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Desde que fue cesado como ministro por Franco, Ruiz-Giménez ha pasado a identificarse como opositor al franquismo desde posiciones democristianas aliado a los monárquicos partidarios de Don Juan como Gil Robles

Elecciones al Colegio de Abogados de marcado carácter político en plena dictadura franquista: Iturriaga gana a Ruiz-Giménez

HECHOS

El 20 de diciembre de 1969 se celebraron elecciones al Colegio de Abogados de Madrid.

Resultados a las elecciones para la renovación de la Junta de Gobierno del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

Candidatura de D. José Luis del Valle Iturriaga – 3.262 votos.

D. José Luis del Valle Iturriaga, D. Juan Pascual Sanahuja, D. Eugenio Mazón Verdejo, D. Antonio Blanco Gejo, D. Ramón Serrano Suñer Polo, D. Félix Ester Gálvez, D. Joaquín Fanjul Alcocer.

Candidatura de D. Joaquín Ruiz Giménez Cortés – 2.470 votos.

D. Joaquín Ruiz-Giménez Cortés; D. José María Villar Romero, D. Manuel Villar Arregui, D. Pablo Castellano Cardalliaguet, D. Jaime Gil Robles Gil Delgado, D. José Miguel Martínez González del Campo, D. Juan Mollá López.

El abogado D. Manuel Villar Arregui, destacado abogado y opositor a la dictadura desde posiciones demócrata-cristianas también forma parte de la lista del Sr. Ruiz Giménez. El Sr. Villar Arregui publicó artículos en el YA durante la campaña defendiendo la candidatura como la ‘demócrata’ y polemizando con el diario PUEBLO de D. Emilio Romero.

19 Diciembre 1969

EL GALLO EN MI CORRAL

Emilio Romero

No hubiera querido referirme otra vez al suceso corriente de los políticos, que cuando están en el poder se acomodan en la situación y cuando cesan se tornan críticos y dan muestras de inquietudes liberales. Pero una carta de don Manuel Villar Arregui publicada en YA discrepante de mi último artículo me obliga a remachar un poco este enojo clavo. ¡Bueno!

Antiguamente parece ser que los ministros que no estaban de acuerdo con decisiones a adoptar por el Gobierno, dimitían. Pero aquí no ha dimitido nadie hace un tercio de siglo. Ello quiere decir que los ministros son responsables de todo lo ocurrido en cuanto a programas y actos de Gobierno durante su periodo ministerial. Por eso sorprende que después de los ceses, adopten algunos ministros posiciones que no sostuvieron cuando estaban al frente de sus Ministerios. Ya puede el señor Villar Arregui hacer un afectuoso despilfarro filosófico en orden a la dimensión política de los ciudadanos, pues no habría manera de justificar ante esos ciudadanos el silencio y hasta las tragaderas, cuando se está en el poder, con la locuacidad y el aliento democrático fuera de él. A Joaquín Ruiz-Giménez, a quien profeso un afecto sincero, le tocó ser ministro en un periodo lógicamente triunfalista del Régimen, por la proximidad al desenlace victorioso de la guerra civil. Antes había sido embajador en la Santa Sede. Durante su gestión se advirtió la noble inquietud de dejar su huella, pero todo ello compatible con su

Lo que me parece dudosamente democrático es la anécdota que relata el señor Villar Arregui, según la cual siendo procurador en Cortes el Sr. Ruiz Giménez presentó su dimisión a Franco porque las Cortes Españoles aprobaron en el Pleno, con su voto en contra, la Ley de Asociaciones. ¿Ha meditado el señor Villar Arregui el alcance de aquel acto? Por este sistema no habría oposición ni objetantes en ningún Parlamento del mundo: si el hecho de no prosperar las cosas de acuerdo con los que votaran en contra, aconsejara dimisiones, las Cámaras no tendría razón de existir. Esta opinión laudatoria de Villar Arregui resulta delirante: a lo que parece, quinientos procuradores de las Cortes Españoles tenían que haber votado necesariamente de acuerdo con el Sr. Ruiz Giménez para que le orden democrático hubiera quedado asegurado.

El caso del Sr. Fraga no es el mismo, aunque su evolución del otro día fue de percusión. Todo el cuerpo político sabía que el tema de las asociaciones políticas estaba embarrancado. Se desprendía de sus palabras que tenía una encomiable y especial sensibilidad por ese asunto. Lo procedente habría sido decirlo, no a nivel de sus compañeros de Gobierno, sino ante la opinión pública como ha hecho ahora. También podía haber manifestado otros recelos e inquietudes respecto al Gobierno anterior. Estuvo callado hasta la interrupción de su actividad ministerial. Resulta que es costumbre decir desde el poder que todo va bien. Solamente el cese libra de las ataduras, y entonces el subconsciente aprisionado se desata y libera. Humanamente puede reclamar y obtener este comportamiento, comprensión. Políticamente no es airoso ni ejemplar.

Y ahora vamos a la acusación principal del señor Villar Arregui. Parece que le ha creado cierto malestar mi opinión de que Ruiz Giménez está hoy en el cenit de una posición difícilmente encuadrable en la legalidad. Sostiene mi contradictor que verter en público tal sospecha es, cuanto menos, una ligereza. Es verdadero que no deslizo ninguna sospecha. En el libro de Pániker dice Ruiz Giménez que cuando volvió a España llamado por el Jefe de Estado para ser ministro de Educación, llevaba ya dentro de mi la empresa de hacer evolucionar nuestras estructuras. Cosa que traté de hacer con toda mi alma, dentro de lo que podía y dentro de mi Ministerio. Y lo cual provocó, al fin, mi salida del Gobierno porque choqué con unas estructuras que no se dejaban modificar”. Más adelante se marchó de las Cortes, cuando el asunto de su voto discrepante, por ser contrario a estar dentro de esa Cámara, que está constituida con arreglo a una Ley Fundamental. Más adelante, sus publicaciones y artículos no están en la dirección que sigue la evolución del Régimen, sino que maneja otra evolución. Pues si no hay sospecha, sino testimonio, no hay ligereza.

A la única legalidad que me refiero es a la constitucional. Pero tampoco afirmo que la actual posición del ex ministro no sea encuadrable en la legalidad, sino que es difícilmente encuadrable.

En la última parte de la carta, el señor Villar Arregui escoge a las entidades naturales de nuestro ordenamiento jurídico como escudo para proteger el programa político de la candidatura en las elecciones del Colegio de Abogados, en la que aparece como candidato el propio remitente. Me doy perfecta cuenta que esta carta publicada en YA tiene más un propósito de propaganda de esa candidatura, que de controversia conmigo. Si le contesto es por amor al género epistolar, y quede constancia de que no hago vaticinios y cábalas de esas elecciones. Pero el argumento que expone no deja de tener gracia. Dice que en España no hay partidos políticos; tampoco hay asociaciones políticas. Ello es verdadero, “sólo quedan las entidades naturales y, entre ellas, las corporaciones profesionales”, dice. Entonces, como no hay cauce para la política, la mete por el Colegio de Abogados. ¡Delicioso! “No sólo tal actividad es perfectamente legal – dice con admirable impavidez – sino que además viene amparada necesariamente por nuestro ordenamiento constitucional”. No es ahora el momento de señalar las insuficiencias que padece nuestro orden constitucional para la canalización de las opiniones políticas (estoy seguro que las padece, probablemente por el retraso que llevamos en la cuestión del asociacionismo político), pero la ocurrencia de hacerlo por medio del Colegio de Abogados es memorable. La defensa que hace a la vez del orden constitucional Villar Arregui es, como dirían por los altos de la calle de Serrano, una ‘gozada’.

Emilio Romero

22 Diciembre 1969

LAS ELECCIONES DEL COLEGIO DE ABOGADOS

Emilio Romero

En mi último artículo referido a las elecciones del Colegio de Abogados señalaba que no haría cábalas ni vaticinios sobre el resultado. Acerté con esta medida de precaución. Intuía que ganaría José Luis del Valle Iturriaga, actual Decano; pero pensaba también que Joaquín Ruiz-Giménez obtendría una lúcida votación. Una vez que estas elecciones han tenido un claro planteamiento político, es necesario decir – por lo que tiene de exacto y de aleccionador – que la victoria ha sido clara, pero no rotunda; y la derrota ha tenido una asistencia de votos nada desdeñable y merecedora de atención. Un análisis de grandes trazos podría ser este: José Luis del Valle Iturriaga ha tenido a su lado un núcleo de abogados no interesados en la politización del cuerpo; y otro, han estado decididos a ofrecer resistencia a la penetración de la candidatura política encabezada por Ruiz-Giménez, portadora de ideas y de actitudes con las que no están de acuerdo o la consideran peligrosas. Joaquín Ruiz-Giménez, a su vez ha contado con la asistencia de profesionales de Derecho sensibilidades políticamente en torno a propósitos de revisión del presente político ha tenido votos procedentes de personas no situadas en la dirección de las creencias de Ruiz-Giménez, pero opuestas al régimen en su conjunto; más un reducto núcleo de objetantes a la política abierta el 29 de octubre.

Ha sido una confrontación a nivel de minorías – que es la única manifestación política activa del país – tras de la que se advierte el peso, todavía decisivo de la fuerza estabilizadas o de la situación y el progreso de los disentimientos. Las dos personalidades enfrentadas no representan en sí mismas fuerzas considerables de opinión, sino que circunstancialmente han polarizado o acaudalado diversidades de sentimientos, de encuadramientos y de actitudes.

La ventaja de la victoria del señor Del Valle Iturriaga consiste en que como no se proponía su candidatura otra cosa que objetivos profesionales, puede asumir ahora la representación de todos, incluidos sus oponentes; mientras que si hubiera vencido la candidatura de Joaquín Ruiz-Giménez se habría abierto una división de difícil soldadura en el Colegio de Abogados. La profesionalidad une; la política separa. También hay que añadir (ahora que a no se puede perjudicar la candidatura del Sr. Ruiz Giménez) que en el supuesto de que hubiera tenido su actividad de Decano menos audiencia en las áreas oficiales. No es lo mismo pedir o gestionar desde la oposición o la crítica contumaz que desde la habitualidad.

Si uno tuviera que felicitar desde estas columnas a alguien (que no lo hago, por la índole de estas elecciones) se lo merecería Ruiz-Giménez, por el número de votos obtenidos, y de paso también al Decano actual, por haber salido vencedor nada menos que de un adversario como Joaquín Ruiz-Giménez, que está bien visto por no poco Régimen mucha Roma y toda la oposición.

Los datos que me gustaría saber, a título de prospectiva política, serían: la distribución de abogados ejercientes que habían tenido uno y otro candidato: y la de jóvenes menores de treinta y cinco años. Esto nos daría una respuesta más interesante que el resultado mismo.

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