22 enero 2024
Culmina una etapa de desencuentros del filósofo y la línea editorial del periódico de PRISA
La directora de EL PAÍS, Pepa Bueno, despide a Fernando Savater como columnista tras más de 30 años en el periódico
Hechos
- El 22 de enero de 2024 se hace pública la ruptura del periódico EL PAÍS con D. Fernando Savater.
- El 23 de enero de 2024 D. Fernando Savater confirma su salida en la Cadena COPE.
Lecturas
El 22 de enero de 2024 el filósofo de El País Fernando Fernández-Savater Martín, columnista del periódico desde su fundación, publica un adelanto de su próximo libro ‘Carne Gobernada’ (Editorial Ariel) en el digital El Confidencial. En ese adelanto vierte severos juicios contra la posición editorial de El País de apoyo al gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sobre el bajo nivel de los actuales colaboradores del medio. Fernández-Savater ya simultaneaba su colaboración en El País con las que realiza en el digital The Objective.
Ese mismo día 22 de enero de 2024 la directora de El País, María José Bueno Márquez, le comunica su despido como colaborador del citado periódico.
El 23 de enero de 2024 Fernández-Savater Martín es entrevistado en la Cadena COPE donde considera que El País ahora es un ‘artefacto gubernamental’.
El 25 de enero de 2024 María José Bueno Márquez publica una carta a los lecores de El País en el que manifiesta que “las columnas de opinión no son espacios arrendados de por vida” y justifica el despido por referirse al periódico y a sus colaboradores en ‘términos intolerables’.
El 30 de enero de 2024 Félix de Azúa Comella, anuncia que ponía fin a sus colaboraciones en El País y pasaba a hacerlas en The Objective. En declaraciones a este medio Azúa Comella considera que, tras fallecer Miguel Barroso Ayats, el ‘hombre fuerte’ en El País.
22 Enero 2024
Fernando Savater: "El País' se ha convertido en portavoz del peor Gobierno de la democracia"
La columna de los sábados que inicié en El País el año mismo que perdí a mi Pelo Cohete (apodo de Sara Torres Marrero, la mujer de Savater, fallecida en 2015) se acoplaba especialmente bien a mi estilo: una columna de trescientas palabras en la última página los sábados, el día que podía tener más lectores. Naturalmente, utilicé esa tribuna para desenmascarar en la medida de mis posibilidades a los nuevos salvapatrias que le habían caído encima a nuestro país y que encontraban partidarios entre personas a quienes yo conocía desde hace mucho y a las que tenía por sensatas. Pero nunca acaba uno de despertar…
Los primeros años mi periódico conservó su línea socialdemócrata habitual, apoyando a los socialistas — recuerden: ¡aquellos socialistas!—, desconfiando algo menos de lo debido de los neocomunistas y oponiéndose aunque sin demasiada acritud a los separatistas. Pero hubo un vuelco en el partido socialista y finalmente ocurrió lo peor que le ha pasado en toda su larga y polémica historia: se encontró sometido al liderazgo caudillista de Pedro Sánchez. Cuando escribo estas atribuladas líneas, ahí seguimos. Uno de los primeros efectos de este pernicioso liderazgo fue el brusco desahucio por motivos indiscutiblemente sectarios (un editorial crítico con Pedro Sánchez) de la cúpula directiva de nuestro periódico: Antonio Caño y su equipo de gente tolerante y muy profesional desapareció por el sumidero del nuevo régimen de un día para otro, sin explicaciones. De ser un diario progresista, de centro izquierda, con las virtudes y defectos propios del caso, pasó a convertirse en un portavoz gubernamental y del peor Gobierno que ha tenido la democracia española desde la muerte del dictador. Eso naturalmente socavó el prestigio del periódico, que de ser el diario de referencia pasó a convertirse en un risible epítome de la prensa al servicio de la política: durante muchos años los dibujos de Forges habían aprovisionado de chistes mil veces repetidos a lectores de toda España (casi tanto como los incomparables de Mingote en ABC), pero poco a poco hemos llegado a que el chiste sea EP y sus disparates sectarios.
Antes había mucha gente que con orgullo decía: «Yo solo leo El País«, como si con eso bastara para estar bien informado urbi et orbi. Desde luego, nunca me bastó un solo periódico, siempre he leído cuatro o cinco (uno de carreras de caballos, claro), pero comprendía la satisfecha limitación de los monodiaristas: si leías bien EP era suficiente. Hoy ya casi nadie comparte esa plácida creencia progre porque con esa dieta exclusiva cojearás informativamente de un pie y probablemente de los dos. Durante muchos años, cuando publicaba un artículo en EP había gente a favor y abundantes personas en contra, pero no pasaba inadvertido: esa tribuna era el ágora de la mayoría ilustrada y políticamente inquieta de nuestro país. Hoy, aunque mis columnas son múltiplemente replicadas en las redes, si quiero asegurarme ciertos lectores imprescindibles (amigos, familiares, rivales necesarios, etc.), debo enviar un aviso circular por WhatsApp para atraer su atención, porque ya prácticamente ninguno lee habitualmente EP. Bastantes compran el periódico solo los sábados, día en que aparece mi columna, y me lo hacen saber a cada paso: «Por tu culpa tengo todavía que comprar…», lo cual desde luego me hace sentir responsable de tal dispendio.
En la evidente decadencia de EP intervienen diversos factores. A mi juicio, el primero de ellos es el mismo que ha roído al PSOE en sus mejores esencias: la colonización ideológica por parte del PSC, que es un elemento cancerígeno allí donde se implanta. El peor nacionalismo es el de los que no se declaran nacionalistas y por eso los socialistas catalanes han sido tan mefíticos. Es lógico que en las elecciones del 23-J hayan cosechado una mayoría de votos, porque han optado por ellos los nacionalistas sagaces, convencidos de que sus intereses separatistas están más seguros con esos representantes ambiguos que en los divididos y poco fiables partidos nacionalistas. Las opiniones del supuesto periódico global están dirigidas en las cuestiones nacionales por una cáfila particularmente estrecha: Jordi Amat, Jordi Gracia, Xavier Vidal-Folch, Josep Ramoneda et alii, cuyo primordial objetivo es demostrar que solo los elementos más reaccionarios se oponen a los nacionalismos periféricos. Por lo demás, fuera de la izquierda sociocomunista todo es Trump.
Otro elemento que empeora este diario otrora prestigioso es una desafortunada invasión femenina. En un momento como el actual, en que los mejores columnistas en todos los medios son mujeres y algunos ya casi no leemos otra cosa (Rosa Belmonte, Emilia Landaluce, Irene González, Lupe Sánchez, Rebeca Argudo, Leyre Iglesias, etc., por no remontarnos al magisterio de Cayetana Álvarez de Toledo), en EP nos ha tocado el lote menos lucido: tanto las de casa como las importadas, salvo las honrosas y escasas excepciones de rigor, son tan sectarias y aburridas como los varones con quienes se codean. Así no hay manera de remontar el partido.
En lo que a mí respecta, pronto empecé a encontrarme bastante solo en la palestra, lo cual no me molesta porque siempre me ha gustado escribir para pinchar a mis lectores, no para halagar sus prejuicios: para eso ya están los demás. A finales de 2021 reuní en un libro ( Solo integral) mis mejores columnas sabatinas de los últimos años. Cada una de ellas iba seguida de un comentario de la misma extensión que actualizaba el tema, confirmando el enfoque primigenio o mostrando sus errores (en general, todas las columnas optimistas estaban equivocadas y las pesimistas se quedaban cortas). Quedé bastante satisfecho con el volumen, que me pareció un buen repaso a las peripecias políticas y culturales de nuestro país en ese período. Dediqué dos o tres días a las entrevistas de promoción, como es la fatigosa pero inevitable costumbre, y acudieron casi todos los principales medios informativos. Casi… porque faltaron la SER y El País, precisamente el periódico donde se habían publicado todas las colaboraciones que formaban el libro. Ni una simple reseña apareció en sus páginas.
Fue una descortesía, desde luego, pero también una imprudencia. Siempre me gustó el escudo de Montresor, el peligroso personaje del cuento de Poe El barril de amontillado, que finalmente castiga al atontado Fortunato poniéndole, digamos, cara a la pared… En su escudo podía verse una víbora que muerde rabiosa el calcañar del pie que la aplasta, con la leyenda: Nemo me impune lacesit (Nadie me ofende impunemente). De modo que la alegre muchachada de EP podía aplicarse el cuento. Para abrir boca perpetré una columna de Año Nuevo que empezaba diciendo «Si ustedes solo se informan por medio de este periódico, no sabrán que he publicado un libro…». Después recordaba que empezábamos la era del tigre según el calendario chino y que esperaba ser digno de ese fiero patrono. Acentué el tono heterodoxo de mis columnas en contraste permanente con las opiniones del resto del periódico, tan previsibles y unánimes como el canto gregoriano salvo honrosas excepciones como Félix de Azúa. Incluso me atreví a cuestionar la inminente catástrofe climática que los humanos irresponsables hemos provocado, el gran Satán de las plagas capitalistas que hay que denunciar con tanto mayor ahínco cuanto menos se sepa de lo que se habla. Llovieron las cartas de los lectores dolidos con mis artículos y tristemente decepcionados al ver que ya no pensaba como era debido (nunca se publicaban cartas cuestionando a otros colaboradores, sino en todo caso poniéndolos como ejemplos ante mi deserción).
Una de las cosas que se nos advertía siempre en EP cuando empecé mis colaboraciones era que podíamos sostener las ideas que quisiéramos aunque sin criticar nunca nominalmente a otros colaboradores del medio. Pero en mi caso, cuando empecé a alejarme de la ortodoxia, se levantó la veda y aparecieron artículos tratando de refutar los míos — con poca maña la verdad—, que eran publicados al día siguiente o incluso por la tarde si el mío había aparecido por la mañana. Obedientes piezas de encargo fabricadas por mindundis serviciales tipo Sergio del Molino y gente parecida. Llamé a la redacción para advertirlos de que tuvieran cuidado, no fueran un día a publicar la refutación antes de mi artículo… Los que creyeron que eso me iba a hacer reventar de cólera o de frustración no me conocen bien: puedo asegurar sin vanagloria que nunca he disfrutado tanto con mis columnas como en estos últimos tiempos, sabiendo a cuántos molestan. Aunque, para ser sincero, debo reconocer que nunca me han faltado testimonios de apoyo por vía pública y sobre todo privada, con firmas bastante más relevantes para mí que las de mis críticos.
Sin embargo, la situación de España es cada vez más patética y mi situación profesional (y personal, porque oponerse con decisión a la izquierda felizmente reinante te deja sin amigos y casi sin familia) es lo de menos. Después de las elecciones autonómicas y municipales del 28 de mayo, que parecían anunciar un cambio de rumbo político, muchos creímos en la posibilidad de regresar a una cierta cordura incluyente y armonizadora, pero en las generales del 23 de julio — aunque numéricamente ganadas por la oposición a Sánchez— comprendimos que todavía padecemos demasiados conciudadanos dispuestos a votar al diablo más colorado del infierno con tal de no apoyar ni por descuido a la derecha y no digamos a la extrema derecha (que es más o menos la misma derecha, pero vista desde la propaganda denigratoria de los medios de izquierdas). Es cierto que la alternativa derechista a Sánchez que presentó Feijóo fue de lo menos inspirado políticamente que se ha visto: solo entendimos que la izquierda moderada no tenía nada que temer de él, porque se parecía más a ellos que a la derecha radical de Vox.
Sin embargo, siempre he sostenido que en democracia los culpables de los embrollos y disparates son los verdaderos políticos de base, es decir, los votantes (de los que no votan prefiero ni hablar). Un pesimista con tendencia al sarcasmo dijo que en un país democrático gobernado por imbéciles y desaprensivos puede asegurarse que el pueblo está bien representado. Intento no compartir del todo ese dictamen por respeto a mis compatriotas, aunque en el fondo lo considero pavorosamente acertado. Cuando parecía que finalmente los españoles iban a despachar democráticamente a Sánchez y compañía, pasándoles la factura por sus innumerables desafueros de estos últimos años — que ya es hasta aburrido volver a enumerar—, apareció la poción mágica para revivir al maltrecho farsante. ¡Cuidado, que viene la extrema derecha!
Nuestro país ha padecido un separatismo xenófobo y terrorista de la peor ralea en el País Vasco, ha sufrido un intento de golpe de Estado en Cataluña por parte de quienes debían defender las instituciones, ha soportado las geniales ideas populistas de un comunismo ortopédico que ha endeudado el país hasta extremos nunca antes conocidos, sufre la tiranía woke de una fragmentación en grupúsculos identitarios de sexo e ideología que reclaman para ellos patente de corso mientras ejercen la intransigencia contra todo bicho viviente (salvo los animales, claro)… En fin, hay enemigos de la convivencia donde elegir, pero resulta que la única amenaza que cuenta y atemoriza es la extrema derecha, que todavía no ha gobernado y de la que solo hemos oído exabruptos que no favorecen su causa, pero tampoco bastan para derribar por sí solos las murallas de Jericó.
Yo he oído a personas a las que aprecio y que blasfeman contra Vox andanadas contra la inmigración ilegal más radicales que las de Abascal, pero se indignarían si se les señalase ese parentesco: tales diatribas cuando vienen de la derecha demuestran inhumanidad, pero cuando las sostienen ellos son puro sentido común. Durante el período preelectoral antes del 23-J todo el que podía hacerse oír y quería sacarse el certificado de buena conducta lanzaba a grito pelado su ¡caveat! contra los ultras (que según el dictamen del libro de estilo de EP solo pueden ser de derechas). Hubo ciertos casos especialmente sangrantes, nunca mejor dicho. El director del Festival de Cine de San Sebastián, José Luis Rebordinos, en la presentación ante la prensa de la muestra, lanzó una soflama contra la extrema derecha que por lo pronto no venía a cuento, salvo como propaganda ante la próxima cita electoral: él tenía amigos de todos los bandos y banderías, respetaba todas las ideas políticas… menos naturalmente la extrema derecha y quienes se asociaban con ellos. ¡El festival donostiarra, que durante largos y vergonzosos años se entendió con los etarras en un pacto secreto pero evidente para que ellos mataran donde quisieran menos en la alfombra roja! Y todos los años se permitía una aparición de la infame turba el día de la inauguración para que dieran los vivas de rigor y exhibieran sus pancartas reivindicativas, precio que pagar para que después respetaran la fiesta… ¡Ah, pero los ultras — siempre de derechas— no pueden ser consentidos! Luego, el festival comenzó con un falso documental que no era más que una larga entrevista de Jordi Évole a Josu Ternera (como dijo Oscar Wilde de la caza del zorro a caballo: «Lo inefable persiguiendo a lo incomible»).
25 Enero 2024
Carta a los lectores
En todo este tiempo, el periódico ha publicado, puntualmente, sus opiniones sobre los temas más diversos, acompañando la evolución del pensamiento del filósofo y también de su estilo. Incluso cuando sus ideas generaban una gran controversia con muchos de vosotros y con nuestros propios periodistas, como, por ejemplo, la ocasión en que banalizó con los abusos en el seno de la Iglesia. Lo he defendido, hasta el lunes pasado, porque me preocupa una sociedad que va perdiendo tolerancia a la discrepancia, incluida la que nos provoca dolor o rechazo. No hace falta argumentar la pluralidad de opiniones en El País, basta con leernos. Desde hacía tiempo, era evidente que nuestro autor no estaba a gusto con el periódico, algo que íbamos sabiendo por sus columnas y por sus declaraciones públicas. Nunca vino a casa a comentarlo. El lunes lo expresó en dos medios ajenos en términos intolerables de desprecio personal hacia El País, su credibilidad, su dirección, sus periodistas y sus colaboradores. Tuve claro que era el final del trayecto. Llamé personalmente a Savater para anunciarle el fin de su colaboración con el periódico y después se lo hice llegar por escrito en una nota que terminaba así: ‘Muchas gracias por el camino recorrido hasta aquí, mucha suerte y hasta siempre’.
Las columnas de opinión no son espacios arrendados de por vida en un periódico. Son un espacio vivo por el que los colaboradores van y vienen a lo largo del tiempo. Ahora, la reorganización de la contraportada de la edición de papel mueve de sitio o de día a otros dos autores de la casa. Encontrarás a Manuel Jabois los miércoles en la contra; y a Leila Guerriero, en el mismo lugar donde ya estaba, pero los sábados.
27 Enero 2024
Savater, nudo y desenlace
Defensora del lector
EL PAÍS prescinde del columnista Fernando Savater por ofender a la dirección, a los periodistas ―especialmente a las mujeres― y a algunos colaboradores citados con nombre y apellidos en su último libro, Carne gobernada (Ariel). Es la explicación que ayer dio la directora, Pepa Bueno, en la carta semanal a los suscriptores, en la que rechaza que haya sido expulsado por sus ideas. La periodista argentina Leila Guerriero lo sustituye en la columna de los sábados y a ella, los miércoles, la relevará Manuel Jabois. Por todo ello, este artículo de la defensora se adelanta un día para explicar lo sucedido a los lectores. Hoy ya no encontrarán a Savater.
“Desde hacía tiempo, era evidente que nuestro autor no estaba a gusto con el periódico, algo que íbamos sabiendo por sus columnas y sus declaraciones públicas. Nunca vino a casa a comentarlo”, afirmaba la directora en la carta, que recoge además que esta semana Savater lo ha expresado “en términos intolerables de desprecio personal hacia EL PAÍS” y sus empleados. “Tuve claro que era el final del trayecto”, añade.
“El acelerador, porque ya se venía gestando, es la publicación de un adelanto de mi libro”, dice por su parte Savater, que aclara que ni sabía que este iba a salir en ese momento, ni eligió el extracto, pero ve lógico que se usaran las páginas en las que habla de EL PAÍS. ¿A qué se refiere al hablar de que algo se gestaba? Según él, a que, “en contra de lo que siempre ha ocurrido”, cada vez que defendía sus ideas, estas se refutaban en otros artículos o en cartas de lectores. “Indicaba una situación de tensión”, afirma. En la hemeroteca hay ejemplos de réplicas entre columnistas, incluidas las que él mismo dedicó a Rafael Sánchez Ferlosio (y viceversa).
Savater ha escrito en EL PAÍS con plena libertad. En sus columnas, ha arremetido contra el feminismo, la crisis climática, la memoria democrática o la investigación de la pederastia en la Iglesia española, asuntos que identifican la línea editorial de este periódico. También contra Pedro Sánchez, la ley de amnistía y todo cuanto ha querido poner bajo la lupa, desde los nacionalismos a los editoriales de EL PAÍS. El único límite a su libertad de expresión ha sido el insulto. El Libro de Estilo establece que la opinión debe ser respetuosa con las personas, aunque se critiquen sus actos. Y dentro de ese marco, Savater ha disfrutado de más permisividad que otros opinadores, que no han sido como él un referente del periódico por su condición de filósofo e intelectual y por su valentía frente al terrorismo de ETA.
Pero el lunes El Confidencial publicó un extracto del libro de Savater, con las siguientes frases: “El diario de referencia pasó a convertirse en un risible epítome de la prensa al servicio de la política”; “Poco a poco hemos llegado a que el chiste sea EP y sus disparates sectarios”; “Las opiniones del supuesto periódico global están dirigidas en las cuestiones nacionales por una cáfila particularmente estrecha: Jordi Amat, Jordi Gracia, Xavier Vidal-Folch, Josep Ramoneda et alii”; “Otro elemento que empeora este diario otrora prestigioso es una desafortunada invasión femenina”; “Obedientes piezas de encargo fabricadas por mindundis serviciales tipo Sergio del Molino”…
Esta retahíla de ataques a los periodistas de EL PAÍS no está sacada de entrevistas o declaraciones públicas, fruto de la improvisación o fuera de contexto, sino de un texto reflexionado y elaborado. Además, abundó en ellos en una entrevista publicada el mismo lunes. No cabía otra alternativa para desenlazar este nudo que prescindir de quien menosprecia y ridiculiza el trabajo de los periodistas del medio en el que publica.
Los lectores
Desde entonces, medio centenar de lectores se ha dirigido por diferentes vías al periódico para pedir explicaciones, anunciar su marcha por lo sucedido o mostrar su apoyo a la decisión. Resulta incompatible satisfacerlos a todos.
“Considero un error y muy decepcionante el despido del señor Savater”, afirma Bartolomé Menchén. “Son ustedes guardianes de la diversidad de opinión y la libertad de expresión y eso requiere altura de miras. Les ruego intenten revertir dicha decisión”.
“Un periódico no tiene por qué soportar los insultos y las descalificaciones de un colaborador, y menos aún los dirigidos contra la dirección y hasta contra sus propios compañeros y compañeras. Savater llevaba mucho tiempo no escribiendo en EL PAÍS, sino contra EL PAÍS”, dice Gonzalo de Miguel Renedo. “Si hubiera sido coherente, máxime en una persona de su prestigio, hace ya mucho tiempo que habría pedido la cuenta y habría hecho mutis”.
“Ahora podré leer mi periódico los sábados sin omitir la quinta columna de la última, que durante estos años rezumaba prejuicio, insulto y odio”, escribe César Iglesias Kuntz. “Preparémonos: la caverna ya tiene su mártir”.
“Me sentía orgulloso de la libertad de opinión que se recogía en el diario. Colaboradores como él y [Daniel] Gascón, por ejemplo, contribuyen a ese extraordinario ejercicio de sorpresa: no tengo que leer solo lo que espero encontrarme”, dice Tomás Artaza Varasa. “Ese cierto orgullo del que presumía ante otros por la pluralidad exhibida en el diario se ha terminado”.
¿La pérdida de un solo columnista pone en riesgo la pluralidad del periódico? Javier Rodríguez Marcos, subdirector de Opinión, defiende que no. Aunque reconoce el peso de Savater, recuerda que hay otros articulistas “que no están con la línea editorial sistemáticamente”. Entre ellos, cita a Juan Luis Cebrián, al mismo Gascón, a Ana Iris Simón o Ignacio Peyró. También menciona a Sergio del Molino, Víctor Lapuente o Najat El Hachmi, quienes escriben con visiones distintas a la del periódico sobre temas que no son solo de política.
Tampoco se puede obviar que, en un contexto de gran tensión, se ha hecho un esfuerzo para ofrecer un análisis plural sobre la ley de amnistía. Al menos una docena de tribunas han vapuleado la norma más polémica que se debate esta legislatura. Los textos de Tomás de la Quadra-Salcedo, Adela Cortina, José Luis Pardo, Javier Cercas o Ana Carmona, entre otros, rebaten los reproches de falta de pluralidad en la opinión que hacen algunos lectores.
Con la marcha de Savater se cierra una etapa y como siempre que una firma sale del periódico, la despedida no es alegre. Pero los lectores sabrán apreciar la trasparencia con la que EL PAÍS explica las decisiones internas, introspección inédita en la mayoría de los medios españoles. Queda una duda que solo el tiempo dirá y curiosamente ningún lector ha planteado: ¿habrá ahora alguien que escriba del Derby?
28 Enero 2024
Savater, despidos y despedidas
Este periódico ha despedido a Fernando Savater, y me da pena, pero también hay cosas que me molestan. Escribo por alusiones, como empleado del diario, y no me apetece nada escribir de cosas del trabajo, casi menos que trabajar, pero sigo un consejo, simple pero nada fácil de seguir, que me dio otro grande, Carlos Boyero, sobre cómo escribir columnas: “No te cortes”. Así que lo diré: creo que Savater ha sido injusto y poco elegante, y quienes le hemos leído siempre no estamos acostumbrados a eso con él, sino a lo contrario. Lectores y compañeros merecíamos otra despedida. Él sabe, y no lo ha aclarado bien, que podía haber estado diciendo aquí lo que pensaba hasta jubilarse, como Vargas Llosa, que agradeció haber podido escribir siempre lo que le dio la gana. Pero no sé quién espera poner a parir en público repetidamente a la empresa donde trabaja y que no tenga consecuencias. Como un futbolista que se queje en cada partido de que todos en su equipo son malísimos menos él y de que el club es una mierda. Simplemente, no es cierto que fuera el único que critica al Gobierno, aquí lo hace más gente, del presidente de honor para abajo. También sabe, y no lo dice, que este diario es plural. Luego está la línea editorial, que te gustará más o menos, pero es legítima, argumentada y respetable, salvo que seas un profeta del apocalipsis, claro. En todo caso, la opinión es una pequeña parte del diario, la más importante es la información, y reducir el trabajo de sus periodistas a una caricatura es un insulto a la inteligencia, porque todos trabajan sin pensar ni un minuto al día en la línea editorial, sino en dar noticias, y defienden con uñas y dientes su independencia, aunque a Savater quizá no siempre y con todos los gobiernos le ha interesado ni preocupado. Si quiere tomamos un txakolí y le cuento. Este oficio ya es bastante difícil y España ya está bastante exaltada como para contribuir a todo ese rollo maléfico de conspiraciones, buenos y malos, y que aquí somos todos unos vendidos y que esto es una dictadura y cosas que es imposible que se crea alguien inteligente como él.
Luego hacen mucha gracia los paladines de la libertad que le hacen la pelota. A Enric González le dijeron en El Mundo en 2018: “A partir de ahora, España y toros”. Se fue. El Mundo, por cierto, ha despedido a Jaime Peñafiel, e imagino que algunos de sus periodistas estarán temblando: ahora te echan por difundir bulos delirantes y conspirativos. Otros estarán encantados, en todas las redacciones hay de todo. En 2018, el jefe de opinión de ABC replicó, en el día, a una columna de David Gistau enviada a primera hora de la tarde sobre la libertad de expresión, por una obra de ARCO sobre independentistas catalanes. Gistau luego también se fue. No sé si Savater irá ahora a un diario de derechas, si es así va a flipar, en la mayoría todos piensan igual. Salvo excepciones, hay días que no distingues los columnistas si no miras la firma. España es el único gran país europeo sin un diario nacional de derechas serio y sensato de referencia, hace años que lo echamos de menos. En cambio, si pese a sus naturales defectos no existiera este diario, imagínenlo, esto sería una república bananera informativa y Savater sería el primero en querer inventarlo, aunque solo fuera para poder despotricar de él. Lo bueno es que en un diario loco de derechas tendrá un vasto campo para ir a contracorriente, como le gusta, y será un placer verle desenmascarar sus trolas, y lo que callan, y ya si les dice en público lo malos que son será digno de verse cómo le aplaudirán. Estoy deseando leerle, como siempre.
Iñigo Domínguez
01 Febrero 2024
Terror feminista
Envejecer en un oficio en el que para brillar se precisa de la aceptación del público no es sencillo. Lo sé porque lo vivo. Creerte, con razón o sin ella, en plenas facultades, y ver cómo te pisan los callos y te comen el terreno jóvenes promesas que criaste a tus pechos, e incluso otras que vinieron de fuera y podrían ser tus nietos, mientras constatas que ni tu energía ni tu influencia son las que eran, no es plato de gusto. Es humano revolverse. Pensar que tú eres distinto. Único, singular, imprescindible. Que hiciste y haces las cosas antes y mejor que esos advenedizos que no te llegan ni a las suelas. Puede, incluso, que sea cierto. Da igual. Toca asumirlo, seguir haciéndolo lo mejor que sepas y vivir con el hecho de que hay otras voces, incluso otras primas donnas, en el coro que antes dominabas. Se puede hacer con elegancia, afinando tu instrumento en la discrepancia. O cogiéndote una pataleta y llorando por las esquinas con que todos desafinan menos tú, y lo que pasa es que el jefe te tiene manía. Obsérvese que no hablo de hombres ni mujeres, sino de vacas sagradas del oficio, independientemente de su sexo. Pero, visto lo visto y oído lo oído, parece que a ciertos toros bravos les escuece el doble si quienes constriñen su hegemonía en la dehesa son hembras.
Según la última encuesta del CIS, el 44% de los hombres cree que los avances feministas han llegado demasiado lejos y ahora los discriminados son ellos. Me sorprendió lo justo. En la última semana, Fernando Savater y Félix de Azúa, veteranos e ilustrísimos columnistas de este diario, han causado baja y han deplorado en otras cabeceras la alta cantidad y la baja calidad de las señoras periodistas de esta casa. Hablan de mediocre “invasión femenina” y de “terror feminista” en una Redacción que hace lustros que no pisan. Están en su derecho. Lo de la mediocridad va en gustos, y quizá prefieran a colegas que no les molesten, que les rían las gracias, que protesten, pero bajito. Con su puntito feminista y canalla, vale, pero dentro de un orden, y, sobre todo, sin tocarles a ellos sus atributos ni rebatirles sus tribunas. Lo del terror puedo entenderlo. El mundo ya no es ni será como era, y algunos, o no se han enterado, o, peor aún, para quien aspira a interpretarlo, no quieren enterarse. Qué pena.
02 Febrero 2024
No somos una cuota
De entre los muchos lamentos de Fernando Savater sobre cómo ha cambiado EL PAÍS está su queja sobre una “desafortunada invasión femenina”. Y yo sin enterarme. También anticipaba, con disgusto, que en su colaboración semanal era más que probable que lo sustituyera “una” en vez de “uno”. Claro, sería más justo que el espacio que ha dejado lo ocupara alguien a su gonadal altura. No es el único intelectual que patalea contra la igualdad en una rebelión ridícula sin otra causa que la de negar lo que es de justicia. Cegados están y por eso no han visto la sistemática discriminación positiva por la que han sido agraciados por el simple mérito, al parecer importante, de tener los genitales colgantes. Cuando todas la firmas de los diarios eran masculinas no clamaron al cielo por tan flagrante injusticia ni repararon en nuestra ausencia. En su cómoda fratría debieron creer que la mesa puesta, las camisas planchadas y los muy amados hijos bien cuidados eran cosas que se hacían solas mientras ellos conquistaban el mundo, fundaban periódicos y se hacían con los puestos de mayor poder y visibilidad.
Pues mal que les pese a estos sagaces pensadores, siempre atentos a la promoción injusta de mujeres, nuestro camino no acaba más que empezar. Tenemos formación y conocimiento, ambición y ganas de comernos el mundo exactamente igual que ellos. No somos cuota, somos la mitad de la humanidad y a por la mitad de todo hemos venido, no nos vamos a conformar con migajas. No se han enterado aún de que llevamos trescientos años sin cejar en nuestro empeño de ser algo más que la costilla de esos señores tan fabulosos que solo nos quieren y nos aprecian si les adulamos sin contradecirles. ¿Y qué si entre nosotras hay alguna mediocre? ¿Acaso se han quejado de los numerosos varones inútiles que ocupan sillones que les van enormes? ¿Pero qué quieren? ¿Que teniendo más formación académica y expedientes brillantes nos encerremos en las labores que antaño decían que eran las nuestras? ¿Quieren jugar con la mitad de la competencia neutralizada para que el campo sea solo para los chicos? Ya lo siento por ellos porque no les va a quedar otra que aceptar que no hemos venido a este mundo a servirles el café y ya pueden quejarse todo lo que quieran que no vamos a renunciar a lo que es nuestro y nos arrebataron gracias a eso que no ven nunca que se llama machismo.
04 Febrero 2024
Lo de 'El País'
En realidad, no pensaba escribir nada sobre mi despido del periódico en el que he escrito los últimos cuarenta y siete años. Es un incidente laboral de los que suceden tantos en nuestros días, en mi caso afortunadamente sin tintes especialmente dramáticos. La empresa me lo dio y la empresa me lo quitó, está en su derecho, aunque bien es verdad que la empresa que me lo dio se parece poco a la que me lo acaba de quitar. Pero en fin, qué le vamos a hacer, tampoco hay que dramatizar: gracias por los buenos ratos y a otra cosa. Como dijo alguien más grande que yo, «al cabo nada os debo, debéisme cuanto he escrito». O ni eso, estamos en paz. Siempre he procurado (aunque frecuentemente sin éxito) practicar el antiguo lema de Benjamin Disraeli que encarnó perfectamente la añorada reina Isabel II: never complain, never explain. Hoy voy a recurrir a él aunque sólo a medias, es decir no me quejaré pero voy a intentar explicar lo ocurrido desde mi punto de vista. Para las demás quejas y excesivos halagos tienen a su disposición los amables textos de tantos amigos y lectores fieles que han lamentado sentidamente la pérdida de mi columna semanal. Agradezco más de lo que puedo decir sin ponerme empalagoso su afecto y su cercanía: el corazón del hombre bien nacido es una catedral en que a veces suena magnífico el órgano del agradecimiento y yo hace varios días que estoy escuchando su tocata y fuga.
Ante todo quiero disipar un malentendido, que puede derivarse de la carta de la directora Pepa Bueno justificando mi despido. Yo no he atacado a El País por una especie de odio sobrevenido, una antipatía invencible que me ha enfrentado con mi periódico de toda la vida. Después de casi medio siglo de colaborar en él es parte de mí mismo. Para bien y para mal, en sus aciertos y en sus miserias, conozco El País por todas sus costuras, tanto como cualquiera de sus más conspicuos colaboradores y desde luego mejor que la mayoría. Si lo critico a veces de manera acerba es para defenderlo de los que hoy lo tienen secuestrado, para recobrarlo de manos de quienes lo han malbaratado.
Creo que el único y verdadero defensor del lector de El País soy yo, porque conozco lo que el periódico fue gracias entre otros muchos a mí y no puedo resignarme a lo que ahora es. Creo que no idealizo (o al menos no demasiado) El País de los orígenes. Un diario de la democracia del 78, tan denostada por los imbéciles que no llegaron a tiempo para boicotearla, un firme pilar de la transición como el Rey Juan Carlos, como Suárez, como Fraga, como Carrillo, como tantos españoles que en cuanto tuvieron ocasión y sin entrenamiento previo pasaron de peones de una dictadura a ciudadanos. Entonces no reinaba el sectarismo obsceno y obtuso actual, salvo algunos casos abominables como Fuerza Nueva o el FRAP que sólo eran venerados por los psicópatas (cuyos vástagos pululan aún entre nosotros hoy). No sólo es que hubo mejores políticos, más equilibrados o más escarmentados que los de ahora, sino sobre todo que tuvimos mejores ciudadanos, no obsesionados por ser de izquierdas o de derechas sino españoles capaces de comprender que la nueva y necesaria democracia española se haría con franquistas y comunistas, con anarquistas y veteranos de la División Azul. La hemiplejía política vino bastante después, alentada por los excrementos inasimilables de la democracia como ETA y el carlismo-separatismo. Puede que la promovieran a veces El Alcázar o Mundo Obrero (creo que ni eso) pero desde luego nunca El País.
Desgraciadamente la política española ha ido degenerando desde los tiempos de la transición democrática. Por una parte no ha dejado de aumentar el peso de los partidos separatistas, requeridos por las dos fuerzas principales para lograr las mayorías absolutas necesarias para su concepto (a mi juicio equivocado) de gobernabilidad. Por otra, desde tiempos del nefasto Zapatero se ha vuelto a una bipolaridad política cargada de revanchismo guerra civilista que poco tiene que ver con la armonía de la que surgieron los acuerdos constitucionales. La izquierda ha renunciado a sus clásicos proyectos universalistas, herederos más o menos fieles de la Ilustración, para sustituirlos por charlotadas identitarias que reivindican el victimismo de minorías cada vez más aberrantes. El único propósito común izquierdista es impedir que vuelva a gobernar la derecha, o sea un proyecto inequívocamente antidemocrático. Ya no son de izquierdas sino siniestros.
No hace falta que insista en el tema porque hoy está bien a la vista: con Pedro Sánchez estamos bajo la presidencia de un mentiroso inmoral que favorece la desigualdad entre ciudadanos (amnistía para delincuentes cuyo voto le interesa, trato de favor al dogmatismo «progresista» en cuestiones de historia, sexo, perspectiva cultural, etc…), ataques a la estructura misma de la independencia judicial y la sustracción descarada de puestos administrativos relevantes para distribuirlos entre los más adictos, por incompetentes que sean. Lo más infame de la fauna política –la hez y el martillo, por decirlo pronto- los cómplices exultantes del terrorismo, los separatistas fanáticos que sienten purgaciones cuando oyen mencionar a España, se han convertido en dueños interesados de la gobernabilidad del país que más detestan. Nunca ha estado más amenazada no ya la integridad democrática o la prosperidad social de esta vieja nación, nuestra España, sino su simple supervivencia.
Y en esta situación dramática aunque llena de rasgos bufonescos, El País se ha convertido en el soporte propagandístico y el justificador ideológico de Pedro Sánchez. Hemos cambiado aquel valiente y necesario editorial El País con la Constitución escrito por Javier Pradera a raíz del golpe de Estado de Tejero y compañía en 1981 por la actitud adquiescente y cómplice de El País con Pedro Sánchez actual, cuando la putrefacción política es aun más grave que entonces. No es cuestión sencillamente de que el periódico ayer progresista y crítico hacia derecha e izquierda se haya convertido en portavoz gubernamental contra la supersticiosa amenaza de la extrema derecha, sino que se ha puesto una cabecera de prestigio en Europa y América al servicio humillante (pero para algunos rentable) del más indigno y sectario gobierno de las democracias occidentales. Ver a escritores, profesores y periodistas (rebosantes de feminismo, claro) con envidiable reputación colaborando en esta deformación de lo que ha sido una empresa intelectual de la mayor altura europea es sencillamente bochornoso: yo desde luego no me resigno a participar como los otros y encogerme de hombros. No sólo hay que señalar los desafueros de Sánchez y sus corifeos sino también a los medios de comunicación sin los que no hubiera logrado conseguir el apoyo de mucha gente que, sin gustarle ni mucho menos, se resigna a él.
En la justificación de mi despido se menciona que he despreciado a algunos de mis compañeros del periódico. No a todos, desde luego: nada puedo ni quiero decir contra Félix de Azúa, Antonio Elorza, Juan Luis Cebrián y algunos otros a los que no nombro para no infamarles con mi aprecio. Sólo diré que son muy, muy poquitos. En lo tocante a despreciar, sigo siempre el consejo de Chateaubriand cuando decía que hay ocasiones en las que debemos distribuir nuestro desprecio con mucha parsimonia, porque hay demasiada gente que lo merece. Por citar a uno de los agraciados, mencionaré a Íñigo Domínguez, que el pasado domingo se descolgó con una despedida en la que me compadecía por tener que buscar ahora acomodo en algún medio de la derecha, todos tan unánimes y predecibles. ¿Se puede tener más suficiencia? ¿Pero tú de dónde sacas, pa tanto como destacas? Me dicen que es un pobre hombre y lo creo sin esfuerzo, porque todos los mortales lo somos: la única diferencia es que algunos se limitan a su pobreza y otros quisiéramos también ser hombres.
Entre los lectores ha habido tantos testimonios de apoyo que compensan sobradamente lo demás. Bastantes se han dado de baja en su suscripción al El País, que conservaban nostálgicamente como el proverbial rosario de mi madre de la canción. Uno de ellos, chairman de un departamento universitario de Nueva York, se ha dado de baja en la suscripción y ha enviado esta carta «a ver si tienen la decencia de publicarla» (la respuesta es negativa, claro): «En los 90, comprar El País en Vizcaya ‘te exponía a cosas’. A cambio sus editoriales ofrecían claridad y firmeza ante la barbarie. Ahora, me es doloroso, asombroso e injustificable el pasteleo con el nacionalismo, y el fervor sanchista rayando el fanatismo de los editoriales. Adiós. ¡Savater, no caminas solo!». Ya lo sé, gracias, por eso voy a seguir caminando. Podrán leerme cada domingo aquí y puede que en algún otro sitio. Ya les iré diciendo. Ustedes no se cansen ni abandonen lo que los bribones llaman «fachosfera», porque de ahí saldrá la patada que vamos a darles.
29 Febrero 2024
Adiós a Savater
Siempre hemos estado desajustados Fernando Savater y yo. Hoy, cuando es difícil prestarle atención sin un poco de sonrojo, reconozco lo que hace tres décadas le negaba: que ha sido uno de los mejores ensayistas que ha tenido este país en los últimos cuarenta años. Era fino, brillante, prismático, culto, irreverente, divertido: un robusto chestertoniano al que le gustaban los desayunos ingleses y las carreras de caballos, más bien libertario al principio, insobornablemente socialdemócrata después. Yo era serio y recto: es decir, simple. En 1985 y 1988, publiqué con Carlos Fernández Liria dos panfletos marxistas: Dejar de pensar y Volver a pensar. En la portada de este último, mediante un fotomontaje, habíamos hecho sentar a Savater en el regazo de una virgen románica sosteniendo una rosa en la mano, en una clara alusión a su militancia socialista de entonces. Su respuesta no fue furibunda y ofendida. Al contrario. En un artículo en EL PAÍS se burló de nosotros del modo más implacable, displicente y mordaz. Todavía hoy me río. “Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria”, escribió, “son como los pastorcillos de Belén: piensan y piensan y vuelven a pensar”. Poco tiempo después, la revista La luna planteó un debate entre los tres. La paliza que nos propinó fue homérica. ¿Cuál era la diferencia? No solo que sostenía posturas políticas más sensatas que las nuestras: es que era más inteligente, más sabio y más gracioso que nosotros.
Cuando uno es joven piensa a menudo en lo que querría ser de mayor; luego, cuando se es mayor se piensa, hacia atrás, en lo que a uno le hubiese gustado ser de joven. Nunca quise ser Fernando Savater en una época en la que yo tenía veinticinco años y Savater, con cuarenta, era políticamente sensato e intelectualmente fulgurante; ahora que tengo sesenta y tres, querría haber sido un poco más listo en mi juventud. Creo que el que soy ahora hubiera coincidido en muchas cosas (salvo en la cercanía al PSOE de Felipe González) con el Savater de hace treinta años. Pero ya no podremos encontrarnos. Yo he cambiado para acercarme un poco —con menos talento e ingenio— a lo que él fue cuando escribía La tarea del héroe, La infancia recuperada o Ética para Amador. Él ha cambiado para parecerse a Isabel Díaz Ayuso y Giorgia Meloni. Alguien podrá decir que estos desplazamientos solo tienen valor geológico y que se limitan a anticiparme una deriva semejante: que estoy condenado, en fin, a acabar como ha acabado él. No descarto nada. No descarto ser un fanático dentro de quince años. Pero la cuestión es otra. La cuestión es saber cuándo se tiene razón; cuál de los dos Savater tenía razón. Sin duda era más listo, más simpático, más brillante, más ingenioso ese ya fenecido que escribía en EL PAÍS contra las locuras de los serios y los rectos. Pero ocurre que ese era también mucho más razonable. Podemos cambiar muchas veces a lo largo de nuestras vidas y sentir, desde el interior de nuestros cuerpos, que cada uno de esos cambios está justificado; podemos incluso justificarlos todos de manera autoevidente y más o menos convincente: cuando flaquea el pensamiento, se mantiene a veces intacta la inteligencia, esa facultad peligrosa que sirve sobre todo para convencerse a uno mismo de que la propia vida y la propia evolución, de las que somos escasamente dueños, tienen siempre un carácter premeditado y ejemplar. Ahora bien, una inteligencia sin pensamiento acaba devorada por la vejez y el narcisismo: se vuelve seria y recta: acaba, por así decirlo, perdiendo la razón.
La razón algunos la encuentran temprano y la conservan hasta la muerte: pensemos, no sé, en el genial e irritante Goethe, que fue siempre listo y sabio entre 1749 y 1832. Otros pasan por el mundo sin rozarla siquiera. Y otros muchos tropiezan con ella en algún momento de su vida y no saben conservarla. Tan difícil es hallarla como retenerla. No descarto nada, he dicho. No descarto convertirme en un fanático dentro de quince años. Pero es ahora cuando, al menos a ratos, tengo razón; y era hace treinta años cuando Fernando Savater, muchas veces, la tenía. Los cambios solo nos cambian a nosotros y por eso, por si acaso, me arrepiento ahora, sin esperar más, del viejo que seré. Despidamos a Savater con ternura y melancolía. Nos puede pasar a todos. Lo importante es que en el mundo siga habiendo un número aproximadamente estable de gente razonable, aunque nosotros todavía no lo seamos o hayamos dejado ya de serlo; lo importante es que haya más gente razonable cada día y no menos y que una mayoría razonable frene democráticamente a los que no lo son y se ocupe de gestionar los periódicos, los Presupuestos del Estado, los ejércitos y las instituciones. Digamos la verdad: no vamos por ese camino. La derrota de Savater resulta descorazonadora. Si Savater ha perdido el norte, ¿cómo no la van a perder Milei, Trump, Ayuso, Le Pen, Meloni, Netanyahu, y todos sus millones de votantes?
Las batallas del Sr. Savater:
D. Fernando Savater era de las pocas firmas del periódico EL PAÍS que podía presumir de haber trabajado con todos los directores que ha tenido el periódico desde su creación en 1976. Una de sus primeras tribunas polémicas fue ‘Osadía Clerical‘, un ataque directo publicado por primera vez en un periódico de ámbito nacional en el periodo democrática contra la Iglesia católica. Llegó a ser una persona de confianza de la empresa editora del periódico, el Grupo PRISA, que le puso al frente de una de sus revistas, CLAVES.
Sus tribunas de opinión han sido siempre polémicas y controvertidas, lo que le ha llevado a no pocas polémicas. Siendo célebres sus enfrentamientos con figuras de la derecha mediática como D. Federico Jiménez Losantos (con el que tuvo una gran polémica cuando ambos estaban en EL PAÍS), con D. Luis María Anson (que hizo campaña contra él cuando dirigía el ABC), o contra D. Pablo Sebastián, cuando era – desde EL MUNDO – portavoz de la AEPI, el llamado ‘Sindicato del Crimen’ y al que calificó de ‘golfo’ y ‘chantajista’.
El tema en el que más se posicionó fue la lucha contra cualquier legitimización del terrorismo de ETA en el País Vasco. A pesar de estar amenazado de muerte nunca dejó de tratar de combatir intelectualmente contra aquellos que defendían los posicionamientos de ETA o contra aquellos que defendían la equidistancia ante el conflicto entre ETA y el Estado español. A destacar sus polémicas escritas con D. Alfonso Sastre en 1983 y en 1985, con los hermanos Sádaba en 1988, con D. Ernest Lluch en 1997 y, especialmente, con D. Eduardo Haro Tecglen, con el que empezó a chocar en 1993, y tuvo encendidas trifulcas con él en 2001 o en 2004.
A partir de la llegada de D. José Luis Rodríguez Zapatero al liderazgo del PSOE, D. Fernando Savater comenzó a distanciarse de la línea política de este partido con la que parecía haber sintonizado durante el mandato de D. Felipe González. Ya en abril de 2002 se había enfrentado al dirigente socialista D. Denis Itxaso y, en febrero de 2004, lo hizo con el ideólogo del zapaterismo, Sr. Suso de Toro.
Sus encontronazos con EL PAÍS
Desde la llegada de D. Pedro Sánchez al liderazgo del PSOE y a la presidencia del Gobierno en 2018 y la llegada posterior de Dña. Pepa Bueno a la dirección de EL PAÍS, la posición del Sr. Savater era marcadamente hostil a la política de este Gobierno que, en cambio, era apoyada por la línea editorial de EL PAÍS.
En el momento de llegar la Sra. Bueno a la dirección el Sr. Savater era columnista semanal de EL PAÍS los sábados. La práctica de la Sra. Pepa Bueno consistió en que cada vez que escribiera el Sr. Savater un artículo muy agresivo, se publicara ese mismo día un contra-artículo desacreditando los argumentos del Sr. Savater para paliar el daño que pudiera causar su texto. Lo hizo en octubre de 2022 con un artículo del Sr. Savater sobre el fascismo y el populismo, publicando inmediatamente una réplica de D. Sergio del Molino y lo repitió en noviembre de 2023 en un artículo que comparaba los abusos de la Iglesia con los del Gobierno, donde la réplica corrió a cargo de D. Alejandro Palomas. Dado que salían el mismo día, las réplicas tenían que ser por encargo de la dirección.
En enero de 2023 se vivió otro ejemplo de la distancia entre el Sr. Savater y la línea editorial de EL PAÍS cuando el periódico publicó un editorial y una tribuna calificando de ‘trumpistas’ a los promotores de una manifestación contra el Gobierno de D. Pedro Sánchez en la que había participado D. Fernando Savater y no publicaron su carta de réplica, forzando que este tuviera que defenderse desde el digital THE OBJECTIVE, del que empezó a ser también colaborador semanal.
La ruptura
El día 21 de enero de 2024 el digital EL CONFIDENCIAL publica el adelanto de un libro de D. Fernando Savater en el que este arremete contra la evolución del diario EL PAÍS, convertido, a su juicio, en un medio gubernamental, y hablando en términos despectivos de sus editorialistas y firmas. Ante esto Dña. Pepa Bueno comunicó personalmente a D. Fernando Savater su decisión de poner fin a las colaboraciones de este en el periódico EL PAÍS y, por tanto, el Grupo PRISA.