27 abril 1999

Muere el ex ministro franquista Alfredo Sánchez Bella: el también ex ministro Joaquín Ruiz Giménez le defiende ante las críticas en prensa

Hechos

En 27.04.1999 se hizo público el fallecimiento de D. Alfredo Sánchez Bella, ex ministro de Información.

Lecturas

En 27.04.1999 se hizo público el fallecimiento de D. Alfredo Sánchez Bella, ex ministro franquista de Información durante un periodo de Gobierno del General Franco.

El artículo contra él que, ante su fallecimiento publicó Dña. Maruja Torres contra el Sr. Sánchez Bella en EL PAÍS causó que otro exministro franquista, D. Joaquín Ruiz Giménez, conocido por haber defendido la democracia durante los último 15 años de dictadura, publicó una carta de protesta en EL PAÍS.

Fue la última polémica del Sr. Ruiz Giménez, que fallecería diez años después, en agosto de 2009.

27 Abril 1999

El hombre que cerró el «Madrid»

Joaquín Bardavio

Leer

Me sorprendió en su despacho de presidente del Banco Hipotecario, al que había llegado tras cesar como ministro en 1973. Estábamos hablando de política europea y se enganchó con un dato que no recordaba. Tomó el teléfono y le dijo a su secretaria: «Póngame con el señor Fanfani». Al minuto descolgó el auricular y exclamó: «¡Amintore!». Y charló un buen rato con aquel puntal de la gobernabilidad italiana. Alfredo Sánchez Bella, que acaba de fallecer a los 82 de años de edad, era franquista ortodoxo, pero se movía por la política romana con extraordinaria soltura, en especial con los democristianos. Fue hombre expansivo; fue embajador en Santo Domingo, Bogotá y Roma y solía decir que una embajada es «marco y cocina», pompa y comedor. Lo demás surgía de ambos factores hábilmente combinados.

Creció en Valencia, donde se licenció en Filosofía y Derecho. Desde su juventud se desenvolvía en medios de la militancia cristiana. Preside las Juventudes de Acción Católica de Valencia y secretario general de Pax Romana. Su hábitat político gira en torno a importantes hombres de la época como los ministros Martín Artajo, Castiella y Ruiz-Giménez, quien le aúpa a la dirección del Instituto de Cultura Hispánica. Desde Roma cultivó a Carrero Blanco con largos informes sobre Europa y sobre la misma Italia, que resultaban valiosos por su accesibilidad a sensibles fuentes de información.

Cuando fue nombrado ministro de Información y Turismo en 1969, en sustitución de Fraga, la clase política se extrañó. No era cartera que se antojaba a su medida. A él le hubiera gustado más Comercio. Una vez en el cargo, se percató de que tras su dilatada lejanía de España apenas conocía personas para ocupar sus direcciones generales. Carrero Blanco le recomendó a Adolfo Suárez como gestor de RTVE. En noviembre de 1971, cerró el diario Madrid, que ya llevaba plomo en las alas desde la etapa Fraga. Su cruz en el Ministerio fue el propio Suárez, quien le puenteaba ostensiblemente para despachar con el Carrero, con el que tenía una fluida relación. Por otra parte, Sánchez Bella recibía las incómodas presiones de Carmen Polo de Franco para que airease en televisión a su yerno Alfonso de Borbón a lo que Suárez se negaba y beneficiaba en espacios al Príncipe Juan Carlos. Las tiranteces entre ambos fueron ostensibles.

Impulsivo y temperamental, Sánchez Bella tuvo también roces con otros miembros de su equipo. Inteligente y listo, terminó su carrera política para dedicarse a actividades privadas. Montó una empresa para invertir en oro a través de una sociedad londinense. Y al final, apareció sorpresivamente como primer ejecutivo de Grand Tibidabo con el talante expeditivo que animó su vida.

29 Abril 1999

Q.E.P.D.

Maruja Torres

Leer

Tras el fallecimiento de Alfredo Sánchez Bella, ha sido increíble la delicadeza con que los comentaristas de finados han transcurrido por el capítulo del cierre del diario Madrid en 1971. Más sorprendente, aún, resulta la falta de referencias a su intervención contra la película El verdugo, de Luis G. Berlanga, cuando se proyectó en el festival de Venecia de 1963, siendo el hoy difunto embajador de España en Roma. El tipo, que en paz descanse, andaba mosqueado porque, con motivo del certamen, la izquierda italiana había organizado protestas contra el franquismo, pidió una proyección privada. No le gustó la peli, y escribió al ministro de Asuntos Exteriores, Castiella, para quejarse de que el régimen favoreciera la película de «un comunista». Franco quiso ver también el filme y, consumado el evento, pronunció una frase histórica: «Berlanga no es un comunista. Berlanga es un mal español». Cuando sustituyó a Fraga Iribarne como ministro de Información y Turismo, Sánchez Bella dio al traste con la pequeña apertura iniciada por su predecesor, cerró el Madrid y, entre otras lindezas, mandó dos guardias a La Vanguardia para que acompañaran a la frontera a mi colega Rafa Wirth, creyendo que era extranjero (¡ese apellido, prenda!), por haber entrevistado al profesor Aranguren, que vino a España de vacaciones desde su cátedra de California. El subdirector, Santiago Nadal, informó a la fuerza pública de que se trataba de un compatriota, e impidió el desaguisado, aunque no pudo evitar que hicieran el ridículo.

La Filmoteca Española ha restaurado recientemente El verdugo, restituyéndole el final prohibido por la censura franquista. Y yo, para escribir esto, he tenido que corroborar los datos con Román Gubern porque, a fuerza de no hallarlos en necrológica alguna, creía haber sido víctima de una alucinación colectiva.

03 Mayo 1999

Dolorida repulsa

Joaquín Ruiz Giménez

Leer

Confiando en su comprensión y en su sentido de responsabilidad profesional, cumplo el deber de conciencia de hacerle llegar, sobriamente, mi dolorida repulsa por la columna de Maruja Torres en el número del pasado 29 de abril, bajo el equívoco título Q.E.P.D., símbolo habitual de respeto a una persona difunta, pero utilizado ahí para cubrir una violenta agresión a su memoria.

Lo hago, ciertamente, por motivación de amistad con el agredido -una amistad de muchos años, que me permitió apreciar sus cualidades humanas, privadas y públicas, y que superó todas las discrepancias políticas-, pero también por razones de estricta justicia y de fidelidad al espíritu de reconciliación que hizo posible la transición democrática.

Ante todo, de justicia, porque no es legítimo destacar únicamente los aspectos que se consideren negativos en la actuación de un hombre público, máxime cuando ya no vive para explicarlos o defenderse, y silenciar, en cambio, sus acciones positivas, en el presente caso, las realizadas por Alfredo Sánchez Bella, principalmente cuando estuvo al frente del Instituto de Cultura Hispánica y en sus ulteriores funciones diplomáticas, según lo están evocando prestigiosas personalidades y medios de comunicación social de esa órbita, durante estas últimas horas.

Y también, repito, por fidelidad al espíritu de diálogo, tolerancia y reconciliación entre los adversarios ideológicos y políticos, vencedores y vencidos en la trágica guerra civil, abriendo así el camino a una España democrática, que es fundamental que se mantenga, no desenterrando injusticias o errores que unos y otros cometimos.

Desearía que una escritora inteligente como Maruja Torres lo reconozca y contribuya a que prevalezca ese espíritu de concordia.

El Análisis

La batalla por Sánchez Bella: duelo de plumas

JF Lamata

En el velorio de Alfredo Sánchez Bella, exministro franquista, no faltaron las flores ni las polémicas. Maruja Torres, fiel a su estilo, dejó caer su epitafio en El País con la sutileza de un martillo: recordó el cierre del diario Madrid, la censura a Berlanga y algún que otro disparate diplomático. Lo cerró con un “que en paz descanse” que, leído entre líneas, sonaba más a justicia histórica que a condolencias.

Joaquín Ruiz Giménez, exministro y amigo del difunto, no tardó en defender su memoria. En su réplica, apeló a la reconciliación y al deber de destacar las virtudes del fallecido, argumentando que no es justo juzgar solo por los errores. Pero, ¿qué virtudes pesan más que cerrar periódicos y censurar películas en una dictadura? Esa parte, Ruiz Giménez la dejó en el aire.

El choque, en el fondo, no es solo por Sánchez Bella, sino por lo que representa. Para Ruiz Giménez, el pasado se aborda con guantes de seda y espíritu conciliador, como se hizo en la Transición. Maruja, en cambio, reivindica desempolvar alfombras y contar verdades incómodas, aunque estas remuevan las tumbas del franquismo.

Y aquí seguimos, debatiendo si la paz de los muertos merece más respeto que la memoria de sus actos. Quizás Sánchez Bella, desde algún rincón del más allá, se esté preguntando si tanta polémica cuenta como publicidad póstuma o como otro capítulo de censura selectiva.

J. F. Lamata