desatada por ellos con CC OO. Incluso han pretendido, ante la lógica y contundente reacción de Antonio Gutiérrez y del resto de la dirección de ese sindicato, hacerse los inocentes y dar a entender que ellos son los verdaderamente agraviados y Gutiérrez el agresor. «Por mí no habrá guerra», ha proclamado Anguita . Pero lo ha hecho después de haberla desencadenado, y haber permitido que el Congreso del PCE se convirtiera en plataforma de las tesis de los dirigentes minoritarios de CC OO en sus nada velados propósitos de desplazar a la actual dirección de ese sindicato. En este sentido, hay que destacar la presencia de los dirigentes del sindicato junto a Gutiérrez, que parece contradecir el esfuerzo de Anguita, Moreno o Camacho de centrar en la persona de Gutiérrez el desviacionismo de la central sindical.

Los dirigentes del PCE han comprobado que tanto la dirección de CC OO como la del PSUC, con su secretario general, Rafael Ribó, al frente, no comparten la vieja tesis del papel hegemónico de los comunistas, ni como vanguardia revolucionaria ni como motor de las organizaciones en las que participan. Ese es el problema. Pero los dirigentes comunistas pretenden seguir eludiéndolo con juegos de artificio. Lo son afirmar que el concepto de hegemonía que ellos reclaman no es el contundente y claro que define el diccionario de la Real Academia Española, sino el más intelectual y pedagógico que acuñó el dirigente comunista italiano Antonio Gramsci.

Superada la vieja discusión sobre su desaparición o supervivencia y desechada la alternativa de su autodisolución en el seno de IU, el PCE sigue sin definir claramente su papel en el seno de esta coalición, al menos de manera aceptable para el resto de los grupos que la componen. Anguita y su equipo han ido acentuando en los últimos años los rasgos sectarios de la coalición y reafirmando el papel hegemónico del PCE dentro de ella, en claro contraste con el carácter de amplio movimiento. político-social que se le pretendió dar en sus orígenes. El XIV Congreso del PCE ha profundizado todavía más en esa línea que mantiene a IU en una crisis larvada. Y que, llegado el caso, explota de golpe, como ha sucedido ahora con el PSUC y, tangencialmente, con CC OO.

El PCE ha optado por ser la fuerza vertebradora de IU, pero no ha logrado fijar de una vez el espacio ideológico y político de esta coalición. Y es difícil que lo Iogre si persiste en no sacar en sus congresos las pertinentes lecciones sobre lo sucedido, en el mundo desde la caída del muro de Berlín, y si insiste en curar los males del neoliberalismo y los excesos de la economía de mercado con medicinas parecidas a las que causaron males sin cuento a las sociedades que tuvieron la desgracia de probarlas antes. De continuar en esa línea, el PCE o IU no dejarán de ser un polo, más o menos numeroso, de descontentos. Será difícil que sean la plataforma de la izquierda renovada que quieren ser.

08 Diciembre 1995

El último servicio del PCE

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

No es posible discutir al Partido Comunista de España, que hoy comienza las sesiones de su XIV Congreso, su enorme contribución a la lucha por la conquista de las libertades en nuestro país. En los lóbregos tiempos del franquismo, miles de militantes comunistas sacrificaron su libertad, y algunos incluso su vida, para lograr que los ciudadanos españoles pudiéramos tener lo que hoy ya nos parece a todos algo perfectamente natural: el derecho a expresarnos, a informarnos, a asociarnos, a reunirnos y a votar en libertad. Instaurado el sistema parlamentario, el PCE ha demostrado sobradamente ser un partido tan respetuoso como cualquier otro -y a veces más- con las reglas de la democracia.

Pero el tributo a la abnegación y la generosidad de los comunistas españoles no desautoriza el análisis crítico de su proyecto. Tanto en el pasado como en el presente. A escala internacional, los experimentos que se emprendieron bajo la bandera del comunismo han ido fracasando uno tras otro. Y con frecuencia en condiciones terribles. La práctica totalidad de las fuerzas progresistas que hay en el mundo se han desentendido del comunismo. Lo cual no debe, por supuesto, ponerse en el debe del PCE. Pero sí mueve a preguntarse qué función social puede cumplir un Partido Comunista en la España de hoy.

El PCE tiene ante sí dos grandes posibilidades. Una consiste en aferrarse a sus métodos tradicionales, basados en el convencimiento de que sus militantes son, por definición, «la vanguardia del proletariado». La experiencia evidencia que esos métodos empujan a los comunistas a procurar la «satelización» de las organizaciones políticas, sindicales y sociales de signo progresista. Algo que suele desembocar en larguísimos -y estériles- conflictos sectarios.

La otra posibilidad es fomentar, sin reservas ni pretensiones de subordinación, el máximo desarrollo de esa plataforma unitaria que es IU.

Esta última parece ser la voluntad de la mayoría de los congresistas del PCE, empezando por Julio Anguita. Pero se diría que tienen miedo de llevar la reflexión hasta el final. Que les asusta plantearse si conviene al proyecto de IU que el fantasma del comunismo -que ya no recorre Europa, salvo como aparición de ultratumba- siga dando pie a pesadillas. Como ésa que atiza González cuando se refiere a IU hablando de «los comunistas», para que caiga sobre la coalición una parte de la sombra de Stalin, Pol Pot, Kim Il-sung y demás Ceaucescus.

Anguita ha dicho alguna vez que los comunistas españoles son «hijos de Lenin». Pero ningún hijo de Lenin podría tener hoy menos de 73 años: Vladimir Ulianov cayó fatalmente enfermo en 1922. Con 73 años la gente normal ya está jubilada.

La izquierda española necesita la contribución de los hoy militantes del PCE. Pero no para que éstos dupliquen esfuerzos enzarzándose en las mismas peleas en dos foros diferentes.

El PCE debería disolverse en IU. No sólo por la rentabilidad electoral que sacaría de ello a corto plazo. También para mejor capitalizar la crisis del PSOE, demostrando que hay en España un amplio espacio para una izquierda limpia y sin ataduras de ningún tipo, enemiga de la corrupción y el crimen de Estado, y capaz de aportar soluciones imaginativas y realistas a los graves problemas de este fin de siglo. Ese es el último y el mejor servicio que el PCE podría hacer ahora a la izquierda española.

19 Diciembre 1995

PCE-IC: crónica de un conflicto anunciado

Antonio Elorza

En cierto modo las relaciones entre los comunistas catalanes del Partit Socialista Unificat de Cataluña (PSUC) y los del resto de España encuadrados en el PCE solo podían explicarse acudiendo a la articulación entre las personas de la Santísima Trinidad: eran dos en esencia y un solo partido verdadero. El PSUC constituía un partido independiente, pero defendía punto por punto la misma línea política que el PCE.El origen histórico de esa peculiar coincidencia se encuentra en la decisión adoptada el 29 de octubre de 1932 por parte del Secretariado Político de la Internacional Comunista, y que transcribimos de los archivos del que fuera partido mundial de la revolución: «Aceptada la propuesta del camarada Wassiljew: para asegurar una mejor dirección de la lucha de clases revolucionaria del proletariado catalán y de la lucha de liberación nacional de las masas obreras de Cataluña, el Secretariado Político acuerda: que es necesario que la organización regional catalana del PCE se constituya como Partido Comunista de Cataluña, que debe quedar respecto del PCE del mismo modo que los partidos de Bielorrusia y Ucrania occidental pertenecientes al Partido Comunista de Polonia». Dicho de otro modo, se trataba de una independencia meramente formal, puesta al servicio de la creencia que entonces sostenían los lugartenientes de Stalin en la Internacional de que era preciso jugar a fondo con el derecho de autodeterminación, hasta el punto de conferir aparente independencia a las organizaciones comunistas de nacionalidad, para utilizar a éstas como palanca en la desintegración del Estado burgués.

No obstante, muy pronto pudo verse en el caso del partido comunista catalán que la dinámica social y política propia de Cataluña generaba demandas y exigía respuestas inmediatas en las que no cabía ajustar las piezas al esquema de dependencia deseado. La primera ocasion llegó al fundarse el PSUC, a partir de organizaciones socialistas y del propio partido comunista catalán cuando es aplastado en Barcelona el levantamiento militar de julio de 1936. La formación de este tipo de partidos unitarios respondía a las directrices del VII Congreso de1ª Internacional Comunista, pero en este caso la decisión fue autónoma, ignorando al delegado de la Internacional en Madrid, el argentino Víctor Codovila. Todo fue espontáneo y demasiado rápido, pero sólo pudo quejarse por el error. Más grave fue aún la admisión por el PSUC en septiembre de 1936 de integrarse en un Gobierno de la Generalitat con participación del poumista Andreu Nin, «tan criminal y asesino como Trotski», según la entrañable descripción que Codovila remite a Moscú. El PSUC, se lamentaba el delegado-tutor del PCE, no era todavía un partido comunista, tenia en su seno «elementos con mentalidad trotskistizante», y rehusaba «la ayuda política» -eufemismo del lenguaje oficial para designar el control-del PCE por albergar componentes nacionalistas y socialistas. Uno de ellos, Joan Comorera, era precisamente el secretario general del PSUC, y a pesar de su evidente estalinización, no logró prolongar su autonomía durante el exilio, siendo expulsado en 1949 como titista, «traidor al partido, a la clase obrera y a su pueblo». Así acababa el ensayo, reconstruido admirablemente en la biografía de Miquel Caminal, de aproximar el comunismo a «la veritable Catalunya nacional».

Las piezas no encajaban, y, ello no era sólo responsabilidad del estalinismo, sino que tenía unas motivaciones más profundas. Desde los primeros pasos del asociacionismo obrero en la década de 1840, pudieron apreciarse las dificultades para enlazar al movimiento obrero catalán con el del conjunto de España. El atraso español dejaba prácticamente solos a los tejedores catalanes a la hora de movilizarse frente al doble poder, estatal y patronal, para reivindicar el derecho a la asociación. Una industrialización focalizada, en el marco de un país agrario, con una débil demanda interior y un pésimo sistema de comunicaciones, generaba un desfase espectacular entre el desarrollo económico, cultural y societario de Cataluña en relación con el resto de España. En otros países, como Italia, el foco de modernización, encarnado en el eje Piamonte-Lombardía, hace la nación en el siglo XIX; en España debe conformarse con la adecuación a las insuficiencias del conjunto, con un dato esencial, el poder político del Estado, afincado en Madrid, que siempre se le escapa. En el plano político, desde Prat de la Riba a Pujol, la burguesía regional hubo de servirse del catalanismo, para intentar conjugar el desarrollo de la nacionalidad y una influencia, conservadora y modernizadora a un tiempo, sobre la política de Madrid. No ha sido como sabemos, un camino fácil, pero tampoco los proyectos políticos de las clases populares dejaron de acusar ese mismo desfase estructural entre Cataluña y el resto de España. Desde el asociacionismo obrero de 1840 al federalismo, y al propio anarcosindicalismo, que asienta la Confederación Nacional del Trabajo sobre las sociedades obreras catalanas con un propósito de implantación española que sólo alcanzó una existencia simbólica. En esta serie de enlaces fallidos, el PSUC ha sido el último intento, también el más consciente, pero una y otra vez acusará ese doble estrangulamiento: primero, el desfase económico y cultural en su favor, por contrasté con unas organizaciones españolas más rígidas y atrasadas, y segundo, el hecho de, que, a pesar de lo anterior, el centro de poder corresponde a estas últimas, está localizado en Madrid; en el grupo dirigente del PCE.

Bajo el franquismo, en la circunstancia excepcional del exilio, y a pesar del repliegue centralizador que supuso la expulsión de Comorera, el PSUC fue escapando a la tutela. Los centros de decisión se encontraban fuera de la Península, y existía en consecuencia un amplio campo de aplicación para una política propia. Como consecuencia, el PSUC cumplió involuntariamente la propuesta de Comorera, jugando un papel de primer plano en la construcción de una política nacional y democrática en las dos décadas que preceden a la muerte de Franco. De este modo, sin alterar el organigrama, en 1975 es, en implantación, nivel teórico y cultura política, muy diferente de su hermano mayor, el PCE. Pero quién decide es Carrillo y quien hace la política de Estado es el PCE. Así, el éxito pesquero en las primeras elecciones de 1977, con un 20% de votos por poco más de un 9% estatal de media comunista, sirve sólo para crear una dinámica de frustración, traducida en contiendas internas y en abandono y envejecimiento de la militancia. De ahí que, curiosamente, en 1980 la crisis «eurocomunista» se abra en lo que era aparentemente su bastión en España, y que el capital político acumulado por el PSUC se diluya en pocos meses, al lado del partido español. Incluso el sector obrerista, tradicional y filosoviético del comunismo catalán, se constituyó en núcleo de ese curioso episodio, en la línea de La noche de los muertos vivientes, que fue la refundación por Ignacio Gallego de un partido comunista pro-URSS mediada la década de 1980. Ahora muchos están de regreso en el grupo que lidera Ribó, y sin duda no le harán la vida fácil.

Gracias quizá a esa fractura, el pequeño PSUC superviviente pudo enfilar una recuperación, paulatina y limitada, pero con claros signos de modernidad. Entre ellos, la disolución progresiva del propio partido en una organización sociopolítica de izquierdas más amplia y no comunista, Iniciativa Per Catalunya, apartándose insensiblemente del modelo FAI-CNT, que impone el PCE dentro de Izquierda Unida: esto es, la organización nuclear que controla a la aparentemente más amplia y democrática. Nada tiene de extraño que en la etapa de repliegue que ahora vive el PCE, con una clara obsesión por dominar más férreamente Izquierda Unida, acabar con la autonomía de Comisiones Obreras y reafirmar la ortodoxia, la huida de puntillas de Ribó haya sido denunciada.

Hacen falta más muertos vivientes: mientras unos recuperan al leninismo, otros desentierran al PSUC tras su fructífera fusión en IC. El dirigente símbolo de la exhumación, Francesc Frutos, habla de fraude porque los delegados del PSUC vienen a Madrid a explicar su extinción. Cuando el verdadero fraude consiste en mantener ideas y modos como los de esta nueva ortodoxia para maniatar desde dentro a un sector de la izquierda española del fin de siglo.

Antonio Elorza

El Análisis

CCOO Y IC, ALIADOS DE ‘NUEVA IZQUIERDA’, ENEMIGOS DE ANGUITA

JF Lamata

El XV Congreso del PCE sirvió para evidenciar que el principal enemigo interno para el ‘núcleo del PCE’ y, por tanto, para IU eran Iniciativa per Catalunya (IC) y el Secretario General de CCOO, D. Antonio Gutiérrez. En el fondo era una prolongación de la crisis de la III y IV Asamblea de IU. Tanto IC como CCOO creían que IU debía ir al auxilio del Gobierno de D. Felipe González (PSOE) como sus aliados en su guerra contra la derecha aznarista, es decir, los argumentos de ‘Nueva Izquierda’. Pero D. Julio Anguita, respaldado por el núcleo del PCE,  no estaba por la labor de suavizar lo más mínimo su guerra contra el Gobierno felipista. En el caso de IC, el referente de IU en Catalunya, el conflicto radicaba en que estos habían disuelto el PSUC, el referente del PCE en Catalunya, con la firme oposición del Sr. Anguita. El respaldo de ‘Nueva Izquierda’ a IC y a CCOO no hacía sino incrementar las diferencias entre el líder de IU con aquella corriente.

J. F. Lamata

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