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A modo honorífico era el presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, organismo que él mismo había fundado

Muere Miguel Moya Ojanguren, cabeza visible del ‘trust’ que controla los diarios EL LIBERAL y EL HERALDO DE MADRID

HECHOS

El 20.08.1920 el periódico EL IMPARCIAL informó a toda portada sobre el fallecimiento de D. Miguel Moya Ojanguren

El día 20 fallece D. Miguel Moya Ojanguren, ex director de El Liberal y presidente de la Sociedad Editorial de España.  

Ante la muerte de D. Miguel Moya Ojanguren, D. Enrique Gómez Carrillo publica un artículo desvelando el disgusto que le causó a este la traición de D. Luis de Oteyza García, D. Luis de Zulueta Escolano, D. Augusto Barcia Trelles, D. Manuel Machado Ruiz, D. Antonio Zozaya You y D. Antonio de Lezama González del Campillo cuando estos abandonaron El Liberal y la Sociedad Editorial de España para fundar La Libertad.

25 Septiembre 1920

Miguel Moya recuerdos personales

E. Gómez Carrillo

Acaba de morir en San Sebastián, el maestro, el patriarca podría decirse, de los periodistas españoles. Y muere pobre, muere triste, muere agriado, muere herido en lo más hondo de su alma. Es una víctima de sus convicciones, o, mejor aún, de su pasión por el periodismo como sacerdocio y no como negocio. ¡Oh! ¡SI él hubiera querido…! Pero no quiso, y por eso dejará un recuerdo apostólico. No quiso ser ministro, no quiso ser millonario convirtiendo EL LIBERAL en una Empresa Mercantil, no quiso ser más que una conciencia al servicio del país. Diez veces, veinte veces, los jefes de Gobierno que, como Moret, como Romanones, admiraban su talento, su fuerza de trabajo, su energía moral, le

– Un periódico pequeño, por pequeño que sea – solía decir – tiene más fuerza, cuando está al servicio de un principio moral, que todos los Parlamentos.

Esto hacía reír a los que piensan que le journalisme mene a tout a condition d´en sortir. Pero, por fortuna, detrás de él han venido algunos otros grandes señores de las letras de molde que, siguiendo su ejemplo, han desdeñado también los más tentadores presentes de Atajerjes. Uno de ellos es D. Torcuato Luca de Tena, a quien España entera elegirá heredero moral del glorioso muerto de ayer.

¡Moya y Luca de Tena…! No sería difícil, teniendo humor, establecer entre ambos uno de esos paralelos a la manera de Plutarco, en el que haciendo resaltar las diferencias que existen entre uno y otro se demostraría que ambos han estado siempre animados por una sola y única alma, el alma de una divinidad que los antiguos no conocieron, que no es ni la Fama, ni Némesis, ni Caliope, ni Radamanto; que no es un mit sagrado, ni siquiera un puro misterio, sino una realidad eterna encarnada en un órgano moderno: el alma de la Prensa.

Yo conocí a Moya al principio de mi carrera, hace veinte años. Ya él, entonces, no era director de EL LIBERAL. Pero lo mismo daba. Animando con su apoyo franco y fuerte lo que se llamaba el ‘trust’ presidía el grupo mediático compuesto por el HERALDO DE MADRID, EL IMPARCIAL, EL LIBERAL de Madrid y los ‘Liberales’ de provincia. Más enorme fuerza de opinión, más formidable instrumento de guerra, no se ha visto en España. ¿Cómo se sirvió de él su dueño…? Todos lo saben. ‘Ni una cartera, ni un millón…’ Y eso duró lustros, sin que las almas de los ambiciosos lograran explicárselo. Pero más tarde, durante siglos, las generaciones futuras comprenderán quizá que es preferible morir pobre llamándose Miguel Moya, que morir millonario, siendo… siendo otro…

Quince años viví a su lado, colaborando en EL LIBERAL, yendo a todas partes del mundo en nombre de EL LIBERAL, no teniendo más personalidad que la que me prestaba EL LIBERAL. El director del diario era Alfredo Vicenti, a quien yo lloro y lloraré toda mi vida; Alfredo Vicenti, que fue mi hermano, que fue mi maestro. Más el amo, el inspirador, era Moya. Y tanto Vicenti como yo, admirábamos la discreción de aquel hidalgo insigne que jamás daba una orden, que ni siquiera se atrevía a dar un consejo, que sólo opinaba afectuosamente, excusándose de meterse en lo que no le correspondía… Y tanto Alfredo como yo reconocíamos que, aun sin quererlo, el resorte moral de nuestro diario, en el cual palpitaba la opinión de un país deseoso de progreso era Moya, el ingenuo, el fuerte, el frío Moya, cuya conciencia tenía algo de sacerdotal.

¡Qué tiempos aquellos, anteriores a la guerra! EL mundo parecía una comunidad afectuosa de pueblos. El porvenir del universo era la realización del ideal humanitario…! Y acariciado estos ensueños optimistas, veinte, treinta amigos remábamos en aquella galera de liberalismo, guiados por Vicenti, animados por Moya.

Cuando, a la muerte de Alfredo Vicenti, D. Miguel Moya me ofreció la dirección de EL LIBERAL, yo le expliqué, muy sinceramente, la imposibilidad de hacerme cargo de un gran diccionario político.

  • En primer lugar – le dije – yo no sé nada de política… Yo quiero mucho a Romanones y también a Dato… Yo soy amigo de Santiago Alba, de todo corazón, desde hace años y años… Yo admiro a Melquiades Álvarez… ¿Cómo quiere usted que en las luchas parlamentarias pueda opinar cuando para mí los principios no son nada y ls hombres lo son todo…?

Además estamos en plena guerra y yo no soy neutral, ni puedo serlo. Yo soy francés de corazón, tan francés como Maurras que es el francés más francés que existe… Y por último, soy un caballero errante, un cristiano errante, un hombre incapaz de estarme quieto en ninguna ciudad y menos que en ninguna, en Madrid…

Moya, siempre optimista, siempre bondadoso, siempre paternal, sonreía con su sonrisa fría.

  • Pruebe usted – me dijo
  • ¿Me lo ordena usted? – Le pregunté.
  • ¡Hombre! – exclamó – ¡Hombre…! En lo que un ruego puede tener de orden…. Se lo digo a usted como San Francisco cuando en nombre de la santa obediencia…
  • Pero, note…

Sin dejarme terminar, agregó:

  • Déjeme… En nombre de la santa obediencia que se debe a los muertos, le ruego que acepte usted el puesto que Alfredo Vicenti le ha legado al expirar….
  • No hay más que discutir…

Al día siguiente hice pegar grandes carteles en las calles de Madrid, que decían: “EL LIBERAL – diario nacional – que no está afiliado a ningún partido político, etc”. Con esto parecíame que los compromisos anteriores, creados por tradiciones respetables quedaban cancelados. Y así, seguro de navegar por un mar libre de escollos, lancéme a defender todas las causas que me parecieron nobles, justas, honradas. ¿Cuántos conflictos tuve…? No lo recuerdo. Allá, como en todas partes, hay una Prensa, mejor dicho, una subprensa de bajos y viles negocios, que muerde en los talones a todo el que marcha con paso firme. Esa ralea me ha declarado siempre la guerra. Pero mi orgullo consiste en pensar que los verdaderos periodistas, con quienes sostuve polémicas apasionadas y corteses, me guardan un afecto que está muy por encima de las pasiones.

Entre todos mis adversarios de entonces había uno cuya opinión me preocupaba.

  • ¿Qué piensa Luca de Tena de mis campañas? – preguntaba yo inquieto.

Moya, que admiraba profundamente al director de ABC, contestábame:

  • Piensa que son peligrosas y por lo mismo le gustan.
  • ¿Y usted?
  • Yo…, yo no me atrevo a opinar… Usted es el director… Lo que usted hace está bien hecho.

Llegó un momento, sin embargo, en que mi situación se hizo imposible. Fue cuando en 1917, el mundo entero creyó que Francia estaba vencida… ¡Qué días aquellos…! Con el heroísmo de todas las plebes, las bajas clases madrileñas, iban a apedrear el edificio de EL LIBERAL, llamándome ‘vendido al oro francés’… La justicia española también me perseguía como perturbador de la neutralidad… En tres meses tuve nueve procesos… En las calles, los grupos pagados por los alemanes arrebataban nuestro periódico de mano de nuestros vendedores y lo quemaban… El semanario que se llamaba así mismo órgano de Su Majestad D. Alfonso XIII, LA MONARQUÍA, me injuriaba diariamente.

Moya me sostenía siempre… Per Moya no era el único dueño de EL LIBERAL. Había detrás de él espíritus timoratos y espíritus mercantiles, convencidos de que, una vez Alemania vencedora, España se convertiría en un feudo germánico. Una mañana, un artículo mío no apareció. Aquella misma noche puse mi dimisión. Me marché.

Pasó algún tiempo. Yo me había propuesto no escribir más en periódicos. Tenía vastos y vagos planes literarios. Soñaba en viajes lejanos, en romerías a través de la India, en excursiones por el Eufrates. Mi vida era errante y perezosa. Un día, en Sevilla, D. Torcuato Luca de Tena me dijo:

  • Si es verdad que usted ha abandonado para siempre EL LIBERAL, quiero que venga usted a escribir a ABC.
  • ¡Yo, francófilo rabioso! – exclamé – ¡Yo, espíritu anticonservador…! ¡Yo, alma irrespetuosa…! ¡Yo, bohemio sin fe…!

Aquel gran señor, que es al mismo tiempo el más libre de espíritu y el más claro entendimiento que existe en el mundo, contestóme:

  • Ya usted sabe que yo respeto todas las convicciones, cuando son sinceras. En mi periódico escribe ‘Azorín’ que es tan francófilo como usted. Pruebe usted.
  • Probaré – contéstele.

Durante un año entero el ABC fue para mí una tribuna, tan libre, tan generosa, que no creo haber tenido otra igual en mi vida periodística. Me sentía entre caballeros en aquella rica casa. Todo era fino, cortés, pulido, hidalgo en aquellas columnas. En un momento dado, una gran ciudad de España, ofendida por unos artículos míos, quiso exigir que Luca de Tena me obligara a rectificar. Era no conocer a Luca de Tena… Y yo, a su lado sentíame unido para siempre…. Pero llegó un día en que, por discusiones sindicalistas, casi todos los redactores de EL LIBERAL, desde Manuel Machado, amigo mío de corazón, hasta Antonio de Lezama, mi compañero de alma en lances peligrosos, abandonaron a Moya para irse a fundar otro periódico. Entonces Tomás Romero, siempre fraternal, me dijo:

– Moya se queda casi solo… Sería el momento de apoyarlo.

– Yo tengo – contestéle – un contrato firmado con Luca de Tena.

– Explícale la situación.

Así lo hice. Y D. Torcuato, que, mucho me equivoco, o estaba contento de mi labor, me contestó con una carta pública en la cual, sin miedo de ofender a los fundadores de LA LIBERTAD me aconsejaba que volviese a mi antigua casa para ayudar a mi amigo D. Miguel Moya…

Entonces fue cuando vi de nuevo al gran periodista. ¡Cuán cambiado lo encontré! ¡Lo que las enfermedades físicas no habían lograd contra su cuerpo de atleta, lo que las luchas políticas no habían podido sobre su ánimo de acero, las penas morales acababan de hacerlo, en un instante! No saben mis antiguos compañeros hasta qué punto sufrió ese hombre al verse abandonado.

– ¡Lezama! – decíame – ¡Lezama…! ¡Y Zozaya…! ¡Y Machado! ¡Y Oteyza…! ¡Y Barcia…! ¡Y Zulueta…! ¿Es posible?

Yo respetaba sus largos silencios sombríos, durante los cuales ligeras crispaciones de sus párpados hacían ver la marcha cruel de las visiones que pasaban ante su vista. Su barba rubia, encanecía día por día. Los verdaderos piratas de la Prensa, los que viven de los despojos de los naufragios, acechaban sus zozobras y animaban a sus enemigos, con la esperanza de verlo sucumbir. Sólo Luca de Tena (ese Luca de Tena que en la época del esplendor del ‘trust’ había sido su adversario), manteníase a su lado, animándolo, apoyándolo, ofreciéndole siempre el primer puesto en todas partes… Moya, con su clarividencia extraordinaria, comprendía la realidad de la situación. Con amargura, murmuraba, acariciando ls legajos que llenaban sus cajones: “Aquí hay documentos para escribir la historia de la ingratitud humana… aquí hay más miseria moral que en el lugar más infame del mundo…” Pero, cuando alguien murmuraba: “El periodismo es así”, él se rebelaba exalamando:

“No…, no… eso no es el periodismo… Eso es una ola mala, una ola de negocio inmoral… una ola de mercantilismo…”. Y sonriendo, feliz al poder oponer una figura de luz a tanta sombra, hablaba del director de ABC.

– Ya ven ustedes – decía , con su placidez afectuosa – ; ya ven ustedes… Luca de Tena es el que mejor me comprende…. Ese es un hombre que ve lejos… A mi lado está siempre, apoyándome, ofreciéndome todo lo que tiene… Mientras haya hombres como él, no podemos renegar de nuestro gremio…

Y es verdad… La energía clara, noble, desinteresada de un Luca de Tena, sean cuales sean sus ideas, es lo único que puede consolarnos de la muerte de Miguel Moya, a los que aún creemos en esa cosa ridícula y sublime que se llama el ‘sacerdocio’ de la Prensa…

Gómez Carrillo

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