19 septiembre 2000

Muere el exministro franquista Cruz Martínez Esteruelas, una de los cofundadores de Alianza Popular

Hechos

El 17 de septiembre de 2000 falleció Dña. Cruz Martínez Esteruelas.

19 Septiembre 2000

Atrapado en el franquismo

Victoria Prego

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El último ministro de Educación del régimen franquista, y el más joven de los miembros de ese Gobierno, fue un hombre brillante y culto -leía a los clásicos en latín- y un político precoz, cuya carrera pública, que se desarrolló al amparo de las estructuras del franquismo, terminó bruscamente por decisión propia justamente cuando la democracia en España empezaba a dejar de ser una promesa para convertirse poco a poco en una tranquilizadora realidad.

Abogado del Estado a los 25 años y letrado de las Cortes con el número uno a los 28, Cruz Martínez Esteruelas se incorporó desde muy joven a la estructura del Movimiento Nacional, el partido único del franquismo. Fue director general de Patrimonio del Estado a los 30 años y, a los 32, pasó a ocupar la jefatura de la asesoría jurídica de la Secretaría General del Movimiento. Era el año 1965 y Martínez Esteruelas, que ya era delegado nacional del Movimiento, pasó a ser tambien procurador en Cortes, donde permaneció desde entonces hasta la celebración de las primeras elecciones libres en junio de 1977, en las que no obtuvo acta de diputado.

Martínez Esteruelas era falangista convencido y entusiasta. Tenía 34 años cuando en el mes de abril de 1966 pronunció un discurso en el Teatro Lara de Madrid en el que explicaba: «La Falange, a banderas desplegadas, no ha cesado jamás de ser o representar lo que José Antonio [Primo de Rivera] pedía de ella: ser la tercera solución frente al liberalismo y al marxismo o, dicho en otras palabras, la solución al problema de España por medio de una nueva concepción de la política y del hecho político».

En 1968 Cruz Martínez Esteruelas fue nombrado delegado nacional de Asociaciones del Movimiento y en junio de 1973 ministro de Planificación del Desarrollo, cartera en la que sustituyó a Laureano López Rodó. Como buen militante de Falange, y como mandaban los cánones de aquel tiempo, era partidario de arbitrar una fórmula regencialista que sustituyera a Franco tras su muerte. Tras su incorporación al último Gobierno de Carrero, las cosas cambiaron, y así lo reconocía él mismo: «Yo no creía en la solución Príncipe; estaba apuntado al regencialismo. Luego me convencí cerebralmente de que el Príncipe era la solución. Luego vino el afecto».

Asesinado Carrero Blanco, el nuevo presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, lo mantuvo en el gabinete, pero le asignó una de las carteras más difíciles de la época: Educación y Ciencia. Educación incluía Universidades y precisamente la Universidad española bullía entonces de agitación política antifranquista.

La de Valladolid había empezado el segundo trimestre del curso 74-75 en medio de protestas estudiantiles generalizadas. La causa inmediata era el juicio que se le iba a realizar ante el Tribunal de Orden Público a un estudiante miembro de la Joven Guardia Roja, que había sido detenido el año anterior y que se había tirado, o había sido arrojado, por la ventana de la comisaría. El estudiante no murió, pero, en vísperas del juicio, el conflicto se extendió por las aulas. El ministro de Educación, Cruz Martínez Esteruelas, ordenó el cierre de la Universidad. Con esa medida, 8.000 estudiantes perdieron su matrícula y, naturalmente, la posibilidad de examinarse en la convocatoria de junio. Inmediatamente después de esto, el conflicto se extendió a las universidades de Madrid, Granada y Salamanca; ésta última tambien fue cerrada a mediados de febrero por el ministro. «Jamás claudicaré ante la presión, la extorsión o ante el miedo o la impopularidad», declaró en aquellos días Cruz Martínez.

Desde su puesto al frente de Educación y Ciencia, Cruz Martínez Esteruelas fue el promotor de la Ley de Selectividad que, en su opinión, tenía la posibilidad de acabar con «el señoritismo de la Universidad española» e impediría convertirla en una universidad clasista.

Malos tiempos políticos le tocaron vivir ciertamente a Cruz Martínez Esteruelas quien, muerto Franco, decidió continuar su carrera política incorporándose a una asociación política nacida en 1974, la Unión del Pueblo Español (UDPE), que había presidido Adolfo Suárez. El nombramiento de éste como nuevo presidente del Gobierno en julio de 1976 puso inmediatamente sobre el tapete la necesidad de aglutinar una fuerza política de centro-derecha que hiciera de soporte y colchón a la acción del Gobierno y, sobre todo, estuviera en condiciones de concurrir a las primeras elecciones libres que, todavía sin fecha, habrían de convocarse. Una de las candidatas con más papeletas para jugar ese papel de partido del Gobierno era inicialmente la UDPE, presidida entonces por Martínez Esteruelas. Pero su insistencia en mantenerse en opciones excesivamente conservadoras echó para atrás no sólo a Suárez, sino a otros grupos de la derecha moderada. Finalmente, la UDPE de Martínez Esteruelas se incorporó en octubre de 1976 a la Federación de Partidos de Alianza Popular. Siete eran sus líderes y todos menos uno eran ex ministros de Franco. El grupo fue bautizado por el periodista Cuco Cerecedo como «Los siete magníficos». Alianza Popular, que aglutinaba a las fuerzas más conservadoras de la derecha no ultramontana, contaba, sin embargo, con un enorme poder en las Cortes franquistas: casi 200 procuradores. Por esa razón, su posición a la hora de votar el proyecto de Ley para la Reforma Política, presentado por el Gobierno a las Cortes franquistas en noviembre de 1976, resultaba determinante. Cruz Martínez Esteruelas fue el portavoz del grupo aliancista encargado de poner determinadas condiciones al Gobierno bajo la amenaza de la abstención de todo el grupo, lo que hubiera supuesto la derrota de la ley y el fracaso del proyecto reformista del Gobierno de Suárez. Por eso, el Gobierno, con el consentimiento tácito de la oposición democrática, aceptó lo que AP, por boca de Cruz Martínez Esteruelas, exigía: que el sistema electoral proporcional tuviera elementos correctores, que la provincia fuera la circunscripción electoral exclusiva y que cada provincia tuviera garantizado un número mínimo de escaños.

Y así fue como el portavoz de AP, Martínez Esteruelas, anunció el voto favorable de su grupo a la Ley para la Reforma que habría de constituirse en la llave que abrió la puerta del camino a la Transición política española. En las elecciones de junio de 1977, los resultados electorales de AP fueron desastrosos, lo que llevó a Manuel Fraga a decir: «Señores, hay que empezar de nuevo». Pero Martínez Esteruelas decidió no seguirle en el empeño y se retiró definitivamente de la actividad política. Tenía entonces 45 años. Al retirarse tan pronto, Martínez Esteruelas no ha tenido la posibilidad de nutrir su biografía política con nuevos datos que equilibren su balance. El abandono de la actividad política en 1977, justamente cuando todo empezaba a cambiar, ha dejado su currículo intacto y, desde ese punto de vista, no puede ser recordado más que en el contexto de los difíciles tiempos que le tocó vivir. En eso ha salido perjudicado respecto de otros hombres de su generación que, con su misma procedencia política y parecidos comienzos, han desarrollado una trayectoria a lo largo de la Transición y que más tarde, en plena democracia, se han situado en lugares de honor de la Historia de España.

El Análisis

Cruz Martínez Esteruelas: El ocaso de un arquitecto olvidado de la derecha española

JF Lamata
El 17 de septiembre de 2000, Cruz Martínez Esteruelas, uno de los siete fundadores de Alianza Popular (AP) y exministro franquista, falleció en Madrid a los 68 años, dejando un legado complejo y opacado por el paso del tiempo. Nacido en Hospitalet de Llobregat en 1932, Martínez Esteruelas fue un abogado brillante, formado en la Universidad de Deusto y Madrid, que escaló posiciones en el régimen de Franco como procurador en Cortes, director de la Fundación Juan March (1970-1973), ministro de Planificación y Desarrollo (1973-1974) y ministro de Educación y Ciencia (1974-1975). Durante su etapa en Educación, impulsó los exámenes de selectividad, aún hoy un pilar del acceso universitario, pero también tomó la controvertida decisión de cerrar temporalmente la Universidad de Valladolid en 1975 por disturbios estudiantiles, una medida que reflejó su lealtad al régimen. Su papel en la Transición, como procurador clave en la aprobación de la Ley para la Reforma Política de 1976 y presidente de la Unión del Pueblo Español (UDPE), lo situó en el corazón de la fundación de AP, aunque su figura quedó eclipsada por Manuel Fraga y, con el tiempo, relegada por el Partido Popular (PP), que en 2000, bajo el gobierno de José María Aznar, parecía decidido a olvidar su origen franquista.
Como procurador en 1976, Martínez Esteruelas desempeñó un rol crucial en la histórica sesión de las Cortes franquistas que aprobó la reforma política de Adolfo Suárez, con 425 votos a favor. Representando a AP, defendió el sistema electoral mayoritario frente al proporcional, argumentando que evitaba la fragmentación política, aunque su grupo amenazó con abstenerse si no se aceptaban sus demandas. La teoría de que Torcuato Fernández-Miranda, presidente de las Cortes, ordenó transmitir el debate en directo por TVE para presionar a los procuradores “fraguistas” como Martínez Esteruelas y evitar abstenciones refleja la tensión entre los reformistas y el “búnker” franquista. Como presidente de la UDPE, un partido que Suárez abandonó para liderar la UCD, Martínez Esteruelas intentó consolidar una fuerza conservadora, pero su integración en AP en 1976, junto a los “siete magníficos” (Fraga, López Rodó, Silva Muñoz, De la Fuente, Thomas de Carranza, Fernández de la Mora), marcó el inicio de su declive político. Para el II Congreso de AP en 1978, ya estaba fuera de la dirección, y sus candidaturas fallidas por Teruel (1977) y Valencia (1979) con AP y Coalición Democrática confirmaron su marginalidad.
La muerte de Martínez Esteruelas, con el PP en el poder, pone en relieve una paradoja cruel: mientras Fraga logró reinventarse como líder de la derecha democrática, Esteruelas, ligado al pasado franquista, no encontró espacio en la nueva política. El PP, heredero de AP, parecía en 2000 más interesado en proyectar una imagen moderna que en reivindicar a uno de sus “padres,” cuya trayectoria quedó atrapada en el estigma del régimen. Su etapa como ministro dejó huellas como la selectividad, pero decisiones como el cierre de Valladolid y su incapacidad para adaptarse a la democracia lo relegaron al olvido. En este septiembre de 2000, la muerte de Martínez Esteruelas no solo cierra la vida de un político que pudo haber sido clave en la Transición; marca el fin de una era que el PP, en su afán por mirar al futuro, prefiere dejar atrás, relegando a uno de los “magníficos” a una nota al pie en la historia de la derecha española.
J. F. Lamata