21 enero 1991
Teófilo Serrano será el nuevo Secretario General de los socialistas madrileños
6º Congreso del PSOE madrileño – Los ‘guerristas’ liderados por José Acosta desalojan a Joaquín Leguina de la Secretaría General, pero aceptan que siga siendo presidente de Madrid
Hechos
En enero de 1991 el congreso de la Federación Socialista Madrileña (FSM) reeligió a D. José Acosta Cubero presidente de la FSM y eligió a D. Teófilo Serrano a Secretario General.
Lecturas
¿EL FIN DE LA MESA CAMILLA?
Los Sres. Leguina y Acosta habían dirigido de manera conjunta la Federación Socialista Madrileña (FSM, PSOE de Madrid) desde 1979. Primero como Secretario General y Vicesecretario y, a partir de 1981 con D. José Acosta como Presidente de la FSM y D. Joaquín Leguina como Secretario General. El Sr. Leguina era, además, presidente de la Comunidad de Madrid desde 1983.
En 1990 D. Alfonso Guerra el todopoderoso Vicesecretario General del PSOE consideró que había que relevar a D. Joaquín Leguina como candidato del PSOE a la presidencia de Madrid (en las elecciones autonómicas de Madrid de 1991) y también como Secretario General de la FSM, repitiendo así el proceso de que el ‘aparato’ del PSOE controlado por los ‘guerristas’ ya había realizado en Andalucía relevando a D. José Rodríguez de la Borbolla. D. Joaquín Leguina buscó apoyos entre el ‘felipismo’ y logró mantenerse como candidato y, por tanto, como presidente de Madrid, pero a cambio de ganar esa batalla tuvo que renunciar a la secretaría general de la FSM en favor de D. Teófilo Serrano, el candidato propuesto por los ‘guerristas’, que se mantendría en el cargo hasta 1994.
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EL ‘CLAN CHAMARTÍN’ EN APOYO DE LEGUINA
05 Febrero 1991
Serrano y Leguina, dos hombres y un destino
Terminó el VI Congreso de la Federación Socialista Madrileña y los comentarios de la prensa señalan a Teófilo Serrano como el hombre del consenso. Como escribe Carmen del Riesgo en «El Sol»: «Todos reconocen en Serrano un gran poder de diálogo y de consenso, lo que ha demostrado, no sólo en el acuerdo alcanzado en la FSM, que considera bueno y necesario, «porque el mejor acuerdo es el posible , sino con su trabajo en los ministerios de Trabajo y de Administraciones Públicas, con Joaquín Almunia como titular, con quien, sin embargo, siempre ha mantenido diferencias solícitas. Teófilo Serrano -continúa Carmen del Riesgo- asegura que va a ser el secretario de toda la FSM y no sólo de uno de los bandos y considera que la dedicación al partido es tan importante como cualquier puesto en el Gobierno y necesita una dedicación plena. Lo primero que ha hecho ha sido dejar la Secretaría de Estado para las Administraciones Públicas para convertirse en un político profesional, porque cree que eso es bueno». «Abc» califica el desenlace del congreso como una «Vergonzosa rendición» en un editorial: «Teófilo Serrano se perfila corno el auténtico «hombre fuerte» de la Federación Socialista Madrileño, tras su reciente Congreso. El pulso que Joaquín Leguina parecía dispuesto a echar al guerrismo se salda con una ejecutiva salomónica con presencia de guerristas de obediencia estricta, ministros distantes de la órbita del ex vicepresidente e incluso miembros de Izquierda Socialista, corriente que fue laminada en el Congreso Federal. Pese a la retórica complaciente por la «integración» se intuye un equilibrio inestable y no cabe descartar fuertes tensiones en la hora inminente de las listas». El matutino insiste en que Leguina ha pagado un precio muy alto a cambio de no terminar igual que Borbolla: «Leguina ha perdido mucho poder, a cambio de no correr la suerte de Rodríguez de la Borbolla. Leguina y Barranco cuentan ya con la designación como candidatos a la Comunidad y al Ayuntamiento de Madrid, respectivamente. Joaquín Leguina, irregular usufructuario del despacho de la Puerta del Sol gracias al voto mercenario del tránsfuga Piñeiro, ha dicho que a él le gusta hablar claro: «Al pan, pan y al vino, vino», dijo. Le faltó añadir: ‘Y al sillón, sillón’ ». «Diario 16», por su parte, hace por boca de su retórico Graco referencia, no exenta de humor, al VI Congreso en estos términos: «No menos justos y soñadores anduvieron los imperiales madrileños en su conciliábulo pactado, en el cual armonizáronse los ronquidos del finado Leguina, del archiburócrata Teófilo, del edilable Barranco y de Acosta, barítono del orfeón de los pretorianos. La feroz polémica ideológica por un grandioso proyecto finalizó con el reparto de la calderilla. Los jóvenes bárbaros de Izquierda Socialista también durmieron, pero debajo de la cama y en compañía del gato. Pues bien, carísimo, evita dormir a consecuencia de gases letales y sé feliz en lo que pudieres». Fernando Jáuregui, por su parte, concluye en su columna de «Ya» que el clima «no es de concordia y solamente una victoria electoral en mayo salvaría a Leguina y Barranco de resultar hechos añicos por muchos de quienes ayer se veían forzados a aplaudirles».
14 Septiembre 1990
Madrid, primer asalto
EL INTERÉS con que se está siguiendo la batalla desarrollada en el seno de la Federación Socialista Madrileña (FSM) se debe a que se ha convertido en un ensayo general, en vísperas del 32º Congreso Federal del PSOE, de la resistencia de los sectores más abiertos de ese partido a la omnipotencia del aparato del mismo, identificado con lo que ha dado en llamarse guerrismo. Dado el papel central del PSOE en el actual sistema de partidos, el desenlace de ese enfrentamiento es decisivo para la configuración del panorama político en los años noventa, tras casi una década de hegemonía socialista y cuando el modelo organizativo que ha garantizado esa hegemonía parece haber entrado en crisis. Joaquín Leguina ha venido dirigiendo la FSM desde hace más de 10 años como cabeza de una alianza heterogénea de la que formaba parte, como minoría, el sector guerrista. No es ningún secreto que dicho sector, claramente mayoritario en el partido a escala nacional, vio con creciente desconfianza los desmarques de Leguina en episodios como la huelga general de 1988 y en otros. Para entonces, el antiguo aliado de Leguina y presidente de la FSM, José Acosta -no tenido por guerrista en sentido estricto-, había entrado, en el 31º congreso, a formar parte de la ejecutiva federal.
Seguramente Acosta no pudo dejar de observar en dicho órgano que su aliado y amigo estaba mal visto en las alturas. Tampoco pudo dejar de anotar lo que les había ocurrido a otros dirigentes regionales en parecida situación -como Borbolla- y a sus amigos respectivos. Fue Acosta el encargado de comunicar a Leguina que había perdido la confianza en él y que se proponía ofrecer al ex alcalde de la capital Juan Barranco la candidatura a la presidencia de la comunidad. Pero el antecedente de Borbolla enseña que para eliminar a un candidato, el aparato necesita previamente impedir que el eliminable cuente con una plataforma política propia dentro del partido. Es decir, que primero había que sacarlo de la secretaría general.
Todo hubiera podido transcurrir como en el antecedente andaluz de no mediar la determinación de Leguina de no irse sin pelear. Su argumento. fue desde el primer día que «al final, los militantes votan», y que éstos tenían derecho a saber quién o quiénes y por qué habían decidido sustituirle. Así, por primera vez en circunstancias similares, el aparato se encentró con que ya no bastaba con pasar la consigna a los notables, sino que se veía forzado a dar explicaciones; y que éstas debían ser, además, públicas, una vez que Leguina había planteado la batalla a la luz del día. Esto último ha resultado decisivo.
Seguramente Acosta y los guerristas se hubieran impuesto con relativa facilidad en las agrupaciones locales de no ser por esa dimensión pública alcanzada por el debate. Ello ha obligado a pronunciarse, primero, a varios ministros y, finalmente, a Felipe González, cuya propuesta de lista de consenso -«unitaria y plural»- para el congreso ha sido cogida al vuelo por unos y otros para evitar que la división se torne irreversible. Pero aceptar un desenlace en tablas significa de momento la renuncia por parte del guerrismo ampliado a la eliminación de Leguina por la vía rápida o borbollista, que es de lo que inicialmente se trataba. Entonces, el primer asalto sí tiene vencedores y vencidos.
Con vistas al futuro, y especialmente al 322 congreso, dos enseñanzas se deducen de lo anterior. Primero, que si bien es seguro que su control del aparato garantiza una amplia mayoría de delegados al guerrismo, la actual debilidad política de su jefe de filas, el vicepresidente del Gobierno, puede traducirse en alguna forma de pacto en cuyo contenido será seguramente decisivo el papel que decida desempeñar Felipe González (mediante signos como el sentido de la remodelación ministerial); es decir, que una mayoría en el partido no basta para imponer una línea de actuación dada si ella aparece como impresentable ante un cuerpo electoral que es en definitiva quien mañana votará en las urnas. Segundo, que, por ello mismo, el guerrismo sólo es imbatible si, aceptando sus reglas del juego, se renuncia a plantear la batalla a la luz pública.
El Análisis
D. Alfonso Guerra dictaminó: D. Joaquín Leguina debe caer, como antes que él el Sr. Escuredo o el Sr. Rodríguez de la Borbolla. Pero esta vez era diferente. El Sr. Leguina tenía su propio concepto de la política: «No caeré sin pelear».
El Sr. Leguina sabía que si le apeaban de la Secretaría General de la FSM perdía su plataforma para poder luchar luego por mantenerse como presidente de Madrid. Por tanto adelantó los tiempo, primero que el partido le blindara como candidato del PSOE a la presidencia de Madrid en las elecciones de 1991 y luego él cedía la secretaría general a los ‘guerristas’. Así lo hizo. D. Alfonso Guerra pudo presumir de aumentar su fuerza en la FSM, pero con el Sr. Leguina aguantando cuatro años más como presidente de Madrid (1991-1995) y convertido en un símbolo para todos los dirigentes socialistas que no estaban dispuestos a ceder ante el ‘aparato’ del Sr. Guerra.
Mientras D. Felipe González miraba para otro lado pero, a todas luces, simpatizaba con los que plantaban cara a su vicepresidente.
J. F. Lamata