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Fue responsable del Plan de Desarrollo y fundador de Alianza Popular, partido con el que rompió en 1979

Muere el ex ministro franquista Laureano López Rodó, introductor del liberalismo en la política de la dictadura frente al falangismo

HECHOS

El 11.03.2000 falleció D. Laureano López Rodó.

13 Marzo 2000

Laureano López Rodó, pieza cardinal del franquismo

Javier Tusell

Laureano López Rodó perteneció a una estirpe política de la derecha española que ha reaparecido una y otra vez en nuestra historia contemporánea (o en la portuguesa, pues su paralelismo con Marcelo Caetano parece digno de recuerdo). Como López Ballesteros en la época de FernandoVII o Bravo Murillo en la de Isabel II, fue un personaje que se convirtió en decisivo en un régimen que nada tenía de liberal. A base de introducir él reformas adjetivas, pero duraderas y racionalizadoras, consiguió estabilizarlo y conducirlo a un comportamiento más adecuado al tiempo y también modificar de forma significativa su forma de comportarse. Hombre de apariencia gris y plomiza, no tuvo inconveniente en aceptar que los periodistas de la época democrática le dieran el Premio Limón no tanto por su acritud con ellos, sino como consecuencia de lo pesado que les parecía. Como resultado de su experiencia pasada, siempre parecía tener miedo a los reproches de la extrema derecha más que a su propia incapacidad para adaptarse a la democracia. Guardaba muchas quejas respecto de las personas más jóvenes que, tras la muerte de Franco, habían tenido mayor capacidad para sobrevivir; pero, con la vista puesta en la evolución política en los últimos tiempos, cualquier historiador debe reconocer hasta qué punto desempeñó un papel importante en la evolución política española. Como en tantos otros personajes del franquismo, a López Rodó no se le entiende sin sus primeras experiencias juveniles. Su familia, de clase media alta, vivió la agitación social en la Barcelona de los años veinte y treinta. Miembro del Opus Dei en la inmediata posguerra con tan sólo 20 años, el origen de su carrera política debe situarse en la promoción que de su condición de experto hizo el ministro carlista Iturmendi. Su influencia siempre dependió de Carrero Blanco, con quien formó un tándem de absoluta complementariedad. El almirante quería expertos de derecha tradicional que no tuvieran la demagogia de los falangistas, fueran monárquicos, los más tradicionales posible en su catolicismo y supieran hacer leyes o garantizar una mejor apariencia ante el exterior y un crecimiento económico estable. López Rodó cumplía todos los requisitos y además contribuyó a reclutar a esa nueva clase política. En sus manos, el franquismo pasó de recordar todavía demasiado al partido único fascista a asemejarse a una dictadura burocrática cuya propaganda se basaba en la mejora del nivel de vida. Se suele recordar en este sentido su papel al frente de los planes de desarrollo, pero quizá más importante fue la modificación que hizo de la legislación contencioso-administrativa a finales de los años cincuenta. Poderosísimo a finales de los sesenta y hasta la muerte de Carrero, tras ella se vio preterido primero y condenado después a un papel de segunda fila en una Monarquía que tanto había contribuido a traer

Ahí se encierra una de las paradojas del personaje: esa Monarquía democrática acabó siendo muy distinta de la que él quería originariamente. Pero hay también otras: a pesar de su pasado y sus reticencias íntimas acabó por votar la Constitución; ajeno al mundo democrático -veía en Felipe González nada menos que una especie de reencarnación de su adversario Solís- logró sobrevivir durante algún tiempo, pero más duraron todavía las normas contencioso-administrativas que había elaborado para la dictadura. La literatura necrológica siempre trata de encontrar el aspecto más amable de los fallecidos, pero no cuesta mucho admitir que, a pesar de que el régimen de Franco no cambiara en lo esencial, tras pasar por las manos de López Rodó, la transición pacífica a la libertad resultó mucho más imaginable.

12 Marzo 2000

Con él llegó la tecnocracia al franquismo

Joaquín Bardavio

«Hijo, esto no es lo tuyo». La madre de López Rodó, con sobrada razón según él mismo, le hizo esa reflexión después de haberle visto en los mítines a voz en grito, perdiendo la compostura, arengando masas en la campaña electoral de 1977. Se presentaba con Alianza Popular por Barcelona encabezando la lista y ganó escaño. Pero, ciertamente, aquello no le iba a un riguroso catedrático de universidad que había sido puntal en la modernización de la España franquista a través de la legislación y la planificación de la economía. Era un hombre de despacho, trabajador hasta el límite del sueño, de discurso académico y minucioso en la cita, el dato o la cifra. En suma, un perfeccionista.

Laureano López Rodó, fallecido ayer en Madrid, había nacido en Barcelona en 1920. A los siete años, ingresó en La Salle Bonanova, donde cursó estudios de Bachillerato. Estudió Derecho en la Universidad Central de Barcelona. Tras cursar el doctorado, obtuvo la cátedra de Derecho Administrativo de Santiago de Compostela. Tenía entonces 32 años.

Cuatro años más tarde, iba a iniciar su carrera política. El entonces ministro de Justicia, Antonio Iturmendi, le pide un dictamen sobre un proyecto de ley de lo contencioso-administrativo. López Rodó deslumbra a Iturmendi, que piensa en hacerse con sus servicios. El joven catedrático pronuncia una conferencia sobre la reforma administrativa en Santiago de Compostela, cuyo texto Carrero Blanco enseña a Franco. Unas notas en contra de la ofensiva del ministro secretario general del Movimiento, José Luis Arrese, para reformar el Estado y robustecer todavía más el poder de Falange e intentar soslayar la monarquía, le llevan a ser nombrado, en diciembre de 1956, secretario general técnico de la Presidencia del Gobierno, cargo de nueva creación que él había sugerido.

Su primer trabajo es redactar la Ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado que se promulgaría en julio del año siguiente. Trabaja en la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento e introduce, refiriéndose al Estado, que «su forma política es la Monarquía», mientras que los discrepantes de Falange querían dejarla en Reino, con lo cual quedaba una puerta muy ancha a la posibilidad de una regencia. Es una batalla importante que gana para el sistema monárquico. La Ley se promulga en 1958. Y continúa sus trabajos para modernizar la Administración Pública y crea la escuela en Alcalá de Henares para perfeccionamiento de funcionarios.

En 1962, con el Plan de Estabilización prácticamente culminado, propone la puesta en marcha de la Comisaría del Plan de Desarrollo y se le encarga su dirección con categoría de subsecretario. El primer Plan económico es aprobado por las Cortes en 1963 y en 1965 es elevado al rango de ministro con el mismo cometido. El titular de Hacienda, Navarro Rubio, dimite al considerar que es su departamento el que debería ocuparse del asunto, después de haber puesto, junto con el ministro de Comercio, Alberto Ullastres, las bases para el despegue de la economía española.

Los famosos planes de desarrollo introducirían criterios de modernización y apertura de la economía española, que hasta los años 60 había funcionado de manera autárquica. Por primera vez en un asunto público, el Gobierno de Franco cuenta con la opinión no sólo de políticos del régimen sino también de expertos, hombres de empresa y de los sindicatos verticales.

El proyecto de Ley del Plan de Desarrollo fue sometido a dictamen del Consejo de Economía Nacional y de la Comisión Permanente del Congreso Sindical. Enviado a las Cortes para su debate en la Comisión de Presidencia y Leyes Fundamentales, se encontró incluso con una enmienda a la totalidad que, obviamente, fue superada. En sectores ortodoxos del Movimiento Nacional no gustaba la ascensión meritoria de un camisa blanca situado extra muros del integrismo del Régimen. Las argumentaciones en contra fueron intensas desde las trincheras más cerradamente falangistas y hasta se llegó al tirabuzón dialéctico de espetar que la planificación era un concepto marxista y, por tanto, frontalmente reprobable. Una sorprendente y tajante negativa a la mayor. La ley, defendida en el Pleno por el mismo López Rodó, fue aprobada el 27 de diciembre de 1963.

Ya miembro del Gobierno como ministro comisario del Plan de Desarrollo, y sin descuidar la planificación económica, López Rodó se politiza. La eminencia gris de Presidencia entra de lleno en los grandes debates públicos. Resucita un viejo proyecto, la Ley Orgánica del Estado, de la que se habla como de una nueva Constitución. Dentro del constreñido corsé de la época, esta Ley Fundamental modifica otras anteriores, restringe el número de procuradores designados o natos en razón de cargo e introduce el tercio de representación familiar, lo que significa que los cabezas de familia podrán elegir, en sufragio universal, a sus representantes en las Cortes. Además separa los poderes del Jefe del Estado e institucionaliza los mecanismos sucesorios. Presiona al vicepresidente Carrero y al ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, muy cercano a Franco, para que éste se decida a dar el paso de designar al Príncipe Juan Carlos como sucesor a título de Rey, lo que se produciría en julio de 1969. Desde ese momento hasta la muerte de Franco, López Rodó se convirtió en unos de los principales apoyos del futuro monarca dentro del régimen.

En octubre de 1969, alcanza la apoteosis de su poder político. En el relevo de Gobierno que se produce, tres de sus más cercanos colaboradores en la comisaría del Plan de Desarrollo -López de Letona, Mortes y Allende- son nombrados ministros. El Plan de Desarrollo alcanza su tercera edición. En 1970 lucha con tenacidad, frente a Carrero y otros ministros, para que las penas de muerte resultantes del proceso de Burgos fueran conmutadas.

En junio de 1973, Franco nombra a Carrero presidente del Gobierno. A López Rodó le sorprende la noticia en París, en una reunión de ministros de la OCDE. Pero le sorprende aún más que le nombre ministro de Asuntos Exteriores, algo en principio halagador, pero extraño en su caso porque el honor suponía alejarle del centro de decisiones de poder donde había estado tanto tiempo. Estaría en el cargo menos de siete meses. El asesinato de Carrero y la consiguiente designación de Arias Navarro suponen su salida del Gobierno. Acepta ir a Viena de embajador. Gran integrador de equipos humanos y de trabajo a lo largo de su vida política, nueve colaboradores inmediatos suyos fueron promocionados a ministros y ocho a subsecretarios. Contar el número de altos cargos equivalentes a directores generales sería tarea imposible.

Fue también un escritor prolífico, ya que publicó 13 libros y más de 130 trabajos en revistas especializadas de Derecho. Aportó su visión de la historia de España más reciente en obras como La larga marcha hacia la monarquía, Años decisivos, Memorias y Claves de Transición.

Miembro numerario del Opus Dei, en el que ingresó muy joven, y procedente de una acomodada familia de industriales catalanes, fue un hombre absolutamente austero, de severa disciplina en toda las facetas de su vida. Tras su corta aventura en Alianza Popular y desempeñar un escaño en el Parlamento en las Cortes constituyentes, se retiró a su cátedra de Derecho Administrativo en la Complutense, que llevó con su escrupulosidad innata y abrió bufete de abogados con éxito. Característico tecnócrata, contribuyó de manera destacada a la modernización del Estado español, destiñéndolo de azul, con sus iniciativas económicas y jurídicas.

Fue, como tantos hombres de su tiempo, un posibilista y, como tal, un avanzado. Contribuyó, en las vanguardias de la época, a cimentar los dos factores que facilitaron la tan admirada transición española: un nivel de vida desalentador de violencias y el testamento de la Sucesión.

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