30 noviembre 1945
El número de satélites de la Unión Soviética no hace más que aumentar desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial, aunque hay analistas que ponen en duda la fidelidad de Tito a Stalin
Tito se convierte en el dictador comunista de Yugoslavia tras liderar su liberación de la ocupación nazi
Hechos
El 30.11.1945 Josip Broz ‘Tito’ asumió la presidencia de Yugoslavia.
Lecturas
Desde la ejecución de Mihailovic Tito era el ‘hombre fuerte’ del país.
El Frente Nacional (comunista) dirigido por Josip Broz ‘Tito’ ha obtenido – según el recuento oficial de un país (dominado por los comunistas) el 90,84% de los votos para la Cámara Federal y el 80,68% de los votos para la Cámara del Pueblo, de acuerdo con el recuento dado a conocer oficialmente este 30 de noviembre de 1945.
En las elecciones celebradas el 1 del presente mes no participaron los principales opositores a Tito, que ostenta el poder real en Yugoslavia desde que concluyó la Segunda Guerra Mundial en los Balcanes.
En estas «elecciones» han tenido por primera vez derecho al voto las mujeres en la historia de Yugoslavia.
La Segunda Guerra Mundial ha supuesto un incremento de dictaduras comunistas en la Europa del Este auspiciadas por el Ejército de la URSS. Tras los casos de Yugoslavia y Polonia en enero de 1946 se proclamará el comunismo en Albania.
El Análisis
Mientras la Europa Occidental liberada por las tropas angloamericanas comienza a dar pasos hacia la reconstrucción democrática —con elecciones pluralistas en países como Grecia, Bélgica u Holanda—, un panorama muy distinto se cierne sobre Europa del Este. Allí, donde fue el Ejército Rojo quien expulsó a los nazis, no hay restauración democrática, sino el establecimiento de regímenes comunistas al dictado de Moscú. En noviembre de 1945, Yugoslavia se ha sumado a esta nueva órbita con la proclamación de una república popular bajo el mando férreo de Josip Broz «Tito», cuya victoria en las elecciones ha estado acompañada de represión política, persecuciones a opositores y la eliminación de cualquier atisbo de disidencia. No se trata de un proceso electoral en sentido occidental, sino de una operación cuidadosamente orquestada para imponer una dictadura de partido único.
En Polonia, otro país víctima de la ocupación nazi y cuya resistencia durante la guerra fue heroica, el panorama no es más alentador. Bolesław Bierut, respaldado sin ambages por Stalin, está consolidando un régimen comunista que ahoga a la oposición, amordaza la prensa y suplanta el poder legítimo con estructuras impuestas desde Moscú. Todo el aparato estatal polaco, desde las fuerzas de seguridad hasta los tribunales, está siendo purgado y subordinado al nuevo orden socialista. La promesa de una Polonia libre, tantas veces proclamada durante la guerra por los Aliados, se desvanece ahora en la práctica bajo la tutela soviética. La «liberación» por parte del Ejército Rojo ha devenido en una nueva forma de ocupación, esta vez ideológica y más duradera.
Así se perfila una Europa dividida: al oeste, se ensayan reconstrucciones democráticas con libertad de prensa, partidos y elecciones competitivas; al este, se establecen dictaduras de partido único bajo el disfraz de repúblicas populares. La gran paradoja del fin de la guerra es que la derrota del nazismo no ha traído automáticamente la libertad. En buena parte del continente, simplemente ha sustituido un totalitarismo por otro. La consigna que guió la resistencia —la lucha por una Europa libre— parece cumplirse sólo en la mitad del mapa. La otra mitad ya ha cambiado de amo.
J. F. Lamata