28 septiembre 1970

El nuevo dictador de Egipto será Anuar el Sadat

Muere el dictador de Egipto, Gamal Abdel Nasser, que intentara sin éxito liderar el mundo árabe, le sucede Sadat

Hechos

Muere el 28.09.1970 el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser.

Lecturas

En 1967 fue la derrota de Egipto en la guerra de los 6 días. 

Una crisis cardiaca ha terminado este 28 de diciembre de 1970 con la vida de Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto que tratara sin éxito erigirse como líder del mundo árabe.

Nasser tenía 52 años. Nacido en el seno de una familia muy humilde (su padre era empleado de Correos) ingresó en la academia Militar en 1937; tres años más tarde recibió los galones de subteniente y en 1948 tomó parte en la guerra contra Israel, en la que recibió grandes heridas. Al termino de ese primer conflicto arabe-israelí, Nasser era ya coronel.

Fundador del Comité de Oficial Libres que en julio de 1952 derrocó a Faruk, en 1954 asumió la presidencia de Egipto.

Desde el Gobierno Nasser desplegó una ingente labor; en el terreno de la política exterior impulsó la unidad árabe contra el enemigo común y puso en pie, a través de la conferencia de Bandung, el neutralismo activo o tercera posición, que ganó rápidamente adepto en todo el Tercer Mundo.

En materia de política interior, llevó a cabo una importante reforma agraria y nacionalizó los resortes fundamentales de la economía egipcia. Su enfrentamiento con Francia y Reino Unido a raíz de la nacionalización del canal de Suez terminó por erigirle en líder del conjunto del mundo árabe, a pesar de que no pudo cumplir su proyecto de unificar Egipto con Siria, Yemén e Irak. Las dos primeras llegaron a integrarse en Egipto formando una República Árabe Unida (RAU), que no llegó a consolidarse.

La muerte de Nasser supone un duro golpe para el nacionalismo árabe y para el conjunto de las naciones no alineadas.

El hasta ahora Vicepresidente de Egipto, Anuar el Sadat, le reemplazará como presidente y dictador de Egipto.

En octubre de 1973 Sadat entrará en otra guerra entre Egipto e Israel. 

30 Septiembre 1970

Un problema internacional y otro sucesorio

Miguel Torres

Leer

Con terca e inquietante insistencia, las negras nubes de la tormenta se ciernen sobre el Mediterráneo y el Oriente Medio. La tensión ha ido creciendo durante los últimos años hasta desembocar en estos días de paroxismo. Húmeda aún la tinta de las firmas con que se pone fin, al menos de momento, a la guerra civil en Jordania, conflicto que estuvo a punto de producir una intervención militar extranjera en la región, moría en El Cairo, el presidente Gamal Abdel Nasser, la figura política más prestigiosa y más influyente, con mucho, del mundo árabe.

El destino hizo que en los mismos momentos en que Nasser agonizaba el presidente Richard Nixon se dirigiera al ‘Saratoga’ para pasar revista a las unidades de la VI Flota que patrullan el Mediterráneo y que se miden en un tenso silencioso y expectante duelo de gigantes con los navíos de guerra soviéticos que utilizan los puertos egipcios de Alejandría y Port Said.

Quizá Nixon meditara esa noche a bordo de uno de los gigantes del mar, en las gravísimas consecuencias que tienen los grandes errores. La Historia acaba siempre por pasar factura. Errores como el de – era entonces Nixon vicepresidente de su país – la negativa a los créditos necesarios para construir la presa de Assuan, clave del desarrollo egipcio, y que hicieron girar a Nasser en dirección a la Unión Soviética. También podían meditar en las reiteradas negativas de Nasser, años atrás, a que la Flota soviética recalcara en puertos de la RAU. La negativa se transformó con los años en una petición, y gracias a la presencia de navíos rusos en Alejandría y Port Said estos puertos no han sufrido el mismo destino de ruinas bajo las bombas israelíes que Suez o Ismailía.

La muerte de Nasser se desdobla en dos inquietantes vertientes, una interior y otra exterior: la lucha por el poder en la RAU y la amenaza contra una solucion pacífica al conflicto de Oriente Medio. Desaparecido en circunstancias no bien explicadas todavía al mariscal Abdel Hakim Amer, quien durante años fue el ‘número uno bis’ aparece en primer lugar Alí Sabri, ex secretario general de la Unión Socialista Árabe (partido único del país), rodeado de jóvenes marxistas que desearían empujar al Régimen hacia un camino más netamente socialista. Alí Sabri está en muy buenas relaciones con Moscú, lo que puede ser un factor decisivo en estos momentos. A la derecha, representando a la burguesía, se encuentra Zacharias Mohieddin, durante muchos años ministro del Interior, y cuya experiencia en los problemas de seguridad tendrá importancia a la hora de decidir. Mohieddin es uno de los jefes históricos de la Revolucion más pro-occidentales. También hay que contar con Anwar Sadat [Anuar el Sadat], vicepresidente de la RAU y actual presidente en funciones, estrechamente unido a Nasser. Hassanein Heykal, ministro de Orientación Nacional y director del diario Al Ahram, autor de los famosos comentarios que publica los viernes (en el mundo periodístico se le conoce como ‘el oráculo de los viernes’) representaría un equilibrio entre las tendencias y una continuidad con Nasser, de quien fue amigo, confidente y consejero. El general Mohamed Fawzi, nombrado por Nasser ministro de Defensa en los difíciles momentos posbélicos de 1967, puede cerrar esa lista.

En las manos del hombre que suceda a Nasser en la presidencia del país árabe más importante estará en gran parte el porvenir de Oriente Medio. Ninguno tendrá su prestigio, pero confiemos que tenga su realismo.

Miguel Torres

El Análisis

Nasser: El sueño de la RAU que no llegó a cuajar

JF Lamata

Con la muerte de Gamal Abdel Nasser en 1970, Egipto pierde a su figura más emblemática del siglo XX. Militar, revolucionario, presidente y arquitecto del panarabismo moderno, Nasser representó para millones de egipcios y árabes la esperanza de un mundo árabe unido, fuerte, laico y libre de la tutela colonial. Su retórica incendiaria y su carisma lo convirtieron en un símbolo anticolonialista, capaz de nacionalizar el canal de Suez sin temblar, y de enfrentarse a potencias como Francia y Reino Unido en plena Guerra Fría. Su régimen, marcado por un socialismo árabe autóctono, reformas agrarias, y una férrea autoridad central, sentó las bases de un Egipto moderno, aunque no plenamente democrático.

Pero el legado de Nasser no es sólo luz, también tiene sombras que han dejado huella. Sus ambiciones regionales fueron derrotadas en el campo de batalla: primero en 1956, y luego, de forma humillante, en 1967 durante la Guerra de los Seis Días, donde Israel no solo defendió su existencia, sino que amplió ampliamente sus fronteras. Su proyecto estrella, la República Árabe Unida —que unió a Egipto con Siria y brevemente con Yemen— terminó desintegrándose, como un castillo de arena golpeado por los vientos de las rivalidades internas y el peso del pragmatismo nacional. Nasser quiso ser la voz del mundo árabe… pero al final, su voz resonó más en El Cairo que en Damasco o Bagdad. Se va un líder que quiso cambiar la historia. La cambió, sí, pero no como él soñaba.

J. F. Lamata