28 agosto 2009
Fundó la revista CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO y fue presidente de UNICEF
Muere Joaquín Ruiz-Giménez Cortés, ex ministro aperturista del franquismo y ex Defensor del Pueblo con el PSOE
Hechos
Fue noticia el 28 de agosto de 2009.
Lecturas
D. Joaquín Ruiz Giménez Cortés ascendió a la primera fila política al ser nombrado en 1951 ministro de Educación Nacional por el general Francisco Franco en plena dictadura, a cuya instalación había contribuido. En 1956 fue destituido por Franco al responsabilizarle este de las revueltas universitarias por una primera política de apertura.
A partir de ese momento el Sr. Ruiz Giménez se alió con la oposición, en el plano mediático fundando la revista Cuadernos para el Diálogo en 1963 y en el plano político dirigiendo desde la clandestinidad Izquierda Democrática, con el objetivo de dirigir la oposición al régimen bajo el sello de la Democracia Cristiana. Entró en contacto con las otras organizaciones de oposición clandestina a la dictadura, incluyendo la socialista y la comunista y participó en diversas intrigas destinadas a poner fin al régimen de Franco incluyendo aquellas que buscaban entregar la Jefatura del Estado a Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona. Pero, paralelamente siguió aceptando ocupar cargos en la dictadura como ser Procurador en las Cortes por designación directa de Franco.
Al acabar la dictadura D. Joaquín Ruiz Giménez Cortés su partido fue legalizado por el Gobierno Suárez y fue candidato a la presidencia del Gobierno como cabeza de lista de la Federación Democracia Cristiana – Equipo Demócrata Cristiano (alianza de Izquierda Democrática y la Federación Popular Democrática de la familia Gil Robles) siendo el gran derrotado de las primeras elecciones generales de junio de 1977 al no lograr ni un solo escaño.
El Sr. Ruiz Giménez se había convertido en el exministro franquista más apreciado por la izquierda y, precisamente más detestado por la derecha que lo consideraba un traidor.
En 1982 fue promocionado por el PSOE para ser el primer Defensor del Pueblo de España, cargo en el que se mantuvo hasta 1988 cuando el PSOE le retiró el apoyo para consensuar a su sucesor con Alianza Popular.
28 Agosto 2009
Un soñador para un pueblo
Seguramente Buero Vallejo no me reprochará desde el Parnaso que utilice el título de una de sus obras para identificar a Joaquín Ruiz-Giménez, mi profesor, mi maestro y mi amigo, de quien aprendí tanto y a quien tanto quise y admiré. Desde 1962 y hasta hace pocos años, cuando la enfermedad nubló su gran inteligencia, mi vida ha estado siempre marcada por su ejemplo y su magisterio. Era un esposo y un padre ejemplar y también un educador para sus discípulos y para todos los estudiantes que tuvo cuando volvió a la Universidad en 1956 y hasta su jubilación. Creo que es muy adecuado el calificativo de soñador para un pueblo. Era siempre idealista, bienintencionado y colocando a la moral y al amor a España y a los españoles por encima de egoísmos e intereses particulares, de ideologías y partidismos. En La Razón de Ser que publica en octubre de 1963, cuando se inicia Cuadernos para el Diálogo, resume un sueño para el renacer de España que esperaba con la democracia: «Sólo tres cualidades se exigen para lograr presencia activa en estas páginas: un mutuo respeto personal, una atenta sensibilidad para todos los valores que dan sentido a la vida humana y un común afán de construir un mundo más libre, más solidario y más justo».
Con esa filosofía, siendo ya catedrático en Madrid, se lanzó a recorrer los caminos de España para predicar los derechos humanos, la democracia y la libertad. Yo le acompañé en muchos de esos itinerarios pedagógicos, donde desde esas ideas de fondo defendía la moderación, el respeto y la amistad cívica para cambiar las mentalidades de la dialéctica del odio y del amigo-enemigo, horribles trazas de la Guerra Civil. Fue un cristiano ejemplar, modesto, discreto, no dogmático, tolerante y respetuoso con las personas y las ideas. Le horrorizaba pensar que uno de los objetivos de los vencedores de la Guerra Civil fuese exterminar las ideas de los perdedores, exterminando las personas que las representaban.
En la plataforma de comunicación que fue Cuadernos estaban convocadas y presentes todas las ideologías que luego conformaron el abanico de los partidos democráticos. Su tozuda lealtad a sus convicciones más profundas le impidieron incorporarse a la UCD, manteniéndose fiel a su democracia cristiana abierta y poco confesional. No tuvo éxito y después tampoco le apoyaron ni le agradecieron suficiente lo que había hecho para educar a las multitudes como apóstol de la libertad. Fue Defensor del Pueblo ejemplar en su trabajo. Sólo lo consiguió a partir de 1982 durante el Gobierno socialista. Su independencia, su lealtad a las obligaciones del cargo y su compromiso con las reclamaciones de los ciudadanos marcaron su mandato. No fue comprendido y no tuvo la continuidad necesaria para consolidar la institución. Creo que fue grande la responsabilidad de quienes decidieron su sustitución. Su larga vida ha sido un ejemplo para todos y su familia y sus amigos podemos estar muy orgullosos de haber querido y respetado a una persona tan ejemplar.
28 Agosto 2009
Dimensión social y ética
Ha muerto don Joaquín. Ésa será la frase que la mayoría de los trabajadores de la antigua Perkins Hispania habrán utilizado si les ha llegado la noticia. Y lo harán de la manera especialmente cariñosa, casi familiar, con que a lo largo del tiempo se ha recordado al que hasta los primeros años 60 fue presidente del consejo de administración de la empresa, una de las cunas originarias de Comisiones Obreras. Le entregamos en un acto sencillo un conjunto de pliegos con las firmas de la práctica totalidad de la plantilla, por entonces cercana al millar de personas. Lo hicimos como reconocimiento al casi insólito hecho de que, siendo presidente del consejo de administración, testificara a nuestro favor ante Magistratura de Trabajo, como consecuencia de la decisión del director de la compañía de eliminar un derecho adquirido. Este, si se quiere, pequeño detalle de su extensa y relevante biografía creo que sirve para medir la dimensión ética y social de don Joaquín, pues era consciente que le suponía perder la presidencia de aquel consejo.
Inmediatamente después empezó su promoción de Cuadernos para el Diálogo. Nos pidió que colaboráramos en la revista. Lo hicimos. Personalmente y durante bastante tiempo formé parte de su consejo editorial. Allí conocí al amplio espectro de demócratas antifranquistas que nos reuníamos para debatir sobre la revista, sus contenidos y su contexto. Allí se reflejaba fielmente el propósito de don Joaquín de reunir, sin ánimos conspiratorios, a cuantos desde la izquierda, el centro y la derecha aspirábamos a que, de forma pacífica, se superara el régimen de dictadura que vivíamos.
El movimiento de las Comisiones Obreras tuvo un especial impulso a partir de los años 60. Y sufrió, lógicamente, una represión que fue de menos a más. Entre las iniciativas que tomábamos estaba acudir a los despachos de abogados no sólo laboralistas, pues los problemas eran de variada índole. De nuevo a don Joaquín íbamos a pedirle ayuda, que a menudo la materializaba poniéndonos en contacto con otros abogados. De ese modo contactamos con Gregorio Peces-Barba, Manuel Villar Arregui, Jaime Cortezo, Álvarez Miranda, Leopoldo Torres y varios más. Nos defendió a muchos de nosotros ante el Tribunal de Orden Público. A mí en dos de los varios juicios a que fui sometido. Y recuerdo las muchas visitas que hizo a Carabanchel para ver a sus defendidos.
Pienso que, pese a alguno de sus nombramientos como, por ejemplo, el de Defensor del Pueblo, la democracia española no ha reconocido suficientemente lo mucho que Ruiz-Giménez aportó a la conquista de las libertades en España.
Hasta siempre, don Joaquín.
28 Agosto 2009
Inventor del diálogo, precursor del consenso
Ahora que acaba de fallecer es buen momento para rememorar a este hombre bueno, político honesto, demócrata de convicción, quijotesco en sus empresas, cordial en su trato, que siempre mostró grandeza de espíritu, altura de miras y una perdurable fe cristiana. Fue defensor de los derechos humanos de todos, en especial de los más débiles, de los perseguidos y marginados, con la pluma y con la toga. Políticos de la Transición de todas las tendencias, desde liberales a comunistas, de democristianos a socialistas, estamos en deuda con él por su ejemplo y su enseñanza.
Sólo dos rasgos quiero destacar en estos momentos de despedida: su condición de «inventor» del diálogo como método político y de precursor del consenso.
Ministro de Educación en el franquismo, protagonizó un primer intento de «apertura» que fracasó en 1956. Luego vino su alejamiento paulatino del sistema, en especial desde la Ley de Asociaciones de 1964, y poco antes con la fundación de Cuadernos para el Diálogo en 1963. A través de Cuadernos el diálogo se fue introduciendo en nuestros hábitos colectivos como referencia y elemento indispensable de la política democrática. El consejo de redacción de la revista fue un ejemplo vívido de convivencia y hasta de amistad entre personas de ideologías enfrentadas. Ruiz-Giménez, gran machadiano -de don Antonio-, le traía siempre a colación: «Para dialogar,/preguntad primero,/ después… escuchad». O también con la búsqueda del complementario: «Busca a tu complementario,/ que marcha siempre contigo/ y suele ser tu contrario». Ruiz-Giménez, práctico en ambos menesteres, nos contagió a muchos de los que estuvimos con él, en la cátedra, en la revista o en la política.
Sin Cuadernos la Transición hubiese sucedido de otro modo. Porque la Transición fue en gran medida transacción. Y para ello el consenso fue objetivo a alcanzar mediante el diálogo. Ruiz-Giménez, que estuvo preso en la cárcel Modelo, a punto de ser «paseado» en noviembre de 1936 y que colaboró lealmente con Franco, quiso ser un puente entre las dos Españas, ésas que helaban el corazón de los españolitos, de nuevo según expresión de su poeta favorito. Ese mismo Ruiz-Giménez fue también el defensor de anarquistas, comunistas o de los sindicalistas de Comisiones, en procesos inolvidables, como el de «laminación de bandas en frío», que tanto influyó en él. Ruiz-Giménez nunca fue hombre de partido sino, como a él le gustaba repetir acudiendo a un concepto de las matemáticas modernas, un hombre de conjuntos. Siempre estuvo a favor de la conciliación y el consenso. Si el éxito no le acompañó en las elecciones de 1977, su esfuerzo no fue inútil. Y aunque su figura no haya sido reconocida siempre como se merecía, buena parte de los mejores consensos de la Constitución de 1978 alcanzados por centristas, socialistas y nacionalistas tienen su origen en él.
Hoy quienes le tratamos de cerca durante tantos años le recordamos con afecto y echamos, quizá, de menos la permanencia de su ejemplo y sus enseñanzas en la inhóspita vida política del presente. Descanse en paz Joaquín Ruiz-Giménez.
29 Agosto 2009
Ruiz-Giménez, el hombre del diálogo
Por esas coincidencias de la vida, que con frecuencia parecen inexplicables, pero que tal vez tengan un sentido, en 24 horas se han agrupado tres hechos que parecen relacionados, al menos para mí. El primero, ha sido un magnífico artículo de Álvaro Delgado-Val en el ABC del pasado miércoles, titulado Fin de época, que deberían leer nuestros políticos. El segundo, fue conocer la muerte de Edward Kennedy, el último de los míticos hermanos que tanto han influido en Estados Unidos y en el mundo. Y el tercero, que acabo de saber hace unos momentos, es el fallecimiento de Joaquín Ruiz-Giménez, una de esas personas que fueron decisivas en la España de la segunda mitad del siglo pasado.
En su artículo, Delgado-Val mantiene que el brillante periodo que comienza con la Transición, que ha significado un momento estelar de nuestro país, en el que nos convertimos en un régimen democrático envidiado por muchos y con un prestigio internacional como hacía siglos que no conocíamos, está a punto de agotarse. La mediocre clase política actual no ha sabido renovar el espíritu que surgió al fin de la dictadura y que, como señala Delgado-Val, consistía en que había un proyecto nacional en el sentido orteguiano. Pues bien, un hombre esencial para la construcción de ese proyecto de futuro fue sin duda Joaquín Ruiz-Giménez, que enseñó a dialogar a los españoles de uno u otro meridiano ideológico. El mismo año en que fue asesinado John F. Kennedy, casi en las mismas fechas, Ruiz-Giménez había fundado la revista Cuadernos para el Diálogo, con la sana intención de contribuir al diálogo entre españoles, y conseguir así superar la Guerra Civil. Pero en la primera andadura, ese diálogo estaba falseado por la tendencia política que monopolizaba entonces la revista, es decir, por una democracia cristiana barnizada con las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Sin embargo, Ruiz-Giménez enseguida se apercibió de que un diálogo entre afines no es un verdadero diálogo, en el sentido que él lo utilizaba, y, de este modo, a partir de 1966, invitó a entrar a personas de diferentes ideologías en el consejo editorial de la revista, demostrando así que un error se queda en error si no se aprende nada de él.
Así las cosas, a partir de 1967, todos los jueves nos sentábamos, alrededor de una larga mesa, en un chalé de El Viso, personas de diferentes ideologías, como Rafael Arias-Salgado, Roberto Mesa, Julián Ariza, Pablo Castellanos, Enrique Múgica, Javier Tussell, Mariano Aguilar Navarro, Pedro Altares, Gregorio Peces-Barba, José María Mohedano, Vicente Verdú, Rafael León, Enrique Gimbernat, Carlos García-Valdés, Leopoldo Torres, Luis García Ruiz, Santiago Varela, Alejandro Rojas Marcos, y algunos más que no recuerdo ahora. Como ocurría casi siempre, esperábamos expectantes a que llegase «don Joaquín», porque su condición de hombre de diálogo le convertía en una de las personas mejor informadas de un país con una férrea censura, ya que mantenía buenas relaciones con personas del régimen, a pesar de que ya era visto como uno de los personajes más influyentes de la oposición al franquismo.
Durante los casi diez años en que nos reunimos en ese chalé, se fue gestando el espíritu de la Transición, pues los que estábamos allí sabíamos que no sería posible un futuro democrático y en paz en España si no dialogábamos por encima de las ideas de cada uno. A varios de los miembros del consejo nos invitaron a conocer Estados Unidos, y un grupo formado por Vicente Verdú, Javier Tusell, Miguel Martínez Cuadrado,Enrique Gimbernat y yo visitamos en su despacho del Senado a Edward Kennedy, quien nos deseó que la democracia llegara pronto a España.
Pues bien, un día después de fallecer Kennedy, desaparece también Ruiz-Giménez, y con ellos acaba una época en la que el futuro aparecía como algo por lo que valía la pena luchar. Ambos han sido decisivos para su país, pero mientras que el legado espiritual de Edward Kennedy lo ha recogido el presidente Obama, el talante liberal y dialogante de Ruiz-Giménez no tiene quien lo reivindique, y así nos va.
Shakespeare escribió que el mal que hacen los hombres sobrevive después de ellos, mientras que el bien, a menudo, queda enterrado con sus huesos. Sería lamentable que nos olvidásemos de todo lo que hizo y representó un hombre de diálogo, el inolvidable Joaquín Ruíz-Giménez, que fue embajador, ministro, Defensor del Pueblo y otros muchos cargos, pero que su más importante obra fue la de buscar el entendimiento entre los españoles.
Jorge de Esteban
El Análisis
Dn Joaquín desafió las reglas: pasó de ser un hombre del régimen a convertirse en uno de los más comprometidos defensores de los derechos humanos, fundando Cuadernos para el Diálogo y tendiendo puentes entre bandos que no compartían ni el saludo. Fue el exministro franquista más querido por la izquierda y, por ello, el más detestado por la derecha, un título curioso en un país tan dado a las trincheras. Pero poco práctico, pues la izquierda que le estimaba nunca le iba a votar, y por lo mismo, la derecha tampoco, así le fue en las elecciones de 1977.
Gregorio Peces-Barba lo recordaba como un maestro y soñador que puso el amor por España por encima de partidismos, liderando desde Cuadernos para el Diálogo un debate sereno en tiempos broncos. Julián Ariza destacaba su ética insólita al ponerse del lado de los trabajadores, incluso cuando eso significaba enfrentarse a su propio entorno. Para José Antonio Ortega, don Joaquín era un político quijotesco que inventó el diálogo como método y el consenso como destino. Y Jorge de Esteban nos recordaba cómo, en aquel chalé de El Viso, ayudó a gestar el espíritu de la Transición española, integrando ideologías enfrentadas en la misma mesa.
Ruiz Giménez encarnó lo difícil: cambiar de postura. En su vida, como decía Ortega, buscó ser puente entre las dos Españas. Sus contradicciones fueron su fortaleza, porque entendió que el diálogo no es para convencer al afín, sino para escuchar al contrario. Su legado, aunque quizá no suficientemente reivindicado, es una invitación a superar trincheras. Al fin y al cabo, como decía Machado, poeta tan citado por él: «Busca a tu complementario, que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario».
J. F. Lamata