11 diciembre 1978

El gran derrotado de las elecciones del 15 de junio de 1977

Disolución de Izquierda Democrática, el partido demócrata-cristiano de Joaquín Ruiz-Giménez Cortés

Hechos

El 11 de diciembre de 1978 se celebró el último congreso de Izquierda Democrática antes de su disolución.

Lecturas

El 11 de diciembre de 1978 se celebró el III congreso de Izquierda Democrática, el partido democristiano de D. Joaquín Ruiz Giménez Cortés, el segundo congreso público que realizan desde el desastre electoral de este partido que, al frente de la coalición Federación Democracia Cristiana – Equipo Demócrata Cristiano, constituida en marzo de 1977, no lograron ningún escaño en las elecciones de junio.

El congreso de Izquierda Democrática ha aprobado una comisión ejecutiva en la que vuelve a asumir la presidencia D. Joaquín Ruiz Giménez Cortés de la que también formaran parte los senadores D. Benito Huerta, D. Alfonso Moreno de Acevedo, D. Patricio Gutiérrez Cano y D. Manuel Villar Arregui (los únicos cargos públicos del partido) y como secretario general D. Francisco González Bueno.

Esa comisión realizó una consulta a sus militantes y compromisarios por la que el 60% de ellos acordó la autodisolución de Izquierda Democrática, el partido que fuera fundado por el exministro de la CEDA, D. Manuel Giménez Fernández (fallecido en 1968).

No obstante no será el fin político de D. Joaquín Ruiz Giménez que, en posiciones cercanas al PSOE, será propuesto por este partido para el cargo de Defensor del Pueblo en junio de 1982.

El Análisis

RUIZ GIMÉNEZ DERROTADO EN LAS URNAS POR FRAGA Y SUÁREZ

JF Lamata

Izquierda Democrática, ese curioso intento de encajar un triángulo en un círculo político, finalmente decidió quitarse de en medio. El partido de Joaquín Ruiz Giménez, bautizado con el intrigante nombre de «Izquierda Democrática», nunca logró convencer a nadie de que pertenecía a la izquierda ni mucho menos de que era una alternativa viable en el tablero político de la transición. Para los votantes progresistas, lo de «cristiano» era un lastre conservador; para los conservadores, Ruiz Giménez era un sospechoso habitual, marcado como intrigante y traidor al franquismo. En resumen, la formación quedó tan desubicada como un fraile en una rave.

El desastre de las elecciones de 1977, donde ni siquiera lograron un escaño, fue el golpe definitivo. Mientras Suárez con UCD y Fraga con AP llenaban el espacio político que Ruiz Giménez soñaba ocupar, antiguos compañeros de trinchera como Óscar Alzaga o Íñigo Cavero se subían al tren de la modernidad y el pragmatismo. Ruiz Giménez, por su parte, se quedó en el andén, esperando un milagro que nunca llegó. Lo único que pudo ofrecer Izquierda Democrática en su último congreso fue una despedida elegante y la promesa implícita de que su líder encontraría en el PSOE una especie de jubilación política digna.

Y así, el partido de los sueños irenistas, las tertulias infinitas y la buena voluntad se disolvió entre aplausos educados y alguna lágrima nostálgica. Ruiz Giménez, por su parte, dejó de aspirar a las grandes gestas parlamentarias y abrazó la moderada dignidad de ser el futuro Defensor del Pueblo. Porque, al final, en política como en la vida, siempre hay quien se las arregla para caer de pie… aunque sea en un sillón de terciopelo.

J. F. Lamata