7 marzo 1962

Cada menos ven viable que pueda reestablecerse el Gobierno que encabeza Martínez Barrio como 'Jefe de Estado en el Exilio'

Claudio Sánchez Albornoz asume la presidencia del Gobierno de la II República en el exilio al que ya han abandonado tanto el PSOE como el PCE

Hechos

  • D. Diego Martínez Barrio en calidad de ‘Presidente de la II República en el exilio’ designo a D. Claudio Sánchez Albornoz como ‘Presidente del Gobierno de la II República en el exilio’.

Lecturas

D. Álvaro de Albornoz fue Jefe del Gobierno republicano en el exilio hasta 1951. 

En marzo de 1962 el que fuera ministro en el bienio azañista, D. Claudio Sánchez Albornoz, asume la presidencia del Gobierno de la República en el exilio por decisión del anciano ‘Jefe de Estado de la II República en el exilio’ D. Diego Martínez Barrio. El Sr. Sánchez Albornoz, que sustituye a D. Emilio Herrera Linares, tiene la difícil tarea de intentar coordinar a los distintos grupos de oposición a la dictadura, con la dificultad que ni el PSOE, ni el PCE reconocen ya legitimidad a ese gobierno y trazan sus propias estrategias.

D. Martínez Barrio morirá en 1962.

D. Claudio Sánchez Albornoz dejará el cargo en 1971.

El Análisis

El espejismo de un gobierno en el exilio

JF Lamata

En marzo de 1962, Diego Martínez Barrio, en su condición de “Presidente de la II República en el exilio”, designó a Claudio Sánchez Albornoz como nuevo “Presidente del Gobierno”. El gesto, cargado de simbolismo, busca transmitir la continuidad de una legitimidad perdida en 1939, pero la realidad es que ese gobierno en el exilio, sostenido primero por Álvaro de Albornoz, después por Félix Gordón y finalmente por Emilio Herrera, nunca pasó de ser un reducto nostálgico. Martínez Barrio, como “Jefe de Estado” republicano, mantiene viva la ficción institucional, pero a ojos de España y del mundo aquel aparato no tiene influencia alguna.

Ni dentro ni fuera del país esa estructura tuvo relevancia política. En el interior, la oposición al franquismo ha sido llevada casi en solitario por el PCE, que nunca formó parte del gobierno en el exilio, excluido por los sectores azañistas con la esperanza de atraer a Occidente, algo que nunca ocurrió. Incluso el PSOE prietista se desentendió, dejando a Sánchez Albornoz al frente de un grupo reducido, con más vocación testimonial que política. En plena Guerra Fría, mientras el bloque occidental toleraba a Franco como aliado frente al comunismo, la República en el exilio sobrevivía en México o en Francia como un eco cada vez más apagado de una derrota.

Hoy, a las puertas de los años sesenta, el gobierno republicano en el exilio ya no es ni siquiera una referencia para la oposición democrática. Los azañistas que lo sostienen parecen empeñados en prolongar un recuerdo más sentimental que político. La designación de Sánchez Albornoz —historiador de renombre, pero ajeno a la lucha real contra el régimen— confirma que aquello no es un proyecto de poder, sino un acto de memoria. Un legado entrañable, sí, pero condenado a la irrelevancia frente a una España real que seguirá decidiéndose en otras manos, otros partidos y otros escenarios.

J. F. Lamata