18 agosto 2010

Convirtió el carlismo en

Muere Carlos Hugo de Borbón Parma, el último pretendiente a la corona por los carlistas

Hechos

El 18 de agosto de 2010 falleció D. Carlos Hugo de Borbón Parma.

Lecturas

D. Carlos Hugo de Borbón fue presidente del Partido Carlista y cabeza de lista de este partido por Navarra en las elecciones generales de 1979 en las que no logró su acta. Tras esta derrota presentó su dimisión como presidente del partido y se retiró de la política.

14 Agosto 2010

LOS MUCHOS ESCÁNDALOS DEL RIVAL DE JUAN CARLOS

Consuelo Font

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Hace unos días, Carlos Hugo de Borbón-Parma, de 80 años, eterno pretendiente carlista al trono de España, daba a conocer su grave estado de salud en un comunicado con tintes de despedida. «Estoy totalmente en manos de Dios» afirmaba, pidiendo a sus acólitos que siguieran apoyando su proyecto. En 2008 al duque de Parma se le diagnosticó un cancer de próstata, del que fue tratado con radioterapia en Viena, Holanda y en un centro de Barcelona, donde está ingresado.

Personaje muy controvertido, preconizó el carlismo de izquierdas que le enfrentó a su hermano, el ultraconservador Sixto de Borbón, y derivó en 1976 en la tragedia de Montejurra, con un saldo de dos muertos y numerosos heridos al enfrentarse ambas facciones. Fue también una bestia negra para el Rey Juan Carlos, contra el que conspiró sin tregua para arrebatarle sus derechos a la Corona, llegando a autoproclamarse Príncipe de Asturias en 1957.

Si polémica fue su actividad pública, no lo fue menos su vida privada, marcada por numerosos escándalos, como los enfrentamientos con su familia, en especial con su hermano Sixto y su madre, Magdalena, que le prohibió acceder a su lecho de muerte. O su matrimonio con Irene de Holanda, hermana de la actual soberana. La apartó de sus derechos al trono holandes por convertirse al catolicismo y acabó en divorcio.

Hugo de Borbón (se antepuso posteriormente el Carlos para legitimarse en el carlismo), nacido en París en 1930, era hijo de Magdalena de Bourbon Bousset y Francisco Javier de Borbón Parma que en 1975, tras sufrir un accidente, abdicó en él desatando una guerra familiar. Magdalena, secundada por Sixto y Francisca, acusó a Carlos Hugo, al que apoyaban sus otras hermanas Teresa, Nieves y Cecilia, de precipitar la muerte de su padre al sacarle del hospital para obligarle a cederle sus derechos.

DE PROFESIÓN, MINERO

Licenciado en Derecho y Económicas y profesor en Harvard, Carlos Hugo fue enviado a España en 1957 por su padre para aprender el idioma y reconstruir el partido carlista, algo que llevó a cabo desde posturas de izquierda, llegando a trabajar como minero en El Soton, Asturias. Sus relaciones con Franco fueron oscilantes: el caudillo le utilizó, como hizo con Alfonso de Borbón, duque de Cádiz, para evitar la unidad monárquica en torno al conde de Barcelona y tener a Juan Carlos atado en corto hasta nombrarle sucesor.

Pese a no tener nacionalidad española, lo que le descartaba para reinar, Carlos Hugo acarició expectativas ya que se casó en 1964 con Irene de Holanda, hija de la riquísima Reina Juliana, una boda dinásticamente impecable.

Viendo que sus aspiraciones a reinar se esfumaban, el duque de Parma se alejó de Franco, siendo expulsado de España en 1968 por su proximidad al nacionalismo radical. Se instaló en París, ofreciéndose como alternativa frente a Juan Carlos, al que acusaba de ser un títere de Franco.

Muerto el caudillo, en 1976 intentó regresar a España pero fue retenido en el aeropuerto. Hasta 1979 no logró la nacionalidad española, meses después de mantener un encuentro con el ya Rey Juan Carlos, tras el cual el carlista cesó en su disputa por la Corona. «Ni yo ni los intereses que represento tienen ambición de ocupar el lugar de Juan Carlos», declaró.

Se instaló con Irene y sus cuatro hijos en un chalé en las afueras de Madrid, ejerciendo como líder de un carlismo escindido. Tras presentarse en las elecciones de 1979 como candidato por Navarra y no lograr ningún escaño, dimitió en 1980 abandonando la política.

Fracaso paralelo al de su vida personal, ya que la princesa Irene había regresado a Holanda con sus hijos, pretextando una alergia. La realidad es que en 1981, un tribunal de Utrech sentenciaba su sorprendente divorcio de Carlos Hugo, por cuyo amor había renunciado a sus derechos al trono.

Años más tarde, la primogénita de la pareja, Margarita, enfrentada a su padre, reveló la existencia de un hijo extramatrimonial del aspirante carlista al trono, al que se refirió como «mi moreno medio hermano Javier» revelando que era «hijo de una gobernanta». ¿Fue la gota que colmó el vaso?

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#BODA POLÉMICA

Oposición real. El Príncipe Bernardo, esposo de la Reina Juliana, al enterarse de que su hija Irene se convertiría al catolicismo para casarse con Carlos Hugo, se presentó en Madrid para disuadirla de esta boda, que al final se celebró en la Iglesia de Santa María la Mayor, de Roma. A ella no acudieron los monarcas holandeses ni ningún representante de la realeza europea. En su luna de miel, Irene fue fotografiada en biquini, lo cual sentó mal en la España franquista. Mal comienzo…

19 Agosto 2010

El príncipe progresista del carlismo

Joaquín Bardavío

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Junto con su padre Don Javier, Carlos Hugo de Borbón libró la cuarta guerra carlista contra sus parientes Don Juan de Borbón y su hijo Don Juan Carlos. No hubo ejércitos enfrentados, aunque sí ideologías, ante la plácida mirada de Franco, que permitía que Don Juan y sus derechos dinásticos estuvieran zaheridos aunque fuera sin consecuencias.

El replanteamiento del asunto carlista proviene de la Ley de Sucesión, promulgada en 1947 y en virtud de la cual España se definía como un Reino que tendría un sucesor del Generalísimo, a título de Rey, cuando el mismo Franco tuviera a bien, y con el requisito de ser varón, español, de estirpe regia, mayor de 30 años y católico. Aunque, como se empezaría a demostrar pronto, los ojos de Franco estaban puestos en Don Juan Carlos de Borbón, se abría una puerta a otros aspirantes, como lo sería Don Alfonso de Borbón Dampierre, hijo mayor del hijo mayor de Alfonso XIII; el infante Don Jaime, quien había renunciado por sí y sus herederos debido a su sordomudez; y el ayer fallecido Don Carlos Hugo de Borbón Parma, economista por Oxford y doctor en Derecho por La Sorbona, de genealogía más enrevesada.

En septiembre de 1936 falleció en Viena Don Alfonso Carlos de Borbón, último pretendiente carlista, atropellado por un camión. Carecía de descendencia y dejó a su sobrino, Don Javier de Borbón-Parma, de nacionalidad francesa, como regente. En puridad genealógica, las ramas alfonsina y carlista se unen, pero no lo entiende así buena parte de la Comunión Tradicionalista, que apoya a Don Javier como Rey de España. Y como tal se proclamaría en Monserrat en una peregrinación de carlistas a ese santuario.

En 1956 delegó en su hijo Don Hugo, quien se apresuró a anteponer el nombre de Carlos en su partida de nacimiento en la diócesis de París. Él y sus hermanas María Teresa, Cecilia y María de las Nieves, con sus nombres castellanizados, trasladaron su residencia a Madrid, en la calle Hermanos Bécquer y en la misma casa donde residía el entonces ministro Carrero Blanco. La familia solicitó la nacionalidad española, que les fue denegada.

No obstante, Don Carlos Hugo prodigó su presencia física como representante de los carlistas y tuvo apoyos en algunos sectores del Movimiento Nacional. Recibió ayudas solapadas de algún ministro, como Arrese, y dio publicidad a su trabajo como minero en El Sotón, en Asturias, para presentarse con una imagen de perfil obrerista, como años después se presentaría a Don Alfonso de Borbón como falangista. Franco observaba sin gran interés las escaramuzas carlistas, aunque le complacían las reacciones airadas de Don Juan y sus leales ante la tolerancia de la propaganda del representante del carlismo.

Franco, por otra parte, tenía, cómo no, histórica simpatía por los bravos requetés que abrazaron su causa y que tuvieron gran relevancia en su victoria. Una de sus brigadas, la IV de Navarra, sufrió bajas excepcionales por su arrojo. De ahí que el Generalísimo tuviera, en la mayor parte de su mandato, ministros tradicionalistas como Rodezno, Esteban Bilbao o Iturmendi, y fueran procuradores en largas legislaturas los jefes netamente carlistas como Manuel Fal Conde y José Luis Zamanillo -estos dos últimos con serias reticencias al Generalísimo por su evidente inclinación dinástica alfonsina-. La defensa doctrinal de la causa la llevaban profesores como Francisco Elías de Tejada o Rafael Cambra.

Don Carlos Hugo contrajo matrimonio en abril de 1964 con la princesa Irene de Holanda, quien, al parecer, además de entusiasmo aportó algunos recursos ecnómicos a la causa carlista. Durante el viaje de novios un fotógrago captó a la princesa en ropa interior cuando se disponía a tomar el sol en la terraza de un hotel. La imagen fue publicada en Jours de France y los monárquicos juanistas pasaron gran cantidad de ejemplares para fastidiar a los partidarios de Don Carlos Hugo. Una anécdota que, en la mojigatería de la época, fue objeto de pródiga jocosidad.

En 1968 Franco dio por acabada la aventura de Don Carlos Hugo y lo expulsó de España, junto con su familia. El motivo fue que llevaban a efecto actividades incompatibles con su calidad de residentes extranjeros. Al año siguiente zanjaría la sucesión con el nombramiento de Don Juan Carlos de Borbón.

En 1975 Don Javier de Borbón -Parma abdicó en su hijo don Carlos Hugo, convirtiéndole en el pretendiente a la corona por los carlistas. Éstos se hallaban mermados desde diciembre de 1957, cuando importantes prohombres del tradicionalismo abrazaron la causa de Don Juan en un solemne acto en Estoril, donde reconocieron que, efectivamente, tras la muerte de Don Alfonso Carlos I, las dos ramas dinásticas españolas antes en disputa se unificaban en el heredero de Alfonso XIII.

Don Carlos Hugo intentó entrar en España en marzo de 1976, lo que fue impedido por las autoridades. Pero pasó la frontera clandestinamente para acudir a la romería de Montejurra. Para entonces había evolucionado a una vía de izquierda, al margen del tradicionalismo de siempre de los carlistas. En la Transición se sumó a la lucha por una España democrática, tendiendo la mano a liberales, socialistas, democristianos, comunistas y nacionalistas vascos o catalanes.

Su hermano Don Sixto, al que apoyaban algunos ultraderechistas, quiso ocupar su lugar como jefe de los carlistas ortodoxos. El cisma se dirimió a tiros en la citada romería de Montejurra. El encontronazo entre las dos facciones se saldó con dos muertos entre los partidarios de Don Carlos Hugo. La reconciliación dinástica, al menos a efectos prácticos, vendría con el permiso para residir en España que en 1977 se le dio a Don Carlos Hugo. En marzo del año siguiente el Rey Don Juan Carlos le recibió en audiencia en el Palacio de la Zarzuela como a un pariente o, al menos, como a un amigo. Y en 1979 obtuvo por fin la nacionalidad española. Ese mismo año, al frente del Partido Carlista, que se definía como «autogestionario», se presentó a las elecciones en Navarra. Obtuvo algo menos del 8% y no salió elegido. Encajó bien el golpe, aunque le dolió.

En noviembre de 1979 dimitió de la presidencia del partido y al año siguiente dejó la política y marchó a Estados Unidos como profesor universitario. En tanto, años atrás se había producido su divorcio de la Princesa Irene. En la última década había residido en Bruselas.

20 Agosto 2010

Carlos Hugo, el príncipe intrépido

Fernando García Romanillos

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Con el fallecimiento del príncipe Carlos Hugo de Borbón, el 18 de agosto, espero que no se repita la fea costumbre de llenar de ditirambos a quien en vida se le quiso rodear de silencio. Que los estudiosos coloquen en el lugar histórico que se merece al príncipe de los carlistas, que junto a sus defectos portaba reconocidas cualidades de sabio, inteligente, intrépido y, por encima de todo, honesto.

Le vi hace dos meses, en el rincón de la costa catalana donde vivió estos dos últimos años. Disimulando las huellas de su penosa enfermedad con la vitalidad que conservaba a los 80 años y olvidando recomendaciones dietéticas, hablamos más de lo humano que de lo divino alrededor de una fritura de pescado y unas cervezas, sabiendo que posiblemente sería nuestra última tertulia. Se explayó sobre lo que ahora estaba investigando y escribiendo: el gobierno de las finanzas globales, las políticas monetarias y el desarrollo de los pueblos.

El líder carlista, jefe de la dinastía Borbón-Parma, duque de Parma, profesor en Harvard, graduado en Oxford y la Sorbona, conspirador antifranquista, expulsado de España por Franco en 1968 a punta de metralleta, renovador ideológico del carlismo junto a sus hermanas Mª Teresa, Cecilia y Mª de las Nieves, orgulloso de los cuatro hijos de su matrimonio con la princesa Irene de los Países Bajos, protagonista desde el exilio de la Transición a la democracia… fue un rebelde con causa.

Don Carlos tuvo una infancia y adolescencia marcadas por el compromiso de su padre, el viejo rey Javier, en la Guerra Civil española que sus requetés ganaron en las trincheras y perdieron en los demás frentes, y en la Segunda Guerra Mundial como colaborador de la Resistencia, apresado por Hitler y condenado al campo de exterminio de Dachau. Aquellas vivencias le enseñaron, decía, a no amilanarse ante las adversidades.

Expulsión de España

Con ese bagaje, más la preparación académica y el ejemplo paterno, se lanzó al empeño que lo convierte en protagonista de la España del siglo XX: la compleja transformación de una arcaica Comunión Tradicionalista en un Partido Carlista popular, enfrentado al fascismo de Franco y comprometido con la libertad y la democracia desde un pensamiento socialista.

Ese fue su proyecto político. No cabe, pues, describirlo como un pretendiente o un aventurero. Por eso, cuando Franco se percató de que el príncipe carlista había desprovisto al régimen de una de sus patas ideológicas, en 1968 expulsó de España a toda la Familia Borbón-Parma. La oligarquía, gran parte de la nobleza y la más rancia derecha social y política española y europea nunca perdonaron a Carlos Hugo su trayectoria política, hasta el punto de querer ignorar la cordial relación con su primo Juan Carlos I, sin renunciar a sus derechos históricos.

De regreso a España en 1978 desde el exilio, dejó claro que no venía a disputar el trono, sino a encabezar un partido político democrático, el Carlista, que sin apoyos internacionales y financiado con el patrimonio de los Borbón-Parma puesto al servicio de la causa, no obtuvo réditos electorales. Ahí terminó una apasionante andadura. En 1980 aceptó la invitación de su amigo el Nobel de Economía John K. Galbraith para investigar y enseñar en la universidad de Harvard.

De vuelta a Europa en 2000, reclamado por el Gobierno regional de Parma (Italia), en los últimos años ha revitalizado ese ducado tan ligado a la monarquía española. Su Alteza Real Don Carlos Hugo de Borbón-Parma y Borbón, como jefe de la dinastía carlista, ha sido depositario del legado histórico de una rama de la Casa Real española que ahora recae en su primogénito, Carlos Javier de Borbón-Parma y Oranje Nassau.

Genio y figura, nos ha dejado mientras miraba al Mediterráneo, ligero de equipaje.

22 Agosto 2010

El príncipe minero ha muerto

Jaime Peñafiel

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En Barcelona y de un cáncer de próstata ha muerto Carlos Hugo de Borbón Parma, el príncipe que «junto a su padre don Javier libró la cuarta guerra carlista contra sus parientes don Juan de Borbón y Juan Carlos», como recuerda Joaquín Bardavío en EL MUNDO. Y lo hizo con el consentimiento de Franco para fastidiar al Conde de Barcelona y probar a su hijo como sucesor a título de rey, digo yo. Hasta que, en 1968, le expulsó de España por haberse extralimitado en sus actividades conspiratorias. Pero fue un gran hombre, al que tuve la oportunidad de conocer y tratar. Lo descubrí cuando trabajaba, bajo el nombre de Javier Ipiña, como minero en un pozo de la cuenca carbonífera del Nalón. La publicación de aquella noticia no pudo ser más espectacular. Decenas de periodistas españoles y extranjeros llegaron a Asturias en busca del príncipe minero. Exactamente, lo que él pretendía. ¿Otro más con posibilidades de llegar a ser candidato a la Ley de Sucesión? «No olvides que también es católico y de familia real», le confesó Franco a su primo Salgado Araujo. Como Alfonso de Borbón Dampierre, el tercero en discordia. En esto, el general era muy ladino, muy cruel con el Príncipe Juan Carlos.

Una historia político-sentimental

Se crea o no, la boda del príncipe Carlos Hugo con la princesa Irene, hija de la reina Juliana de Holanda, fue un paso más, el más importante a mi juicio, dado por el príncipe francés en su camino a la corona de España. Es de justicia reconocer que la princesa Irene fue a este matrimonio con plena libertad, obligada, tan sólo, por los sentimientos que el príncipe había sabido despertar en ella. Desde que se hicieron novios, todos los pasos dados en esta historia político-sentimental se atuvieron a un plan preconcebido y disciplinado, encaminado a dar la gran campanada que atraería la atención mundial. Cuando este columnista descubre, el 29 de enero de 1964, a la princesa Irene comulgando en el templo de Los Jerónimos, prueba inequívoca de haberse convertido al catolicismo, llegué a la conclusión de que la hija de la reina Juliana era ya una mujer prometida y comprometida. Prometida a Carlos Hugo y comprometida con una causa política: su aspiración al trono de España. Mientras tanto, el pobre Príncipe Juan Carlos permanecía prisionero en La Zarzuela, sin poder hacer nada y, lo que es peor, sin saber qué iba a ser de su vida. Parecía un candidato más en expectación de destino por voluntad de Franco. Tragando quina. Como la soberana de los Países Bajos, quien, en una dramática alocución, había manifestado que la boda de su hija no se llevaría a cabo jamás.

Una dramática boda ¿por amor?

El precipitado anuncio de la boda de Carlos Hugo e Irene se debió a un intento de anticiparse a una serie de maniobras políticas holandesas para impedir dicha unión, que tendría lugar el 29 de abril de 1964. La ciudad elegida, Roma; la iglesia, la basílica Santa María La Mayor. El lugar donde se hospedaron, el Gran Hotel, donde había vivido su exilio y fallecido, el rey Alfonso XIII. Todos los escenarios, de mucha evocación española. Como correspondía a un pretendiente al trono de España. Este periodista fue uno de los pocos que tuvieron acceso al interior de la basílica, para ser testigo de una boda celebrada bajo un clima de intensa y dolorosa emoción. Aunque Irene ya conocía la decisión de sus padres y hermanas de no asistir a la boda, esperó hasta el último momento que el milagro de la presencia familiar se produjera. Pero, cuando la novia, con quince minutos de retraso, hacía su entrada entre vítores a España y a Cristo Rey, me dispuse a presenciar la boda más triste de todas las que hasta entonces había asistido. Entre aquel maremagnum de españoles, muchos de ellos tocados con la boina roja carlista, se encontraba un grupo de holandeses que dejaron sentir su emotiva presencia cuando, al entrar la princesa Irene en la basílica, entonaron el himno nacional holandés.

Como Máxima, años después

La novia, serena pero pálida, al oír a sus compatriotas prorrumpió en sollozos. Sus pensamientos volaron entonces hacia su país, hacia sus padres, sentados ante el televisor llorando. Años después, se repetía este dramático momento cuando Máxima -al escuchar el tango de Piazzola que el novio le ofreció para compensar la ausencia de sus padres, a quienes no se les permitió asistir por haber sido el señor Zorreguieta ministro del dictador Videla- rompió a llorar en el día de su boda con el príncipe Guillermo de Holanda. Arrodillada sobre un almohadón de seda, lleno de tierra holandesa, Irene se convirtió para su suerte (pero sobre todo para su desgracia) en la esposa del hombre por quien había sacrificado todo. Un hombre muy inteligente que creyó tener derecho al trono español. El sueño duró hasta que Franco lo expulsó del país. En 1981, el matrimonio se divorciaba. Triste fin de una apasionada historia ¿de amor? Pero ella contará siempre con mi admiración y respeto. Como Carlos Hugo de Borbón, «otra forma de sentir España por parte de un descendiente directo de Felipe V, el primer rey de la dinastía borbónica» (Benigno Pendas en Abc).

29 Agosto 2010

Carlismos

Jon Juaristi

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CARLOS Hugo de Borbón-Parma aceleró la implosión que el carlismo había comenzado a sufrir cuando ganó su última guerra, en 1939. El movimiento debía su longevidad a haber perdido todas las anteriores. Nunca alcanzó el poder, lo que le permitió sobrevivir en la pequeña política local como una alternativa inédita, mientras las camarillas que rodeaban a los pretendientes se extenuaban en conjuras domésticas que terminaban por lo general en anatemas y expulsiones. Por otra parte, la línea sucesoria carlista tuvo una mala suerte genealógica parecida a la de los Estuardo. La falta de descendencia de los dos últimos sucesores por vía directa de Carlos María Isidro de Borbón obligó a recurrir a la rama Borbón-Parma, que parte del carlismo rechazó, llevando a sus filas la querella dinástica.
Lo mejor del carlismo estuvo siempre en sus bases populares, que representaban la continuidad antropológica de la antigua España. Hubo, en efecto, una cultura carlista propia de determinadas regiones (sobre todo del norte) que mantuvo asombrosamente en vigor la unidad de religión, economía y moral pública, instancias que la modernidad separa y enfrenta. En ese complejo armónico que sus gentes llamaban tradición residía la fuerza del carlismo, pero también su debilidad, porque lo aislaba de una nueva civilización que implicaba crítica, pluralismo político y revolución en las costumbres.
Yo creo que Carlos Hugo de Borbón-Parma se dio cuenta de que la cultura carlista no resistiría el choque con la modernidad democrática, y quiso salvar de ella lo esencial, lo vivo que había en ella, dejando que lo meramente reaccionario se desprendiera como una cáscara fósil. Pero no acertó a hacerlo. Si se hubiera decidido desde el principio a aparcar el legitimismo y a organizar a sus seguidores en un partido democrático de inspiración cristiana, socializante sin estridencias y bien apoyado en un sindicalismo católico, el carlismo podría haber cumplido un papel importante en la Transición. Lo intentó tarde y precipitadamente, consiguiendo sólo que el movimiento se fraccionara en corrientes mutuamente hostiles.
Tras su muerte, sigue don Carlos Hugo suscitando controversia entre los grupos residuales del carlismo, todos ellos extraparlamentarios y sin recursos económicos, como tantos que pueblan la blogosfera. La más injusta y absurda de las acusaciones que los más rencorosos le han dirigido estos días es que nunca le importaron España ni el carlismo. Una sandez, se mire por donde se mire. Lo que pasa es que no tuvo instinto de líder político. Las muchedumbres que acudían a Montejurra le querían con delirio, y él a ellas, sin duda, pero le faltó un lenguaje claro. Manejaba clisés como el del socialismo autogestionario, difíciles de entender salvo para su círculo de universitarios antifranquistas, que se entusiasmaban con las teorías yugoslavas de Kardelic y los programas de la CFDT francesa, pero no sabían gran cosa del mutualismo tradicional español y ni siquiera habían leído a Costa. Se le tachó de marxista, pero nunca descendió de la superestructura a la política real. Faltándole condiciones, podría haberle asistido la caprichosa fortuna, lo que no fue el caso. Algún honor, con todo, se le debe.

02 Septiembre 2010

Carlos Hugo, la utopía romántica carlista

Raúl Morodo

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En los veranos, por tierras catalanas, en Garraf o en Sitges, solíamos vernos, mi familia y yo, con don Carlos y con su hermana doña María Teresa, que pasa siempre unos días en nuestra casa. Este agosto, María Teresa, con sus hermanas y sobrinos, vinieron junto a Carlos. Decidimos acercarnos a Garraf y, en un restaurante marinero, almorzar todos, pero ya Carlos no pudo incorporarse: estaba todavía lúcido, pero necesitaba volver a la clínica barcelonesa, en donde fallecería pocos días después.

Conocí a Carlos Hugo de Borbón-Parma, más o menos, hace 40 años en Madrid. Desde entonces, lo traté con más frecuencia, establecida ya la democracia. Aunque en sectores políticos distantes, lo encontré, desde que tuve relación con él, un hombre digno y sin dobleces: amable y sencillo, inteligente y culto sin afectación (graduado en La Sorbona de París y en Oxford; más tarde colaborador y gran amigo de Ken Galbraith en Harvard), viajero curioso y atento autor de libros, lector incansable, rara avis en las familias de la Casa Borbón (Pedro Sainz Rodríguez, con su habitual socarronería, solía decir que «los Borbones leen solo las actas de nacimiento»). Y algo más importante: nunca con rencores y siempre, con su fondo humanista, atento a la amistad que gratifica. Ha fallecido con 80 años, pero con juventud de espíritu y entusiasmo de adolescente intactos: un hombre que, con generaciones tras de él, ha representado, después de su padre don Javier -«el viejo Rey», para los carlistas- y como príncipe, una ideología y un movimiento, siempre polémicos, que han estado muy presentes, más de siglo y medio, en nuestra historia contemporánea.

La personalidad de Carlos Hugo, así como su actuación pública, debe mucho a su padre, don Javier, y a su romanticismo cristiano. Aunque Don Jaime, el más heterodoxo y progresista pretendiente carlista, amigo de Blasco Ibáñez y de Valle Inclán, que recibió la Gran Cruz de la Legitimidad Proscrita, saludara a la República instando a «respetar la voluntad nacional», lo cierto es que, poco más tarde, falangistas, carlistas y alfonsinos, dirigidos por militares, destruyeron la Republica. Sin embargo, al iniciarse la organización del nuevo Estado vencedor, don Javier se opuso a Franco: los carlistas eran fuertemente católicos, y católicos tradicionales, pero no totalitarios. En la Salamanca de la Guerra Civil, con el Decreto de Unificación, se produjo la primera tensión del carlismo con Franco, a la que siguieron muchas. En el campo de concentración nazi de Dachau, don Javier será encerrado por su colaboración con la resistencia francesa. Junto con Leon Blum, jefe socialista francés, logrará sobrevivir y será liberado por los aliados, con 39 kilos de peso. Los nazis preguntarán a Franco qué hacer con él, y aquel responderá que es asunto alemán.

Adaptación progresista

Desde este antifascismo radical, por creencias y vivencias paternas, Carlos Hugo, desde los años sesenta, como la mayoría de los grupos emergentes democráticos, comenzará, dentro del marco universitario joven, la revisión crítica del carlismo y su adaptación progresista a la realidad española. El carlismo de don Javier y don Carlos será ya oposición nítida y habrá clara diferenciación con el integrismo y tradicionalismo colaboracionistas. Sin duda, existirán tanteos y ambivalencias, pero la línea quedará marcada de forma irreversible.

A finales de 1968, es expulsada de España toda la familia carlista y comenzará la etapa de unir esfuerzos con toda la oposición democrática: Asamblea de Cataluña; activismo reforzado interno y exterior, este dirigido por María Teresa; Consejo de Europa; Junta Democrática; Convergencia Democrática. Carlos y María Teresa, su más próxima colaboradora, lanzarán dos libros con su proyecto de socialismo democrático y humanista, que denominarán «socialismo autogestionario».

En las primeras elecciones democráticas, en 1977, el Partido Carlista no pudo participar con sus siglas, igual que le sucedió a Esquerra Republicana de Cataluña: creo que por estar cada uno preocupado por sus problemas, debimos, como oposición que negociaba con el Gobierno, presionar más para su legalización.

Superada la Transición, consolidada la democracia, Carlos se alejó de la política activa: con un silencio consciente y con sosiego distante. Sin perder su horizonte utópico, se dedicó al estudio y la investigación. En todas estas últimas décadas en que disfruté de su amistad y conversación, incluyendo divergencias, jamás lo percibí como vencido frustrado, sino como observador animado, crítico y próximo de la nueva realidad global y sus desafíos, sin excluir una serena nostalgia: nunca los anticipadores de los cambios son administradores del poder.

Fue, así, un hombre bueno, comprometido con una democracia progresista y que hizo también su propio camino al andar. Un largo trabajo al que se sentía obligado como un deber cívico: ayudar a fortalecer la tolerancia y la libertad, sin las que, unidas a una solidaridad social, no es posible una real convivencia entre todos los españoles.

El Análisis

YA HABÍA MUERTO HACE DÉCADAS

JF Lamata

El movimiento carlista había sobrevivido tras perder tres guerras civiles, pero a lo que no pudo sobrevivir es a ganar una. Siempre había estado a la contra. Cuando los carlistas, encapsulados en la Comunión Tradicionalista, se alistaron con los nacionales del general Franco en 1936 para vencer a los del Frente Popular hacían un movimiento lógico para un grupo integrista cristiano, pero estaban sentenciando su futuro, porque acaban de entrar en el poder, lo que les inhabilitaba para presentarse como ‘los que juegan a la contra’. Franco decretó la fusión del carlismo con Falange [Falange Española Tradicionalista y de las JONS] creando el Movimiento Nacional, a partir de ese momento el carlismo estaba muerto.

D. Carlos Hugo de Borbón trató de sacarlo de su tumba convirtiendo el carlismo en un grupo político defensor de la democracia, el socialismo y el foralismo, pero a la vez mantenía la reivindicación de la corona para él, cuando a gran parte de la sociedad mantener esa disputa por la rama al trono carlista en 1976 no podía ser más arcaico. D. Carlos Hugo de Borbón no tenía nada que hacer ante D. Juan Carlos de Borbón, mucho más espabilado y conectado con la realidad de su tiempo. La tragedia de Montejurra terminó de fumigar al carlismo y a D. Carlos Hugo sólo le quedó confiar en, al menos, sacar un acta para poder ser diputado por Navarra en 1979, no sacó ni eso.

Desde entonces estaba retirado de la política y sólo asomó la cara para alguna entrevista ocasional en TV3, la televisión pública donde mejor recibían a todo aquel que quisiera rajar contra la monarquía española.

J. F. Lamata