8 septiembre 1980

Leopoldo Calvo Sotelo se convierte en el nuevo 'número 2' del Gobierno al asumir las funciones del defenestrado

Ruptura total y personal entre Adolfo Suárez y Fernando Abril Martorell que abandona el Gobierno

Hechos

El 8 de septiembre de 1980 el Presidente D. Adolfo Suárez formó un nuevo Gobierno en el que ya no contó con su hasta entonces Vicepresidente, D. Fernando Abril Martorell.

Lecturas

El 8 de septiembre de 1980 El presidente del Gobierno D. Adolfo Suárez González realiza una nueva modificación de Gobierno cuatro meses después de la anterior, de mayo de 1980.

Este es el cambio más traumático desde que D. Adolfo Suárez González asumió la presidencia del Gobierno en el que el cambio más destacable es la salida de D. Fernando Abril Martorell del consejo de ministros, del que había formado parte desde el principio y, desde febrero de 1978, como ‘número 2’.

El Sr. Suárez y el Sr. Abril han roto tanto políticamente, como personalmente. En su lugar asciende D. Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo, que queda se convierte en número 2 político del ejecutivo.

  • Presidente – D. Adolfo Suárez González.
  • Vicepresidente 1º – D. Manuel Gutiérrez Mellado.
  • Vicepresidente 2º – D. Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo.
  • Ministro de Presidencia – D. Rafael Arias Salgado Montalvo.
  • Asuntos Exteriores – D. José Pedro Pérez-Llorca Rodrigo.
  • Economía y Comercio – D. Juan Antonio García Díez.
  • Agricultura – D. Jaime Lamo de Espinosa Michels de Champourcin.
  • Educación – D. Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona.
  • Defensa – D. Agustín Rodríguez Sahagún.
  • Interior – D. Juan José Rosón Pérez.
  • Hacienda – D. Jaime García Añoveros.
  • Justicia – D. Francisco Fernández Ordóñez.
  • Administración Territorial – D. Rodolfo Martín Villa.
  • Adjunto al Presidente – D. Pío Cabanillas Gallas.
  • Industria y Energía – D. Ignacio Bayón Mariné.
  • Cultura – D. Íñigo Cavero Lataillade.
  • Obras Públicas y Urbanismo – D. Jesús Sancho Rof.
  • Sanidad y Seguridad Social – D. Alberto Oliart Saussol.
  • Trabajo – D. Félix Manuel Pérez Miyares.
  • Transportes y Comunicaciones – D. José Luis Álvarez Álvarez.
  • Universidades e Investigación – D. Luis González Seara.
  • Adjunto para la Administración Pública – D. Sebastián Martín Retortillo.
  • Relaciones con la CEE – D. Eduardo Punset Casals.

La figura del presidente Sr. Suárez parece cada vez más desgastada y se verá aún más deteriorada al ser desautorizado con la designación del portavoz del grupo parlamentario de UCD, la última derrota del Sr. Suárez, como antecedente directo a su retirada de la presidencia del Gobierno y del partido.

CALVO SOTELO, EL NUEVO ‘NÚMERO 2’ DEL GOBIERNO SUÁREZ TRAS EL FIN DE ABRIL

leopoldo_calvo_sotelo_3 Su ascenso a Vicepresidente segundo y ministro de Asuntos Económicos, convierte a D. Leopoldo Calvo Sotelo en el nuevo ‘número 2’ del Gobierno y en el mejor situado para reemplazar al Sr. Suárez si se produjera una dimisión.

09 Septiembre 1980

Esos viejos nuevos ministros

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

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La primera reflexión que suscita el reajuste ministerial del 8 de septiembre es que el presidente Suárez ha desandado el camino recorrido -cuesta abajo- desde abril de 1979 para volver al punto en que se hallaba inmediatamente antes de las elecciones generales de marzo del año pasado. Este nuevo Gobierno es un Gobierno ya conocido, de antes, pero es también un Gobierno mejor, o menos, malo, que el que había. El retorno de Francisco Fernández Ordóñez, Rodolfo Martín Villa y Pío Cabanillas, tres hombres de indiscutible influencia en el seno del centrismo, al Consejo de Ministros significa un acto de reconocimiento de las familias de UCD. Los desastres electorales de febrero y marzo de 1980 y la moción de censura socialista habían obligado ya a Adolfo Suárez a dar beligerancia a la comisión permanente de UCD. Ahora la incorporación de los barones al Gobierno acaba con las ficciones y con el gasto inútil de que la comisión permanente funcione como un shadow cabinet del Consejo de Ministros oficial.Que esas familias no se correspondan estrictamente con posiciones ideológicas y sean también el resultado del clientelismo político en torno a determinadas personalidades, no debe extrañar a nadie. Si bien la distinción entresocialdemócratas, democristianos y liberales pueda seguir siendo válida en líneas generales, el papel de los líderes y su destreza para organizar y controlar redes de influencia propias alteran en buena medida la nitidez del esquema. El fallecimiento de Joaquín Garrigues ha desmantelado la capacidad operativa de su grupo (los liberales), pero la sensibilidad de ese signo se encuentra diseminada por todo el espectro político, y no pueden decir los garriguistas ni sus sucesores que sean ellos más liberales o de manera más genuina que otros políticos. En esta misma perspectiva cabría señalar que la familia democristiana se halla subdividida también en clanes personalistas.

Así las cosas, el nuevo Gobierno no puede ser recibido como una fórmula original y creadora, sino como el restablecimiento del sistema de alianzas dentro del poder anterior a la crisis de abril de 1979. La dimisión de Fernando Abril es el corolario lógico de la quiebra de un modelo de funcionamiento del poder que se ha mostrado inviable. La incapacidad del anterior vicepresidente de Asuntos Económicos para atenerse a los criterios de objetividad y racionalidad que deben guiar las actuaciones de la Administración pública en un Estado moderno lo hacían incompatible con el cargo que desempeñaba. Si bien es necesario reconocer al equipo económico saliente su coraje, Abril Martorell ni tuvo el sosiego político suficiente para dedicarse a la economía ni la voluntad de ceder competencias para que otros ministros realizaran esa tarea. El empeño de Adolfo Suárez en mantener a Abril como vicepresidente económico durante la crisis de mayo sólo puede entenderse ahora como el intento de mantener en vigor un esquema de poder al que la moción socialista de mayo puso luego en vías de derribo.

Los nombres

El reajuste ministerial es, en sí mismo, un movimiento en espiral hacia el pasado. Ofrece, no obstante, dimensiones originales que alteran la inmovilidad de la política española desde junio de 1977. Se trata del pacto de legislatura, o de la serie de acuerdos parciales que desempeñen una función parecida, con la Minoría Catalana. La resistencia de Convergencia a entrar en el Gobierno del Estado se explica por el temor a que su representante en el Consejo de Ministros fuera un simple convidado de piedra, y por el miedo a que su instalación en Madrid pudiera ser aprovechada por Esquerra Republicana para cortarle la hierba bajo los pies en la política catalana. La decisión de la Minoría Catalana limita considerablemente el alcance de los acuerdos al dejar intocado el carácter monocolor del Gabinete. Los pactos de la Moncloa demostraron que un acuerdo puede ser vaciado de contenido si sólo una de las partes que lo suscriben queda encargada de instrumentarla en solitario desde el poder ejecutivo.

El voluntario apartamiento de cualquier responsabilidad relacionada con las comunidades autónomas de la persona que ha sido el artífice del acuerdo con la Minoría Catalana es, seguramente, la más veneciana de las maniobras del político más veneciano de nuestro establecimiento. Sería de desear que esa notable capacidad para jugar simultáneas de ajedrez acompañase a José Pedro Pérez-Llorca en su gestión como ministro de Asuntos Exteriores. Nuestra política exterior necesita de mucha mayor astucia de lo que, hasta el presente, era habitual en el palacio de Santa Cruz. La sustitución de Pérez-Llorca por Martín Villa -que cuenta entre sus colegas de Gobierno a varios hombres tan leales a su liderazgo como los confirmados Sancho Rof y Rosón y el recién reclutado Pérez Miyares, martillo de herejes en la discusión del Estatuto de los Trabajadores- posee un significado claro: tranquilizar a los sectores de la derecha autoritaria, que temen que el pacto con la Minoría Catalana haya sido comprado por el Gobierno a un precio exorbitante. En una situación tan dramática como la que vive el País Vasco, y cuando los conflictos en Navarra comienzan a intensificarse, no es fácil que el nombramiento de Rodolfo Martín Villa, cuyo pragmatismo y sentido de lo posible no pueden borrar el recuerdo de las actuaciones vandálicas en Pamplona y Rentería de unas Fuerzas de Orden Público que dependían de sus órdenes como ministro del Interior, produzca ese efecto de distensión que la paz y la democracia de este país tanto necesitan.

La designación de Francisco Fernández-Ordóñez como ministro de Justicia, departamento que recupera las competencias del desarrollo constitucional, es uno de los rasgos más destacados de este reajuste y el dato más resuelta e inequívocamente progresista del nuevo Gobierno. La España necesaria de la que habla Fernández-Ordóñez en su último libro sólo podrá convertirse en realidad sobre los cimientos de la defensa incondicional de las libertades, el respeto de los derechos humanos por encima de cualquier razón de Estado y la adecuación de las leyes a una sociedad secularizada y pluralista. La reforma de la Administración de justicia y un proyecto razonable y moderno de ley de divorcio van a ser la prueba de fuego del nuevo ministro. La vuelta de Pío Cabanillas a la mesa del Consejo compromete, por su parte, a un poderoso sector de UCD de Galicia en el desarrollo de las negociaciones para hacer viable el Estatuto de Santiago, y recupera para el Ejecutivo una mente complicada y eficaz.

El relevo de Otero Novas por Juan Antonio Ortega en el Ministerio de Educación deja a este departamento en su tradicional área de influencia democristiana. Sin embargo, en vísperas de la ley de financiación de los colegios privados y de la puesta en práctica del conflictivo Estatuto de Centros, el cambio garantiza dosis muy superiores de capacidad política, espíritu negociador, flexibilidad y posibilidad de conocimiento en profundidad de los expedientes del nuevo titular de la cartera. Otro democristiano, Iñigo Cavero, continúa su incomprensible -por inmerecido- peregrinaje de ministerio en ministerio, y en esta ocasión sustituirá a Ricardo de la Cierva, ministro por un día, y pasará a albergarse en la posada de Cultura, departamento que Suárez parece últimamente reservar para compromisos de última hora e ineptos inconsolables. Si la gestión de don Iñigo en la cultura es la que don Iñigo llevó a cabo en la justicia y en la educación, Dios nos ampare. El nombramiento de Alberto Oliart como ministro de Sanidad y Seguridad Social hace temer que los proyectos de privatizacíón de estas materias estén más que avanzados.

Finalmente, la designación de Leopoldo Calvo-Sotelo como vicepresidente económico plantea la incógnita de saber si su nombramiento obedece más al propósito de poner un cierto orden en la instrumentación de la política económica que a la decisión de confiarle realmente el diseño de la estrategia contra la crisis. Las continuas alusiones hechas durante las últimas semanas a la decisiva participación de Enrique Fuentes Quintana y Luis Angel Rojo en el programa orientador de la política económica inmediata hacen suponer que las líneas generales de esa estrategia han sido elaboradas previamente. Calvo-Sote lo es sustituido por Punset, un hombre brillante y juicioso, que ha recorrido en su vida política todo el camino, desde el marxismo enragé hasta el centrismo a la moda. La absorción del Ministerio de Economía por el Ministerio de Comercio es la partida de defunción de una muerte que se había producido ya cuando la vicepresidencia de Asuntos Económicos vació de contenido al departamento, tan honesta como imaginariamente regido hasta ahora por José Luis Leal. Por último, el regreso victorioso de García Díez y la defenestración de Luis Gámir constituyen episodios que seguramente sólo la pequeña historia doméstica podrá explicar. Este viejo-nuevo Gobierno tiene que afrontar los desafíos de la crisis económica, el paro, el terrorismo, la moneda de dos caras de la inseguridad ciudadana y la ofensiva contra las libertades, la organización del Estado de autonomías, la reforma de la Administración, el desarrollo constitucional, los contenciosos del norte de Africa, el aplazamiento de las negociaciones con Europa, la política de defensa, los intentos de cercenar la soberanía popular, en cuyo nombre legislan las Cortes Generales, etcétera. Si acierta a hacerlo, Suárez y UCD tendrán ganadas las legislativas de 1983. Si no, el presidente habrá ahuyentando, cuando menos, la posibilidad inmediata de una ruptura de su partido, eclipsado las posibilidades de una coalición de cualquier formación bisagra con los socialistas y colocado en su sitio por unos meses a los democristianos. Que el gran triunfador de la crisis es, al final, su propio hacedor, parece evidente. Y luego dirán otra vez los barones que hoy le rinden honores las cosas que les hemos tenido que oír.

09 Septiembre 1980

Un Gabinete de coalición Suárez-UCD

Miguel Ángel Aguilar

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Vamos hacia un Gobierno de coalición Suárez-UCD, pronosticaba el genial Ops hace casi dos meses y la lista del Gabinete así lo confirma cumplidamente. El presidente Suárez percibió con claridad, a raíz de la moción de censura socialista, que el camino más corto para perder el poder era la puesta en cuestión de su liderazgo dentro del partido centrista. La composición de su quinto Gobierno, con barones críticosincorporados, le permite previsiblemente salvar de modo satisfactorio el envite del congreso que Unión de Centro Democrático tiene fijado para la primera quincena del próximo enero.Se acaba así con la denunciada paradoja de una comisión permanente centrista que jugaba un papel ortopédico ahora eliminado, al sentar a los barones en el banco azul. Aún quedan puestos para calmar los inevitables ardores críticos que el cese pudiera inducir en los más jóvenes, como Luis Gárnír, y en los más intemperantes, como Ricardo de la Cierva, al que las agencias sitúan en Paris -Maison du Caviar-, lugar que frecuenta en ocasiones propicias a la íntima celebración, según sus propias y largamente comentadas declaraciones a la Prensa.

Distancia de Landelino

La jura de hoy ante el Rey y el Consejo de Ministros posterior no irán seguidos de la comparecencia ante el Pleno del Congreso inicialmente fijado para esta tarde. Ese es al menos el propósito de los repre, sentantes del Gobierno y del partÍ.do centrista en la Junta de Portavoces que está convocada para esta misma mañana. .

El acuerdo de reanudar las sesiones plenarias, precisamente el día 9, fue tomado en Junta de Portavoces antes del verano, y a la Junta queda remitida la decisión de volver o no sobre aquel acuerdo. Landelino Lavilla, sobre quien la mayoría de la Permanente centrista presionó fuertemente en su última reunión del viernes pasado, resaltó su papel institucional al frente de la presidencia del Congreso y se negó a intervenir en favor de un aplazamiento del Pleno hasta el día 16, como allí le solicitaban sus compañeros de partido.

Las primeras estimaciones que dan a Landelino Lavilla como gran perdedor de esta crisis deben cornplementarse valorando la distancia, que ahora toma como una posibilidad de definir en su faver los perfiles de una alternativa si llegara a ser necesaria más adelante. Por la marginación podría lleoarle a Landelino Lavilla el encumbramiento.

Los críticos colaboran

uis Gámir parece haber caído víctima del resentimiento de Juan Antonio García Diez, a quien sucedió en la última crisis como ministro de Comercio sin mostrarle la solidaridad política que se esperaba de un correligionario socialdemócrata. Alberto Oliart había recibido desde hace tiempo promesas muy firmes de una cartera ministerial y ahora se ha preferido cumplir con él ofreciéndole la de Sanidad y Seguridad Social. Y José Pedro Pérez-Llorca, con su llegada a la cartera de Exteriores, ha dado la mayor sorpresa de última hora. De esta forma se asegura además su condición de ministro de Estado.

Rodolfo Martín Villa, que no ha conseguido la vicepresidencia por la que se ha batido intensamente, refuerza la presencia de sus colores con la incorporación de Félix Pérez M¡yares, que sustituye en Trabajo a Sánchez Terán, muy tocado por el asunto Marinaleda.

Eduardo Punset, desde su flamante y reciente condición de centrista de Cataluña, viene a ser la garantía de que los pactos con Pujol no se harán con perjuicio para los hombres y los Intereses electorales de Antón Cañellas en el Principado.

Desde los ángulos más críticos -Francisco Fernández Ordóñez y Rodolfo Martín Villa-, hasido patente la colaboración prestada al presidente para resolver esta crisis. Ahora los barones han adquirido el compromiso de la colaboración desde el banco azul. Martín Villa parece convencido de que su futuro político no es grande sobre una hipótesis de postsuarismo. Por eso está dispuesto a jugar fuerte con Adolfo Suárez. Fernández Ordóñez ha preferido el comprom Iso de ser ministro, a las exigencias que hubiera tenido que afrontar sin dilación en el caso de optar por )ugar a ser alternativa de Suárez.

Defensa, inmóvil

La permanencia de Agustín Rodríguez Sahagún en la cartera de Defensa ha dado una impronta a la crisis, distinta de sus planteamientos iniciales. Para nadie era un misterio que Rodríguez Sahagún aspiraba a la vicepresidencia económica y que Suárez lo tenía nombrado in pectore para ese puesto desde antes del verano.

La polémica levantada por la proposición de ley, presentada en julio en el Congreso, a tenor de la cual podrían reintegrarse en las Fuerzas Armadas los oficiales que fueron condenados, en 1976, por pertenecer a la Unión Militar Democrática, ha jugado aquí un papel determinante. El presidente Suárez no tiene un general que llevarse a la vicepresidencia de Defensa para sustituir a Manuel Gutiérrez Mellado, y ha optado, en consecuencia, por seguir el consejo de éste, favorable al mantenimiento del actual titular, de qu len piensan los portavoces oficiosos que, haciéndose valedor del veto militar al reingreso de los miembros de la autodisuelta UMD, puede afianzar su implantación en el sector.

El pacto parlamentario con la Minoría Catalana de Pujol está asegurado, porque responde a una necesidad mutua en Barcelona y Madrid, y Fraga no va a ser problema si obtiene algunas atenciones económicas, el reconocimiento de su preeminencia dentro de Coalición y el derecho a ser consultado en temas de política local gallega.

Los socialistas, detrás

Suárez, en definitiva, es el ganador, porque ha contenido la hemorragia interna de UCD, donde empezaba a discutirse su liderazgo, y ha logrado el apoyo de los afines parlamentarios, en cuanto a modelo de sociedad para comparecer con la confiariza del Congreso. La votación parece comprometida para el próximo día 16, pero detrás de esa puerta, como detrás de todas las demás -crisis económica, autonomías, terrorismo-, como ha señalado Fernando Abril Martorell, los centristas van a encontrarse con el PSOE.

UCD tendrá cluc buscar un entendimiento con los socialistas en los estatutos gallego y andaluz. Los centristas tendrán que cerrar el cáncer abierto el 28 de febrero y llegara la recuperación de Clavero, si no quieren ver a su costado un fenómeno como el que el PSOE tiene que soportar con el PSA de Rojas Marcos. Las posiciones que ahora se torrien serán decisivas para configurar el horizonte electora¡ de 1983, si es que el calendario no sufre algún acelerón.

El actual despliegue de la demagogia nacionalista sitúa en inferioridad a centristas y socialistas, obligados por su presencia en todo el país a un esfuerzo de síntesis entre los intereses locales diversos y a expandir un sentimiento de solidaridad amortiguador de aristas y excesos. Y si no se invierte el proceso, nada prometedor cabe esperar de la próxima consulta electoral para las dos primeras fuerzas políticas que hoy configuran el Congreso de los Diputados.

Las salidas a la crisis económica no son imaginables sin un entendimiento con el primer partido de la oposición, que muy recientemente ha recordado su decisión, en caso de desacuerdo, de recurrir a una presión social razonable. Y el combate en profundidad al terrorismo y en pro del restablecimiento de un clima de seguridad ciudadana tambíén requiere inexcusablemente la solidaridad socialista. Y la lista no termina ahí: la solución que se busque al polémico tema de UMD sólo podrá enmarcarse en la dignidad del Congreso de los Diputados, si se llega a un entendimiento con el PSOE. El consenso ha muerto, pero puede nacer la concertación de los dos grandes.

Cambiando el prisma, ¡lama la atención que sólo tres de los ministros -Leopoldo Calvo Sotelo, Agustín Rodrígqez Sahagún y Eduardo Punset- no son altos funcionarios, Dentro de los cuerpos Irocráticos, prosigue aumentando la importancia de los técnicos comerciales -con la figura de Juan Antonio García Diez-, que desplazan a los abogados del Estado. Los técnicos comerciales consideran que es su momento, porque tienen a favor la juventud, su conocimiento de los números y su facilidad para los idiomas.

09 Septiembre 1980

Protagonistas del relevo

ABC (Director: Guillermo Luca de Tena)

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Todo cambio de Gobierno trae aparejado, lógicamente, un relevo, la sustitución de unos nombres y unos hombres, de acuerdo con las especialísimas leyes de la política, con la medida singular que tiene el tiempo del poder y la responsabilidad y con las circunstancias de paisaje y talante de cada etapa gubernamental disfruta o soporta, en concordancia con la necesidad que hayan de cubrirse.

En la relación de hombres y nombres relevados, el de Fernando Abril Martorell, integrante de todos y cada uno de los cuatro Gabinetes anteriores del presidente Suárez, primero como titular de la cartera de Agricultura y después como vicepresidente y encargado de los temas económicos, revista especial significación. En la referencia oficial de lo tratado en el pasado – y último – Consejo de Ministros del viernes 5, e subraya que, en su despedida de los titulares que cesaban, el presidente Suárez hizo una alusión muy directa hacia ‘la labor y la dedicación que a las tareas políticas que ha prestado el señor Abril Martorell’. Indudablemente, el papel jugado por el hasta ayer mismo – la noticia de su dimisión, como se recordará data de principios del verano oficial – vicepresidente económico, rebasa con creces las coordenadas regulares de un cargo similar. Sería injusto no reconocer la entrega y el entusiasmo incluso en momentos especialmente difíciles, del señor Abril Martorell en temas sustanciales de la política de estos últimos cuatro años. Y más injusto aún sería recordar los aciertos de los anteriores Gobiernos de Suárez olvidando la participación, en más de una ocasión definitiva, del entonces vicepresidente. Los hombres, políticos o no, tienen un índice de flexibilidad más o menos acusado, en virtud de sus capacidad de adaptación. Pero no hay ninguno que valga para todos los momentos y todas las situaciones, renunciando a la poca memoria o a las conviccione. Fernando Abril Martorell ha sido un hombre clave de la política española. Y el mejor elogio que puede hacérsele en estos momentos del relevo es el subrayar su solidez. No hay políticos auténticos que, como el agua, pueden acoplarse a todos y cada uno de sus continentes.

En cuanto a don Marcelino Oreja Aguirre, ministro de Asuntos Exteriores desde los difíciles y ya relativamente lejanos días de la transición, junto al reconocimiento de la intensa actividad desplegada desde su delicado y conflictivo departamento – por la cambiante relación de fuerzas de la ordenación de los bloques políticos hemisféricos ha experimentado en sus cuatro años de responsabilidad – cabe subrayer la sorpresa – y la inoportunidad – de su sustitución en el momento mismo – hoy comienzan las reuniones técnicas preliminares – en que el gran tema de la política exterior española, la Conferencia Europea de Seguridad, entra en su recta final, hacia su celebración, en el próximo noviembre, precisamente en Madrid. El señor Oreja Aguirre, artífice de una espectacular apertura de la diplomacia española, tiene el mejor reconocimiento hacia la bondad de su gestión precisamente en el papel que ésta representa hoy en el concierto de las naciones.

Ricardo de la Cierva, hombre vinculado a esta Casa desde hace años, no ha tenido tiempo – apenas ocho meses – para profundizar y asentar las ambiciosas bases de la política cultural en cuyo proyecto consumió largas horas de dedicación y estudio. Circunstancias de índole interno, que afectan a la ordenación del partido del Gobierno, por cuyo asentamiento y consolidación seguirá indudablemente esforzándose, como miembro del Congreso en representación de Murcia, su provincia, han originado su prematura sustitución. No resultaría ético juzgar su labor por la bondad de los planteamientos o por la lógica parquedad de los resultados. Su preparación y las excelentes cualidades que le adornan encontrarán, sin duda, nuevas ocasiones de empleo en beneficio del perennemente deficitario balance cultural del país.

La tarea eficaz y poco propicia a las espectacularidades de Salvador Sántez Terán – ministro de Transportes y Comunicaciones, primero y de Trabajo después – y de Juan Rovira Tarazona – ministro de Sanidad y Seguridad Social – no merece tampoco el olvido. El señor Sánchez Terán se enfrentó, sin reservas con los grandes problemas que sus sucesivos Departamentos tenían planteados. Y sufrió críticas y malinterpretaciones sin perder entusiasmo ni disminuir en su capacidad de gestión. Por su parte, en el haber del hasta ahora ministro de Sanidad queda tanto la clarificación y racionalización de las voluminosas operaciones de la Seguridad Social, logrando sustanciales mejoras, como el haber estructurado, presentado en las Cortes y defendido con brillantez, un proyecto sustancial para el común denominador de la sociedad española: el referido a la salud y a su ordenación.

La frase, convertida en su tópico por la lógica irreductible de su formación del ‘agradecimiento por los servicios prestados’ debe despojarse hoy de todo adorno peyorativo. Al menos al aludir a estos cuatro hombres, cuatro nombres protagonistas principales del relevo.

10 Septiembre 1980

Después del accidente

Carlos Luis Álvarez "Cándido"

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El sábado estaba tomando el té cerca del Mediterráneo y oí a un locutor de Radio Nacional decir esto: “Según fuentes dignas de crédito, el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, no ha despachado con nadie esta tarde”. Era la noticia más esperanzadora de lo semana. Y no sólo porque hasta entonces había recibido únicamente noticias de asesinatos y cascquillos parabellum, sino porque en esta situación, el no hacer nada, el no despachar con nadie y el hacerse el muerto, incluye un punto de salvación. Don Juan se salvó en el último punto de su vida, en un cementerio y de la mano de doña Inés, según fuentes dignas de crédito, y, al fin, Suárez pudo salvarse en un panorama de capillas ardientes y de la mano de doña Inés triple: Pío Cabanillas, Leopoldo Calvo-Sotelo y Martín Villa. Estos son, por decirlo así, los fijos. Los demás son de evolución diurna, que es la terminología con la que los hombres del tiempo designan un cierto género de nubosidad transeúnte.

Este Gobierno es probablemente el mejor de UCD en lo que va de siglo (porque parece que ha pasado un siglo desde que se fundó UCD) y también es la última gota de sangre política que le queda al partido. Los ocho cadáveres retirados en este accidente gubernamental del fin de semana, entre los que hay un cadáver exquisito, el de Abril Martorell, han sido sustituidos por experto en el arte de la resurrección y por algún inédito. Que va a ser de ellos y  de nosotros pertenece más bien al humor de la sibila que a una deliberación sobre la angustia histórica que vivimos.

El nuevo Gobierno tienes la obligación de modificar la objetividad irreal que su propio partido ha creado. Es la última combinación posible para que el Aquiles continuista alcance a la tortuga democrática sin que le cuesta la vida a la tortuga y al mismo Aquiles. La gente da ya gritos diciendo que la democracia es constitucionalmente incompleta, que es ambigua y que está mal situada. ¿Quiere esto decir que los Gobiernos fracasan por eso, porque son muy constitucionales? Cuando menos ‘parece’ que todos los Gobiernos han ido cayendo bajo la cuchilla de esta paradoja. Y también ‘parece’ que esa paradoja ha sido el precio de un cambio constitucional sin ruptura o con ruptura pactada que nos ha llevado a un equivoco implacable.

Este Gobierno tendría que abordar, con los instrumentos que la Constitución le brinda, las modificaciones constitucionales que la experiencia señala como necesarias. La dificultad nace del propio Gobierno, porque llega al poder con un complejo de inferioridad, con una especie de pánico técnico que, si bien es explicable, puede inutilizarle para una obra de fondo. Calvo-Sotelo, por ejemplo, tiene ante si el desastre económico y Martín Villa el desastre autonómico. El fantasma que nos espera detrás de aquel desastre en la inflación a caño abierto, y el que nos espera detrás del otro es el autoritarismo a boca cerrada. Son fantasmas tentadores, porque uno resolvería el paro y el otro la descomposición territorial. El peligro es sencillamente trágico. El programa del Gobierno, ¿podrá conjurar ese peligro?

Cándido

09 Septiembre 1980

Al fin, un buen Gobierno

DIARIO16 (Director: Pedro J. Ramírez)

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El ciudadano medio está tan acostumbrado a los espectaculares fracasos de Adolfo Suárez a la hora de parir Gobiernos, que no va a ser nada fácil convencerle de que éste, alumbrado ayer, todavía en plena canícula y con sobresaltos de última hora, se acerca bastante al mejor de los posibles, si manejamos únicamente los mimbres ucederos.

Existe, sin embargo, un argumento que entiende el hombre de la calle: Suárez se ha marcado, al fin, un buen Gobierno, porque la opinión pública y las demás fuerzas políticas no le han dejado margen para actuar de otro modo.

Su situación era tan precaria ante los ojos de la nación, sus cotas de aceptabilidad tan raquíticas, que ha terminado por entender que en esta encrucijada se jugaba, lisa y llanamente, la vida.

Y su instituto de supervivencia ha funcionado, impulsándole a prescindir por una vez de su criterio favorito: aupar a los mediocres, marginar a los más dotados.

Suárez se ha dado cuenta que de nada le serviría continuar alejando de sus solio a los posibles competidores intramuros, si en cualquier Pleno de estos las endebles empalizadas de su posición parlamentaria quedaran derribadas por una coalición más o menos coyuntural de fuerzas exteriores.

El temor mueve montaña y ha puesto de nuevo en pie a un Jefe del Gobierno que todos creíamos lisiados. Partiendo de esta nueva actitud, todo ha sido bien sencillo: ha bastado seleccionar a los mejores y colocar a cada uno en el lugar más adecuado.

Desde que se formara aquel gabinete de primeros de julio de 1977 en el que debutaban personalidades de los perfiles democráticos y la calidad intelectual de un Garrigues, un Ordoñez o un Cavero, tal planteamiento plutocrático no se había detectado en el poder.

La primera obligación de este Gobierno de notables – Calvo Sotelo, Martín Villa, Sahagún, Ordoñez, Oliart, Rosón, Cabanillas, Pérez-Llorca, Álvarez, Cavero, García Díez…. Casi no falta ninguno – es intentar al reencuentro de los ciudadanos con la ilusión de la democracia.

Ya que el liderazgo individual de Adolfo Suárez se ha probado insatisfactorio, el liderazgo colectivo de su quinto y teóricamente poderoso nuevo Gobierno es una baza que merece la pena jugar a fondo.

Calvo-Sotelo está preparado para dirigir la Economía; Martín Villa tiene flexibilidad y sentido del Estado como para entenderse con las autonomías; Ordoñez puede limpiar de telarañas nuestro rancio derecho de familia y acelerar de forma progresista el desarrollo constitucional; Pérez-Llorca imprimirá una velocidad nueva a la política exterior dentro de los acertados esquemas esbozados por Oreja; Cavero conseguirá hacernos olvidar pronto con su serenidad y su equilibrio al esquizoide ex ministro De la Cierva, García Díez fue tal vez el mejor titular de Comercio de la década y no hay ninguna razón para que las cosas cambien tras el corto interregno Gámir; Punset tiene imaginación y audacia; Pérez Miyares demostró en el Congreso dominar la problemática laboral y Alberto Oliart hará patente su talento allí donde aparezca.

Con este movimiento, no exento de su mejor osadía de antaño, Suárez ha dado un paso decisivo, o bien hacia la recuperación del pulso de la nación o bien hacia las postrimerías de su personal partida con la historia.

Si este Gobierno no funciona, si de aquí a unos meses no se observan síntomas de mejoría en las áreas de los problemas capitales, no quedarán sino dos opciones: o echar a Suárez o echar a la UCD en bloque.

Empieza, pues, la prórroga de ese ‘match’ que muchos observadores han dado hace tiempo por perdido al presidente. El banquillo está ya vacío de hombres de refrescos, los tan traídos y llevados ‘barones’ han bajado del limbo de la permanente y ha quedado prohibido el uso del estoque simulado. Esta vez va de veras, presidente.

El Análisis

¿REALMENTE SUÁREZ SABE PRESIDIR UN GOBIERNO?

JF Lamata

El nuevo cambio de gobierno anunciado por Adolfo Suárez el 8 de septiembre de 1980 marca el final político de Fernando Abril Martorell, una figura central desde el inicio del mandato de Suárez. Este reajuste ministerial, apenas cuatro meses después de la remodelación de mayo, es el más traumático desde que Suárez asumió la presidencia. La salida de Abril Martorell, quien había sido vicepresidente y número dos del ejecutivo desde febrero de 1978, simboliza la profundización de las divisiones internas en la UCD y refleja una ruptura tanto política como personal entre Suárez y su antiguo amigo. La entrada de Leopoldo Calvo-Sotelo como vicepresidente segundo sugiere un intento de Suárez por consolidar su debilitado gobierno frente a las crecientes críticas y desafíos, tanto dentro de su partido como desde la oposición.

La posición de ‘El País’, a través de Javier Pradera, destaca que este reajuste no es un avance, sino un retorno a una configuración anterior a la crisis de abril de 1979. Este nuevo gobierno, compuesto por figuras conocidas y en ocasiones controvertidas, es visto como un intento de restablecer el equilibrio de poder dentro de la UCD, sin ofrecer soluciones innovadoras a los problemas económicos y sociales que enfrenta el país. Por otro lado, ‘ABC’, representado por Guillermo de Luca de Tena, resalta la importancia y el impacto de figuras como Fernando Abril Martorell y Marcelino Oreja Aguirre, cuya salida se considera tanto inoportuna como significativa. Este editorial subraya la dedicación y los logros de los ministros salientes, y expresa escepticismo sobre la capacidad del nuevo equipo para afrontar los retos de una España en crisis. En resumen, ambos medios coinciden en que este cambio ministerial, lejos de fortalecer el liderazgo de Suárez, pone en evidencia las fragilidades y tensiones internas de su gobierno, proyectando un futuro incierto para la UCD y para el propio Suárez.

Tras haberse ido peleando de manera sistemática con sus vicepresidentes (De Santiago, Osorio, Fuentes Quintana, Abril Martorell) y su incapacidad por fijar un gabinete estable, cabe preguntarse, Suárez, que es un símbolo para gran parte de los españoles por su papel en la transición, ¿sabe, realmente, presidir un Gobierno?

J. F. Lamata